—No podemos… no puedo… esto está mal —le digo. Me digo a mí mismo. Ninguno de los dos está del todo convencido.
Sus manos se mueven sobre mi torso y continúa asaltando mi nuca y mis hombros con su boca, pecaminosamente suave y perturbadoramente joven. Me muerdo el labio con fuerza en un intento de mantener cierta conciencia de la realidad, de no ser arrastrado por su aliento. Soy más fuerte que todo esto, me digo a mí mismo, y doy un paso hacia delante. Él me sigue persistentemente.
—No está mal —susurra, y sus dedos acarician mi pezón. El muy puñetero. Cierto aspecto de mi ser, dormido desde hace mucho tiempo, se despierta de nuevo bajo su tacto. De pronto recuerdo haber sido una vez un amante bastante bueno. Este no es, sin embargo, el momento más oportuno para recordar eso. Detengo su mano con la mía.
—Soy lo bastante mayor…
—Pero no eres… mi padre —dice firmemente, y su mano izquierda se pone en movimiento para compensar la inmovilidad de la derecha—. Y eso no importa. Quiero esto… a ti. —Sus palabras se derriten sobre mi piel y se me corta el aliento. La mano que no estoy reteniendo se extiende sobre mi abdomen y sus dedos se deslizan justo por debajo de la toalla. Me aparto dando un respingo y me encaro con él.
—Eres mi…
—Alumno, lo sé —Cierro la boca con fuerza y le maldigo en silencio por anticiparse a todos mis argumentos. Estaba claro que lo haría, teniendo en cuenta que ya hemos tenido esta conversación antes. Maldito sea por estar preparado. Continúa—: Pero sólo en clase. Fuera de clase… bueno, esa línea la cruzamos hace mucho tiempo, ¿recuerdas?
Resoplo. Tiene razón. Pero no deberíamos haberla cruzado. —Sea como fuere, Potter…
—Harry.
Termino de exponer mi argumento con los dientes apretados: —Aún soy tu profesor. Aún me está prohibido tocarte. Aún puedo perder mi trabajo.
—Eh… —Sonríe y se me corta la respiración—. Si alguien se entera alguna vez de aquel beso, creo que ya habrás perdido tu trabajo. Pero nadie se enterará. Nadie tiene por qué que saber… nada. —Da un paso hacia delante y retrocedo hasta una esquina: mentalmente, físicamente. Estoy atrapado.
—Eres un niño.
Se detiene y una mirada herida cruza su rostro. Desaparece igual de rápido. —Tengo dieciséis. Lo que significa que soy lo bastante mayor según la ley. —Avanza y coloca sus manos sobre mis caderas—. Soy lo bastante mayor para decidir lo que quiero. No te estás aprovechando de mí. Yo… yo me estoy arrojando a tus pies. —Una mirada de incertidumbre cubre su rostro y luego, como para probar su tesis, se quita la camiseta con un veloz movimiento. Abro la boca para protestar, pero las palabras quedan atrapadas en mi garganta cuando veo que sus manos se mueven para desabrochar su cinturón. Arranco mi mirada de su estómago. Mejor será que no me pillen ahí. Sus pantalones, demasiado grandes, resbalan por sus caderas aún sin desabrochar y siento cómo caen sobre mis pies. Se hace a un lado y los aparta de una patada.
—Ya está. Ahora estamos empatados. Más o menos. —Sus ojos caen sobre mi toalla y sonríe.
Me apoyo en la esquina y prohíbo a mis ojos que recorran su cuerpo. No voy a mirar. No me puedo permitir hacerlo. —Tienes que parar —digo, pero no estoy seguro de para quién estoy hablando.
Sus manos se mueven de nuevo hasta mis caderas y me pongo tenso; mis ojos se abren repentinamente. —Pararé —dice —, si me dices que no quieres esto. Eso es todo lo que importa: lo que tú quieres. Me importa un carajo lo que deberíamos o no deberíamos hacer. —Coge mi mano y la aprieta contra su pecho, manteniéndola ahí. Puedo sentir su corazón latiendo con fuerza—. He pensado en todas las razones por las que no debería desearte. Pero siempre vuelvo a llegar a la misma conclusión. Que yo. Te deseo.
Inspira profundamente y suelta mi mano, la cual se olvida de apartarse de él e incluso se ocupa en deslizarse lentamente por su torso, sobre su estómago, posándose finalmente justo antes de su ombligo. Cierro los ojos, codificando distraídamente la información recogida por las yemas de mis dedos, para futuras referencias. Se acerca más y luego roza mis labios suavemente con los suyos. Se aparta y abro los ojos.
—Harry —Se me ocurre, no sin espanto, que la palabra me ha salido con demasiada facilidad. Sonríe abiertamente y me asalta una angustiosa sensación de déjà-vu.
—Te quiero, Severus.
Maldición.
Se me encoge el estómago y le beso brutalmente para borrar mi nombre de sus labios, mientras los últimos vestigios de aquella línea, que fue tan clara una vez, y que le separaba de mí, se disuelven en la nada. Se aprieta contra mí y su piel suave y cálida se funde perfectamente sobre la mía. Se me escapa el aliento y me siento mareado. Mis sentidos se confunden, mientras mi mente se lanza en picado hacia la locura por un breve momento de éxtasis. Él jadea y luego gime contra mis labios. —Por favor… te deseo. —Presiona su boca contra la mía y sus manos empiezan a tirar de la toalla que cubre mis caderas.
—No —jadeo. ¡Bravo! ¡Bien hecho!—. Aquí no. —Me parece que debería haber parado en el “no”. Alza la vista hacia mí, como si intentara determinar si cambiaré de idea o no, dado el tiempo que se tarda en llegar hasta el dormitorio. Por mi parte, espero que así sea.
Se echa hacia atrás y yo recojo mi túnica y paso a su lado, empujándole, sin esperar a que me siga. Me doy cuenta, sin embargo, de que no lo hace. Me pregunto por qué será, pero me obligo a seguir andando. Si soy capaz de llegar hasta mi habitación, cerrar la puerta con llave y levantar protecciones mágicas antes de que él llegue, tal vez aún tendré una oportunidad de salvar lo que queda de mis principios.
Me recuerdo a mí mismo que la magia ha sido prohibida y que las protecciones se percibirían con demasiada facilidad.
Olvido recordarme a mí mismo que el chico (Harry… ¡maldición! Potter) también está prohibido.
-----------------------------------------------------------
Llego a mi habitación y maldigo a los Muggles por no poner cerraduras en las puertas de los dormitorios.Sentándome en el borde de la cama, medito sobre el desastre en que me he metido. He besado a Harry Potter… dos veces. ¿Y por qué diablos ese pensamiento me provoca algo que no sea asco y vergüenza? Empiezo a preguntarme a dónde habrá ido, pero me digo que si ha cambiado de idea, mucho mejor. Me librará de la obligación de hacerlo yo.
Oigo sus pasos en las escaleras y mi corazón empieza a retumbar en mis oídos, añadiendo percusión a la voz que canta: “Te quiero, Severus”. De alguna manera, las dos partes de esa declaración no encajan. La última vez que escuché esa frase dirigida a mí fue en el lecho de muerte de mi madre. Iba seguida por “pero me avergüenzo de llamarte hijo mío”.
Ah, bien, ese sí es un pensamiento agradable. Ella estaría encantada de ver a los Potter y a los Snape jugando juntos de nuevo.
Entra por la puerta y me mira con una sonrisa tímida. Deja caer su ropa al suelo y noto que trae un pequeño tarro. Y, si eso es lo que yo creo que es, no sé si aplaudirle por su previsión o maldecirle por quitarme una excusa potencialmente brillante para no llevar esto a término. Se acerca y se arrodilla ante mí, colocando el tarro en el suelo. Lo miro fijamente. La palabra Vaselina se extiende a lo largo de la parte delantera. Me pregunto vagamente cómo se le ocurrió que lo necesitaría.
—No has cambiado de opinión —Su voz es un mero susurro y soy incapaz de discernir si eso ha sido una pregunta o una afirmación. Mis ojos se mueven desde el tarro hasta él, casi desnudo y arrodillado frente a mí.
Hostia puta. Los sueños sí se hacen realidad.
—Diría que he perdido la cabeza.
Sonríe burlonamente. —Bien… porque tu cabeza habla demasiado. —Levanta la mano y roza mi mejilla con sus dedos—. Sé que esto es raro para ti. También es raro para mí. Pero si dejo de preocuparme por lo que los demás puedan pensar y sólo pienso en ti… deja de ser raro. Sólo siento que está bien. ¿Tiene sentido eso?
—Tiene todo el sentido. Una vez que ignoramos el tema de las consecuencias, todo lo que importa es aquello que deseamos.
—Exactamente.
Aparentemente, mi razonamiento no le ha llegado. Pruebo otro enfoque. —¿Se te ha ocurrido pensar en lo que pasará después? —Puedo ver, por su expresión, que no se le ha ocurrido—. Eso pensaba. El arrepentimiento es lo que ocurre cuando no tenemos en cuenta las consecuencias de nuestros actos.
Un destello de indignación se asoma a sus ojos. —Sé lo que es el arrepentimiento. Y la culpa. Pero también sé que no podemos saber qué es lo que va a ocurrir. Podrías morir mañana. O yo podría. Y entonces será demasiado tarde.
Resoplo. —Reunid capullos de rosa mientras podáis.
—¿Qué?
—Es un poema: “A las vírgenes, para que aprovechen su tiempo”. —Una sonrisita aparece lentamente sobre mis labios.
Y esta misma flor que sonríe hoy, mañana morirá.
De repente, el poema adquiere una pertinencia totalmente nueva. Le maldigo por encontrar el único argumento que no puedo refutar. Y, además, un jodido cliché. Carpe Diem. Si él fuera a morirse mañana, ¿me arrepentiría de no poseerle ahora? Mi reflexión sobre el asunto es interrumpida por un gruñido divertido de su parte.
—Bueno, me parece que no es el virgen quien necesita que le convenzan. Soy todo tuyo para que me aproveches.
Oh, bien. Justo lo que siempre he deseado: un Potter para mí solo.
Ignoro este pensamiento después de darme cuenta de que el comentario no es, ni con mucho, tan sarcástico como debería.
Sus manos se deslizan, subiendo, por mis muslos y, misericordiosamente, se detienen en la barrera marcada por la toalla. Recupero el aliento y digo—: Si accedo a esto, quiero estar seguro de que sabes exactamente lo que estás haciendo.
Se sonroja otra vez y siento una ola de irritación que se alza en mi interior. El momento para sonrojarse, claramente, ha pasado ya.
—Bueno… he pasado mucho tiempo en la biblioteca… pero nunca he… quiero decir…
—Si no puedes hablar de ello, Potter, no tiene sentido que lo hagas —digo cortante y con impaciencia.
Frunce los labios con enfado y luego dice—: Harry. Y creo que tengo una idea bastante buena de cómo funciona.
—Me alegro mucho de oír eso. Pero lo que quiero decir es que deseo que seas plenamente consciente de que, aquello que tan generosamente me estás ofreciendo, no lo puedes recuperar una vez que te lo han quitado. Tanto si quieres reconocerlas como si no, existen ciertas consecuencias que deben tomarse en consideración.
—Lo sé. Me he pasado este último año pensando en ello… en ti… —se inclina hacia mí para besarme el cuello, añadiendo— …y en mí. Juntos. —Su pulgar se introduce a escondidas bajo la toalla y recorre el interior de mi muslo—. Sé que te deseo… si tú me deseas. —Se pone en pie y coloca sus manos sobre mis hombros. Mis ojos están ahora al nivel de su ombligo, y todos mis pensamientos conscientes se van dando saltos por ese oscuro sendero—. ¿Me deseas?
La pregunta se va con el viento. No voy a molestarme en contestarla. A lo largo de los años, he conseguido aplastar las pocas debilidades que poseía. Pero esta única debilidad —esa hermosa línea oscura de vello que se extiende hacia abajo desde un pálido, plano y maravillosamente firme estómago— es extraordinariamente difícil de dominar. En especial cuando me está mirando fijamente a la cara. Recuerdo una cita, que pasa volando por mi mente.
No me dejes caer en la tentación, ruego en silencio.
—Si no puedes decirlo, Severus, no tiene sentido que lo hagas. —Percibo la sonrisa en su voz, pero soy incapaz de mirar hacia arriba para confirmarla. No puedo hacer gran cosa, excepto babear y mirarle fija y estúpidamente.
—Tienes razón. No tiene sentido que haga esto —digo firmemente, y mis manos se alzan hasta sus caderas con objeto de apartarle de mí. Sólo que, en algún momento, el movimiento para apartarle ha cambiado de dirección, y mi boca se presenta formalmente a su estomago. Me agarra por los hombros con más fuerza y oigo cómo se le corta el aliento, escapando después en una exclamación inarticulada. Beso la suave carne alrededor de su ombligo. Mi lengua se aventura más allá y mi conciencia ofrece una última protesta, algo acerca de que el fruto prohibido siempre sabe más dulce. Mi lengua está de acuerdo categóricamente y mi conciencia se apaga, tras prometer que volverá más tarde.
Él tiembla entre mis manos, y su erección se mueve nerviosamente contra la parte inferior de mi barbilla. De pronto recuerdo cuánto disfruté una vez del sexo: el arte y el acto. La danza de acción y reacción, dando vueltas en círculos continuos. Me invade el intenso deseo de provocar algo más que ira y humillación, quiero hacerle retorcerse e implorar. Mi estómago se encoge ante esa expectativa. Decido lanzarme de cabeza en la tentación. Nunca me ha importado mucho que no me dejen caer en ella (1).
Si me tengo que condenar, como los gamberros Weasley han expresado tan acertadamente, voy a hacer que merezca mucho la pena.
Muerdo la carne tierna, donde su ombligo se une con el sendero oscuro, y oigo cómo se le corta el aliento. Me pongo tenso por un momento, preguntándome si le habré asustado. Los viejos hábitos no son fáciles de cambiar. Mi remordimiento se derrite y desaparece cuando le oigo aprobar mi acto con un gemido. Planto besos a lo largo de lo que sólo puede ser considerado como la carretera hacia el infierno y deslizo mi lengua bajo la cinturilla elástica de sus boxer. Lanza un grito ahogado y luego suspira mi nombre. Un nombre que no debería estar en sus labios. Un nombre que adquiere mucho más significado cuando cae desde su lengua. Me estremezco e intento recuperar mi propio aliento.
Se mueve hacia atrás y, por un momento, tengo miedo, aunque no estoy seguro del motivo. Mete los pulgares en la cinturilla de sus calzoncillos y se los baja. Me asalta una ola de excitación nerviosa, con un tinte de alivio, cuando veo por un segundo su erección.
No es un niño, después de todo. Dejo escapar el aliento que estaba conteniendo.
Me pongo en pie y dejo que la toalla se caiga de mis caderas. Observo cómo sus ojos se mueven sobre mi cuerpo, y me irrita ligeramente ver que se sonroja otra vez. Esto me recuerda que es inocente. Tengo muy poco interés en la inocencia. Mi irritación, sin embargo, dura poco y se disipa cuando él se acerca y se pone de puntillas para besarme.
—Eres hermoso —susurra.
Maldigo en silencio el rubor que sube hasta mis propias mejillas. —Túmbate.
Lo hace obedientemente y observo sobrecogido cómo se mueve. Había olvidado cuán bellamente desarrollados pueden estar los culos de los jugadores de Quidditch. Se quita las gafas y luego se arrastra hasta el centro de la cama. Mientras se estira sobre ella, me doy cuenta de que, en el momento en que me una a él, sólo él tendrá el poder para detenerme. Y, de algún modo, dudo que eso ocurra.
Alarga los brazos para darme la bienvenida. Me entrego a mi perdición.
--------------------------------------------------------------
Me tumbo a su lado y saboreo el tacto de su piel junto a la mía. Mi polla golpea suavemente su cadera y yo aprieto los dientes y respiro profundamente para controlarme. Tira de mí hacia él para darme otro beso. Mi boca cubre la suya y sucumbo a mi deseo de devorarle. Responde con entusiasmo, contraatacando con dientes, labios y lengua. Mi mano viaja por la extensión de su costado y descansa sobre su cadera, cubriendo el hueso. Otra debilidad que he redescubierto. Me aparto, jadeando, y le miro.Sus ojos se abren y veo un repentino destello de miedo en ellos. Tiembla bajo mis manos.
—¿Todo bien?
Sonríe y asiente con la cabeza. —Un poco nervioso —confiesa.
—Puedo parar. En cualquier momento.
—¡Y una mierda puedes! —grita, y luego me mira con severidad fingida—. Si paras ahora me veré forzado a utilizar la maldición Imperius. —Sonríe burlonamente.
Aparto de mi mente un recuerdo oscuramente excitante y maldigo en silencio a Voldemort por convertir esa maldición en particular en una de las Imperdonables. Ciertamente, tenía usos más placenteros.
—¿De veras? Y dime, ¿qué me obligarías a hacer si estuviera bajo tu control? —Entierro mi nariz en su cuello y le muerdo suavemente.
—Oh… ese es un buen comienzo —dice entre suspiros. Mi mano acaricia su torso hasta encontrar un pezón. Lo pellizco firmemente y se queda sin respiración. Se relaja con un gemido grave cuando lo suelto.
—¿Qué quieres que te haga, Harry? —susurro en su oído.
Gimotea por la sensación y luego dice—: Solamente no pares. Y sigue diciendo mi nombre. —Se ríe.
—¿No pares qué? —digo para tomarle el pelo, sonriendo contra su garganta, lamiendo esa pálida piel.
—No pares… nunca —responde. Su brazo se desliza por debajo de mí y me insta a ponerme sobre él. Sus piernas se abren para dejarme sitio y me quedo sin respiración cuando mi erección se desliza contra la suya. Me muevo hacia abajo para poder mantener algo de control. Empuja con sus caderas contra mi estómago y cierra los ojos con fuerza.
Empiezo a plantar besos, bajando por su pecho, y sus dedos se enredan en mi pelo. Miro hacia arriba y le veo observándome, con los ojos oscurecidos por el deseo. Recorro con mi lengua su pezón y entreabre los labios. Rozo con los dientes esa carne rosada y luego atrapo la punta entre ellos. Se retuerce debajo de mí y detengo sus caderas con una mano, trazando el contorno del hueso con mi pulgar.
—Oh, Dios —dice entre suspiros. Continúo explorando su pecho y estómago, apartando de mí con irritación una vocecita que aparece dentro de mi cabeza una y otra vez para recordarme qué estoy haciendo y a quién se lo estoy haciendo. Como si necesitara que me lo recordasen.
Me complace saber que responde mejor a mis atenciones más agresivas. Supongo que debería haberlo supuesto. Después de todo, le gusto yo, a pesar de los abusos que le he infligido a lo largo de los años. Recuerdo haberle llamado una vez masoquista, pero no se me ocurrió en aquel momento que podría estar en lo cierto. Empiezo a preguntarme hasta dónde llega en concreto su apreciación por el dolor. Entonces me recuerdo a mí mismo que es virgen y que es preciso un cierto grado de miramiento. No estoy lo que se dice decepcionado.
Recorro el camino que desciende hasta su ombligo y, una vez más, me tomo un momento para admirar su belleza. Mis dedos trazan una línea a su alrededor y a lo largo del sendero oscuro. Mi boca lo sigue con entusiasmo y aguzo el oído para escuchar sus gemidos y quejidos sin sentido, que me animan a ir más allá.
Sé lo que quiere. Por supuesto, le obligaré a que me lo diga.
Hago un recorrido por la parte inferior de su abdomen, sin llegar a tocar su erección, deliberadamente. Mis manos mantienen sus caderas pegadas contra la cama. Susurra—: Dios, por favor.
—¿Por favor, qué? —pregunto, dirigiendo a propósito mi aliento hacia el lugar donde más desea ser tocado. Él gime y yo paso mi lengua al lado de donde espera su polla. Sus lamentos alimentan mi deseo de oírselo decir. Puedo tratar de fingir que es para tener su permiso explícito, pero en realidad disfruto torturándole.
Me muevo de vuelta al tentador camino de vello, permitiendo que mi lengua roce apenas la punta de su polla. Deja escapar un aullido de sorpresa y luego lucha contra mi mano, que mantiene atrapadas sus caderas. Gime de frustración.
—Estás intentando matarme, ¿verdad?
—Tonterías. Todo lo que tienes que hacer es decirme lo que quieres, Harry. —Miro hacia arriba y veo cómo sus ojos se abren rápidamente, brillando con apasionada desesperación; sus mejillas se sonrojan con una mezcla de frustración y vergüenza. Le sostengo la mirada y hago un círculo con mi lengua directamente encima del lugar donde quiere que la ponga.
—Quiero… tu boca… por favor, Dios —gimotea.
—¿Dónde quieres mi boca? —le desafío, y entonces me sorprende moviendo la mano hasta su propia polla. Mi propia excitación se incrementa exponencialmente cuando veo cómo se envuelve a sí mismo con los dedos. Se me ocurre que me gustaría mucho observarle mientras se masturba. Pero… no, no soy tan cruel. Todavía.
—Aquí… —susurra.
Me apiado de él. —Mírame —le digo con voz grave. Sus ojos se abren de golpe, obedientemente. Dedico un pensamiento fugaz a preguntarme cuán bien ve sin sus gafas, y luego deslizo mi lengua lentamente a lo largo de su polla. Su mano cae de nuevo sobre las sábanas y su cuerpo tiembla de alivio. Le rodeo con mis dedos y cambio mi peso de sitio para liberar mi otra mano, que se mueve para tomar sus pelotas en ella. Grita, y se le desenfocan los ojos mientras cubro la punta con mi boca.
Es extraordinario lo rápido que se recuerda todo.
Como montar en escoba…
Engullo toda su extensión y siento cómo sus pelotas se contraen y se tensan. Esto no durará mucho. Teniendo en cuenta que tiene dieciséis y es virgen, no podía haber esperado otra cosa. Deslizo mi boca hacia arriba y hago un círculo con mi lengua alrededor de la punta antes de sumergirme una vez más. Su respiración se acelera y sus manos vuelan hasta mi cabeza. Observo cómo su boca se abre en un grito silencioso y chupo con fuerza. Su grito se hace oír y su esencia se dispara hacia mi garganta. Trago y espero que sus quejidos disminuyan antes de deslizarme de nuevo hacia arriba.
Tira de mí para besarme, chupando y lamiendo mi boca con avidez, hasta limpiarla. Me complace y, lo admito, me sorprende su entusiasmo. Se aparta y susurra—: Gracias. —Me río y me mira con intensidad—. Eres perfecto —dice suspirando, y luego se relaja sobre la almohada.
Respondo con un gruñido y me vuelvo hacia un lado. El arrepentimiento intenta arrastrarse sobre mí, pero lo aparto, prometiéndole dedicarle toda mi atención más tarde. Harry me sorprende una vez más al ponerse encima de mí.
—¿Qué estás haciendo?
—No lo sé. ¿Qué quieres que haga? —Sonríe con ironía y mi sonrisa aparece antes de que tenga oportunidad de esconderla.
—Harry…
—Dilo otra vez.
Sonrío con complicidad. —Harry.
Suspira dramáticamente y se impulsa hacia arriba para besarme. Emito un grito ahogado cuando su cuerpo se desliza sobre el mío. Me mira durante un instante y luego veo un brillo travieso que se asoma a sus ojos. Se desliza hacia abajo deliberadamente y me muerdo el labio. Baja su cara hasta mi cuello y oscila sus caderas contra las mías. Sus dientes arañan ligeramente mi piel antes de morder firmemente. Se me corta el aliento y le agarro para detenerle.
Alza la vista hacia mí con curiosidad. —¿Te estoy haciendo daño?
Como si pudiera. —No.
Me niego a responder. Le lanzo una mirada y eso parece ser suficiente.
—Oh —dice, formando una “o” con su boca al darse cuenta, antes de estirarla formando una sonrisa animal. Se inclina hacia mí para susurrar en mi oído—: ¿Tal vez deberíamos practicar el sexo, entonces? —Su aliento y sus palabras recorren mi columna, enviando impulsos eléctricos de placer hasta mi erección, dolorosamente dura.
Controlo mi respiración antes de preguntar—: ¿Es eso lo que quieres? —Intento extraer la esperanza de mi voz. Ya me he condenado irreparablemente. Si he caído hasta aquí, me gustaría mucho saber qué se siente al tocar fondo (2). Imagino que será pecaminosamente cálido y estrecho. Me sacudo de encima esa línea de pensamiento. Siempre existe una posibilidad de que él cambie de idea.
—¿Es eso lo que tú quieres? —se echa hacia atrás para mirarme.
—No quiero hacer nada que te haga sentir incómodo. —Una respuesta amable y diplomática.
—Oh, ¿quieres decir algo como hacer que suplique por una mamada? —Se ríe y luego me besa a lo largo de la mandíbula. Intento reprimir la sonrisa traviesa que tira de las comisuras de mi boca.
—No te hice suplicar. Lo hiciste por tu propia iniciativa. —Por supuesto, disfruté mucho oyéndolo. Hay algo en el hecho de ser llamado “Dios” repetidamente que excita mis tendencias dominantes.
Castiga mi comentario con un firme mordisco en mi hombro, y grito ahogadamente. —Realmente eres un bastardo mezquino —susurra, y luego empieza a recorrer mi torso con su boca. Si no estuviera ocupado enamorándome de su boca, podría tener la presencia de ánimo necesaria para sentirme impresionado por lo bien que la usa. Claramente, esa boca no fue hecha para hablar.
Sus dientes rozan mi pezón y apenas puedo evitar arquearme hasta saltar de la cama. Lo agarra entre los dientes y lo muerde ligeramente.
—Más fuerte —me oigo decir, y luego me olvido de maldecirme por pensar en voz alta, porque él obedece. Lo suelta después de un segundo exquisito y pienso en hacer un comentario sobre lo refrescante que es verle obedecer. Mi capacidad para hablar, no obstante, se pierde cuando siento unos dedos tímidos que se deslizan sobre mi erección. Gimo, a mi pesar.
Soy absorbido hacia esa exquisita y diestra boca, y me muerdo el labio cuando sus dientes arañan accidentalmente esa piel tan sensible. Y, joder, eso no debería, ni con mucho, haberme gustado tanto como lo ha hecho. Sólo hace falta una cosa para completar esta imagen. —Mírame —susurro, incorporándome sobre los codos. Sus ojos se elevan y quedo fascinado. La palabra “hermoso” se escapa de mi boca. Se desliza hacia abajo lentamente y no soy capaz de tomar aliento. Afortunadamente, sus movimientos no son suficientemente coordinados, pero la sensación de esa cálida humedad, junto con la impresionante visión, es suficiente para hacer que me dé vueltas la cabeza Me pregunto de pronto qué demonios he hecho en la vida para merecer esto. Harry Potter: mi recompensa por años de autosacrificio. Aparto ese pensamiento, al ocurrírseme que bien puede ser mi castigo.
Estoy a punto de decirle que pare cuando siento que su garganta se mueve en un espasmo. Se alza rápidamente y su repentina ausencia me arranca un gemido. Me mira, con la cara roja y los ojos llorosos.
—Lo siento —dice, atragantándose.
Casi me río pero, en lugar de eso, tiro de él hacia arriba para besarle. Parece una respuesta mejor. Acepta el beso con entusiasmo e intensidad. Su lengua sabe salada por mi líquido seminal y apenas puedo contenerme para no ponerle boca abajo y poseerle brutalmente. Si bien es más bajo que yo, no es mucho más pequeño. Ahora mismo, sin embargo, parece tan increíblemente frágil; y no hay nada que desee más que desvirgarle.
Me echo hacia atrás para recuperar la cordura y se quita de encima de mí. Se arrastra hasta el borde de la cama y se descuelga momentáneamente antes de volver. Me ofrece el tarro que ha traído consigo. Me incorporo y lo acepto.
—Sabes qué hacer con eso, ¿verdad?
Resoplo con incredulidad y luego jugueteo con la idea de hacerle que me lo explique. En lugar de eso, quito la tapa e inspecciono su contenido. Arrugo la nariz ante la espesa sustancia que hay dentro. Mi mente se vuelve con nostalgia hacia mi despensa de pociones, donde descansa, inútilmente, una botellita de un lubricante maravillosamente fino y efectivo. Casi me maldigo por no traerlo conmigo, pero luego recuerdo que, cuando llegué aquí, mi moralidad aún estaba intacta.
Enarco una ceja, mirándole. —Me muero por saber cómo el joven señor Potter puede tener conocimiento de estas cosas.
Entrecierra los ojos. —El joven señor Potter estuvo encerrado en una biblioteca durante un mes, mientras el bastardo del Profesor Snape se comportaba como un idiota testarudo.
—¿Y qué hacías consultando los libros que están reservados para alumnos de sexto curso y superior?
Pone los ojos en blanco. Toco la sustancia amarillenta del frasco y la froto entre mis dedos. La huelo cautelosamente y él se ríe entre dientes.
—¿Qué? —digo, mirándole con enfado.
—Eres tan raro —se ríe.
—Bueno, tal vez recuerdes que, naturalmente, tengo interés profesional en las pociones desconocidas. Y mucho más en aquellas que puede que extienda sobre mis partes más queridas.
Se pone serio y se muerde el labio inferior.
Inspiro profundamente y le miro a los ojos. Trato de eliminar la impaciencia de mi voz antes de decir—: Si tienes algún tipo de miramiento, debes decírmelo ahora.
Sus ojos se abren más. —No, no es eso. De verdad. Yo sólo... —arruga la nariz e inspira profundamente antes de decir— no sé qué hacer. Quiero decir que sé cómo funciona…
Tiro de él hacia mí y le beso rudamente, interrumpiendo sus inseguridades de la primera vez. No puedo escucharlas y continuar evitando la marea de culpabilidad que espera para emboscarme. Le hago tumbarse en la cama y le cubro con mi cuerpo, deslizándome entre sus muslos, que se abren con presteza.
—¿Severus?
—Mmm —respondo, e ignoro las ridículas mariposas que siento en el estómago. Es solo mi nombre, después de todo; lo oigo cien jodidas veces al día.
—¿Tú estás seguro? Quiero decir, ¿de verdad quieres hacer esto… conmigo? —le dedico una mirada honestamente confundida. Añade—: Es sólo que no quiero que te sientas obligado a hacerlo.
¡Qué delicia! De repente le ha crecido una conciencia. Ya era hora que se molestara en preguntarse si realmente quiero hacer esto. Resoplo—. ¿Por qué iba a sentirme obligado a follarte? —Es la respuesta que se merece.
Se ríe. —Sólo quiero oírtelo decir —Le miro con enfado y me sonríe—.Vamos. Venga, empezaré yo —Adopta una expresión seria—. Severus, quiero que me folles. —Sonríe otra vez y luego dice—: Vale. Tu turno.
Besarle parece ser el único método efectivo para hacer que se calle. Con mi aprensión apaciguada y, habiendo vuelto mi polla a su estado de dolorosa turgencia al escuchar mi nombre y la palabra “folles” en la misma frase, estoy ansioso por seguir con esto.
Él, por otra parte, es persistente hasta la exasperación. —Dilo —susurra.
—No.
—Entonces, ¿no quieres hacerlo? —Su boca se frunce con seriedad y yo suspiro.
—No he dicho eso.
Levanta la cabeza y su boca sube por mi cuello y hasta mi oído; sus caderas se aprietan contra las mías. Ahogo un grito. Roza mi lóbulo con su lengua. —Por favor —suspira y juguetea con su nariz dentro de mi oído.
La irritación y el deseo danzan en mi interior y siento cómo mis labios se curvan en una sonrisa siniestra. Le muerdo el cuello y se deja caer de nuevo sobre la almohada. Le miro fijamente a los ojos y decido darle lo que quiere. Y algo más. —Quiero follarte, Harry. —Él gime con satisfacción.
Continúo. —Pero primero voy a hacer que te retuerzas y me supliques tenerme dentro de ti. —Se queda boquiabierto—. Luego, te penetraré poco a poco… —Deslizo mi lengua a lo largo de su clavícula y le oigo emitir un grito ahogado—. Te dolerá, y yo disfrutaré observando cómo soportas el dolor mientras te arranco la inocencia centímetro a centímetro. —Puntúo cada palabra con un mordisco a lo largo de su cuello—. Una vez que esté completamente enterrado en tu culo, empezaré a follarte lentamente, y tú lo querrás más fuerte y más rápido, pero no te lo daré hasta que estés loco de deseo. Entonces, te la meteré con fuerza hasta que grites. Y gritarás, Harry. —Bajo la mirada hacia él con ardor. Me mira desde abajo con la boca abierta, con una expresión más allá del estupor. De pronto, me siento mucho más ligero por haberme rendido a mi malicia; incluso aunque, probablemente, me haya costado mi única oportunidad de tener sexo en diez años. Me preparo para su cambio de opinión.
—La hostia. Eso ha sido increíble —dice sin aliento.
No es exactamente la reacción que había previsto. Pero es intrigante, de todas formas.
Rebusca a ciegas el tarro de lubricante y, al encontrarlo, me lo ofrece. Le echo otra mirada de desaprobación antes de aceptarlo con mano trémula. Me arrodillo entre sus piernas y maldigo mi exceso de nerviosismo mientras le miro desde arriba. Él observa mientras extraigo la espantosa sustancia e intento no hacer patente mi desdén. Me pregunto brevemente si debería hacer que se dé la vuelta pero, a pesar de lo invitadora que sería esa visión, quiero observarle.
Froto un dedo lubricado de un lado a otro de su abertura y entreabre los labios, tensándose su cuerpo con expectación. Le desfloro lentamente y él aprieta en torno a mi dedo. Mi erección se estremece con empatía y lanzo un grito ahogado. Toma aliento con los dientes apretados y sus manos caen para agarrarse al edredón. Me tomo un momento para lamentar no haber doblado la colcha y luego ignoro ese pensamiento. Ya es demasiado tarde.
Empiezo a mover el dedo lentamente, observando cómo su cara se tensa. —Respira —susurro, y él deja escapar un jadeo entrecortado. Siento cómo cede un poco y me inclino para besarle. Él gime, mientras su cuerpo empieza a aceptar la intrusión, y retiro mi dedo lentamente y añado otro más. Se le corta el aliento. Detengo mi mano momentáneamente y le insto a relajarse antes de moverme de nuevo. Sus ojos se abren y se alzan hasta mí. Se muerde el labio y gruñe. Curvo mis dedos ligeramente y los introduzco buscando…
—¡AH-AH! —grita, y sonrío con malicia. Agarra mis hombros y vuelvo a rozar su próstata —. Oh, joder, Dios —jadea, perdiéndose en quejidos sin sentido.
—¿Te ha gustado eso? —Gime como respuesta, y extiendo mis dedos y añado un tercero. Se retuerce debajo de mí, tratando de moverse hacia abajo, y yo mantengo el ritmo pausado, dilatándole. Es únicamente con el más admirable autocontrol que creo haber mostrado nunca, que no sucumbo a sus ruegos pidiéndome más.
—¿Más qué?
Gimotea y yo me río. —Más de ti… por favor.
—¿Estás bien seguro de que estás preparado? —meto mis dedos más adentro y, si no estuviera tumbado encima de él, estoy seguro de que habría saltado de la cama.
—¡Sí! Severus… Dios… ¿por favor?
Retiro mis dedos y él se queja ante su ausencia. Al arrodillarme, preparándome a mí mismo, echo un vistazo fugaz a mi vida, la cual me ha llevado hasta este momento. Yo era un buen hombre. Austero y casto durante toda una década. Sí, he sido mezquino y cruel pero moralmente, éticamente irreprochable desde mi conversión al bando de la luz. Miro hacia abajo, a Harry, y quiero maldecirle por destruirme. Por el momento, sólo consigo una profunda gratitud. Decido probar otra vez más tarde.
Me pongo en posición, con mi erección golpeando la carne fruncida de su abertura. Levanto sus piernas y me apoyo sobre ellas.
—¿Estás seguro? —Sonrío con suficiencia.
Sus ojos brillan furiosos. —Ahora.
Empujo hacia dentro de él y siento cómo su carne cede, no sin resistencia. Un gemido dolorido escapa de su garganta y me quedo quieto e intento concentrarme en su cara, en lugar de en la exquisita e imposible estrechez y el calor que me están exprimiendo la vida. De pronto me arrepiento de mi descripción, excesivamente confiada, acerca de mis planes para él. No estoy seguro de poder aguantar lo bastante como para cumplirlos.
Muevo mis caderas tan delicadamente como puedo. Sus ojos están fuertemente cerrados y su boca forma palabras sin pronunciarlas. Siento una oleada de poder que me atraviesa cuando observo cómo su cara se tensa con una mueca de dolor. He destruido el último retazo de su inocencia. Que era una cosa bien molesta.
Centímetro a centímetro se entrega a mí, y centímetro a centímetro me sepulto, y casi me agoto por el esfuerzo de reprimirme. Me tomo un momento para recuperar el aliento y puedo sentir cómo se relaja a mi alrededor. Abre los ojos.
—¿Estás bien? —pregunto.
Parpadea. —Te quiero —dice, suspirando.
Lucho contra una repentina aprensión. Es perfectamente normal, me digo a mí mismo. Recuerdo brevemente la ola de intensa emoción que sentí la primera vez que tuve a alguien dentro de mí. Entonces me percato de que evocar ese recuerdo es extraordinariamente retorcido, teniendo en cuenta que estoy enterrado hasta las pelotas dentro de la siguiente generación.
Afortunadamente, ese pensamiento se escabulle cuando él se contonea debajo de mí. Grito, y mi voz es un eco de la suya. Me retiro cuidadosamente y vuelvo a empujar. Se muerde el labio inferior mientras empiezo a empujar con un ritmo regular pero enloquecedoramente lento. Me animan sus gemidos, pero me contengo con éxito para no moverme más rápido. El dolor que hay en su expresión es reemplazado por el deseo, y trata de empujar hacia arriba, contra mí. Mi anhelo de metérsela con fuerza no es aún más fuerte que mi deseo de ver su expresión contraída por el deseo.
Cambio el ángulo para masajear su próstata con cada envite. Abandona sus intentos de moverse a favor de gemir incesantemente.
—Oh, joder… ya… haz…lo —gruñe finalmente, y mi determinación se desvanece.
Salgo de él casi completamente y luego le penetro con fuerza. Él chilla y a mí se me escapa un gemido ahogado. Deslizo mi mano entre nosotros para empezar a acariciar su erección. Su cuerpo se agita debido a la sensación adicional. Se la meto con fuerza, sin misericordia, masturbándole al compás de mis embates. Siento cómo su culo se contrae en torno a mí y él explota sobre mi mano, gritando. Empujo desesperadamente una vez más antes de correrme con una fuerza que disuelve de forma efectiva cada hueso de mi cuerpo. Me desplomo contra él y espero a que mi corazón explote. Una muerte feliz. En mi breve y extática locura, casi le digo que le quiero. Mi boca, por fortuna, se niega a formar palabras.
Se aferra a mí desesperadamente; jadeando y estremeciéndose mientras los últimos efectos de su orgasmo le consumen. Toma un último aliento para calmarse y lo suelta con un “guau”. Levanto la cabeza de donde la he enterrado, en su hombro, y reclamo un beso de despedida antes de salir y quitarme de encima de él. Mi mente vaga hasta mi varita, que haría un buen hechizo de limpieza, de forma que yo pudiera derretirme alegremente sobre el colchón, saciado e inmóvil. Me pregunto vagamente si, en esta situación, el uso de la magia se consideraría absolutamente necesario. Si bien lo calificaría así, estoy bastante seguro de que Dumbledore no estaría de acuerdo.
Casi me río al intentar imaginarme la expresión de su rostro si apareciera ahora y nos encontrara a los dos desnudos y cubiertos de semen. Su chico maravilla, mancillado por su sirviente de confianza. Estoy seguro de que la experiencia no sería, ni con mucho, tan graciosa como yo la imagino. Si bien, sólo por una vez, me gustaría ver al Director totalmente estupefacto, tiemblo al pensar en la expresión iracunda que reemplazaría a la inicial, de escándalo. Y no creo que le impresionara demasiado el argumento del “carpe diem”.
Suspirando, me deslizo fuera de la cama y le insto a que venga conmigo.
—¿A dónde vamos? —pregunta. Le miro con dureza y luego me marcho de la habitación. Me sigue hasta el baño, donde nos aseamos rápidamente antes de volver a mi habitación para vestirnos.
—Te vas a poner histérico pronto, ¿verdad? —Sonríe débilmente y se pone los boxer.
—¿Qué? —me meto en un par de pantalones. Se pone su camiseta y me despido silenciosamente de su ombligo.
Se encoge de hombros. —Supongo que me imagino que vas a empezar a castigarte por acostarte conmigo —Camina hacia mí y pone sus manos sobre mis hombros—. Antes de que lo hagas, quería sólo darte las gracias. —Sonríe y se estira hacia arriba para juntar sus labios con los míos—. Eres increíble. E, incluso si no lo hacemos nunca más, no me arrepentiré nunca de esto.
Sus palabras me inundan y me siento extrañamente libre de culpabilidad. No creo que me mantenga así. Cuando el remordimiento me asalte por fin, sus palabras me servirán muy bien como mantra. Se lo agradezco mentalmente y luego le digo que termine de vestirse. Hago lo mismo.
Instantes después, descendemos y nos dirigimos a la cocina. Se para en seco de pronto y se queda con la boca abierta. Me vuelvo y veo un pastel de cumpleaños que emite chispas rojas y doradas.
—Supongo que eso no estaba aquí cuando viniste al baño —digo débilmente justo antes de que mi garganta se obstruya. Interpreto su chillido asustado como un no. Escudriño la habitación y casi espero que un viejo mago lívido salte desde las sombras y me golpee con una maldición mortal dolorosamente lenta. Por supuesto, no hay sombras en este infierno blanco. Cuando Dumbledore no aparece, lo hace el remordimiento. Suprimo el impulso de caer al suelo sollozando amargamente ante mi maldita suerte. Busco en mi memoria la frase que había adoptado como mi mantra sólo momentos antes.
Mátame ahora.
De alguna forma, no creo que fuera esa.
Nota: “A las vírgenes, para que aprovechen su tiempo” es de Robert Herrick.
(1) N. de la T.: en el original, la autora hace un juego de palabras con “Lead me not into temptation” (no me dejes caer en la tentación), tres párrafos antes, “dive into temptation” (sumergirme en la tentación), en la frase anterior, y “being led” (dejarme guiar), en esta oración. Vuelve
(2) N. de la T.: en el original, la autora dice “hitting bottom”, que significa “tocar fondo”. Como “bottom” también significa “culo”, está haciendo un juego de palabras en la fase siguiente: “Imagino que será pecaminosamente cálido y estrecho”. Vuelve