—No te pongas histérico —dice.
Me pregunto vagamente cómo se las ha arreglado para recuperar su voz tan pronto. Y luego recuerdo que no es él quien se enfrenta a la destrucción inminente de una vida en cuya construcción ha empleado la mayor parte de los últimos veinte años. No, al pobre Harry Potter probablemente le tatuarán la palabra “víctima” justo al lado de esa cicatriz de su frente. Mientras que mi cabeza terminará, probablemente, en una estaca en el centro de Hogsmeade, para que sirva como recordatorio de lo que ocurre cuando la gente la jode con las mascotas de Dumbledore. O jode con ellas.
Que no me ponga histérico, claro.
Le observo mientras camina cautelosamente hacia esa atrocidad chispeante, con cara de estar esperando que, en cualquier momento, el pastel se transfigure en el mismísimo Dumbledore. —Hay una nota —dice, mostrando, como prueba, un sobre ligeramente manchado de la cobertura del pastel. —Es para ti.
Después de tomarme un momento para recordar cómo volver a respirar, le sigo hasta la mesa. Vacilo antes de tomar la carta de su mano. Hay una “S” grande y verde dibujada en el anverso. No está silbando ni atacándome. Esa es una buena señal. O no. No, el Director querría echarme la maldición cara a cara. Los magos buenos siempre lo hacen. Le doy la espalda a la expresión de remordimiento de Potter. Rompo el sello y dejo escapar el aliento que estaba conteniendo, aliviado al encontrar dentro sólo un inofensivo trozo de pergamino, cubierto por la elaborada caligrafía del Director.
S: Por favor, vuelve. El Knut que hay dentro del pastel es un Traslador. Las coordenadas están establecidas, sólo es necesario activar el temporizador. Tienes que aparecerte. Te estaré esperando en mi oficina a la 1 p.m. Come un poco de pastel. Si no recuerdo mal, siempre te ha gustado el limón. Transmite mis mejores deseos. D.
Miro fijamente las palabras, perplejo. Ciertamente, no suena como si acabara de ser testigo de cómo al escudo humano favorito del mundo mágico le da por culo el maestro de Pociones a quien a todos les encanta detestar. El lenguaje es discreto y vago, como si Dumbledore pensara que la carta podría ser interceptada. Lo que significa que puede haberla enviado desde otra parte. O, tal vez, es sólo que estaba demasiado furioso como para ser elocuente. Intento pensar en otros posibles significados de “siempre te ha gustado el limón”..
—¿Qué dice?
Le alargo la carta y me dejo caer en una silla. Mi corazón late con entusiasmo, como si acabara de darse cuenta de que le podrían permitir seguir latiendo y quisiera probar que está a la altura de la misión. Empiezo a preguntarme por qué nos hace volver. No puede haber ningún peligro inmediato, o se nos indicaría que nos fuéramos enseguida. El alivio que ha empezado a inundarme se drena y se va lentamente, mientras me pregunto a mí mismo por qué considera necesario separarnos. Quizá nos está dando tiempo para despedirnos. No, eso es absurdo.
¿No es así?
—Así que… él no lo sabe.
—Podría estar ofreciendo el pastel como última comida antes de mi ejecución. —Habría preferido una botella de buen whisky, pero el pastel es, técnicamente, para el cumpleaños de Potter. Dos pájaros. De un tiro. Muertos.
—¿Por qué tenemos que irnos?
Alzo la vista hacia él. Sus ojos están desenfocados e intenta ocultar una expresión decepcionada. Se me encoge el estómago al disolverse una esperanza que no sabía que estaba albergando. A pesar de la abrumadora blancura de este horrible refugio, he disfrutado en buena medida de mi breve estancia aquí. Estoy desolado al darme cuenta de que mi placer se ha debido enteramente a su compañía. Y horrorizado al descubrir que he estado deseando pasar el resto del verano aquí. Con él.
Aparto esta comprensión de mi mente con contundencia. —Tienes tanta información como yo, Potter.
—Oh. —Le veo poner su expresión bajo control antes de dirigirse hacia la cocina—. ¿Le apetece un trozo de pastel, Profesor? —El tono gélido de su voz y su cara inexpresiva me confunden. Estudio los últimos momentos que han pasado para encontrar aquello que le ha empujado a aislarse de mí. Me percato de que le he llamado Potter. Y entonces me doy cuenta de que le he estado llamando Potter en mis propios pensamientos. Sospecho que este repentino cambio de Harry a Potter tiene algo que ver con el hecho de que estoy vestido. O de que él está vestido. Sí. Desnudo: Harry. Vestido: Potter. Es una distinción perfectamente lógica.
—¿Profesor?
Le echo una mirada de reojo. Arquea las cejas, expectante. Oh. El pastel. —No, gracias. Prefiero tomarme mi bilis sin azúcar —sonrío con ironía, en un intento de transmitir humor y disipar la repentina nube de tensión que flota entre nosotros. No responde. Ni siquiera se mueve. Me mira fijamente.
Maldición. Se me ocurre que no me va a dejar salir de ésta con elegancia. Vamos a tener que mantener la charla. De pronto, desearía que Dumbledore hubiera estado aquí para matarme. Abro la boca para decir algo, y entonces me doy cuenta de que no sé qué decir. Parece que todo lo que se debería decir ya se ha dicho antes. Empiezo a sentirme repetitivo. Líneas, reglas, edad, ética… bla y más puto bla.
Esta no es mi vida.
—Mira, ¿podemos saltarnos simplemente la parte donde tú me dices que lo que hicimos estuvo mal, y pasar directamente a “esto no volverá a ocurrir jamás”?
Enarco las cejas. No estoy seguro de si debería sentirme aliviado o no al descubrir que parecemos seguir la misma línea de pensamiento. —Me parece que esas palabras ya las hemos dicho antes. Para lo que nos sirvieron, ¿no estás de acuerdo?
Sonríe. Ciertamente, no debería sentirme agradecido por eso.
—Lo que dije iba en serio, ¿sabes?, no voy a arrepentirme de haberlo hecho. Nunca… pero…
Su voz se apaga y todo mi ser pende de esa conjunción. Espero, observando cómo trata de componer una cuidadosa afirmación. Esto puede tardar un poco. Suspira y cruza la habitación de vuelta a la mesa, sentándose en una silla junto a mí.
—Ya te estás arrepintiendo de ello, ¿verdad?
Quiero decir “sí” pero la palabra se me queda pegada a la lengua, mientras las palabras “no lo sé” salen en estampida de mi boca. Es raro por mi parte decir eso. Por supuesto, ya lo sé. No debería haberlo hecho. Cedí. Caí.
Me gustó.
Maldición.
—Porque si tú… te arrepientes… entonces yo me sentiré culpable. No por hacerlo. Sino… por obligarte a hacerlo.
—No me obligaste a hacer nada.
Él resopla. —Oh, vamos. Prácticamente tuve que arrastrarte hasta la cama.
—Tal y como yo lo recuerdo… —empiezo, y luego decido que no es muy buena idea recordarlo, en absoluto. Una imagen de él, desnudo, tumbado y esperando en el centro de la cama, se adhiere a mi mente como la típica imagen de calendario de alguna revista picante. Me muevo nerviosamente en la silla—. Tengo por costumbre responsabilizarme de mis propias acciones. Si me arrepiento o no, ése no es el tema. El tema que deberíamos estar discutiendo es qué pasa ahora.
No, eso tampoco es necesario discutirlo. Es obvio. Yo huyo. Muy lejos.
—¿De veras quieres discutirlo? ¿O ya te has decidido?
Se me ocurre con un terror repentino que, mientras yo le he estado estudiando a él, convirtiéndome en un experto en todo lo relacionado con Potter, él ha estado haciendo lo mismo conmigo. A excepción de Dumbledore, nadie, durante mi vida adulta, ha conseguido nunca conocerme. Una parte de mi ser me maldice por permitir que ocurriera. Otra estúpida parte empieza a revolotear emocionada como una idiota. Frunzo el ceño, mientras una nueva amargura se extiende por mi lengua.
—La única cosa profesional que puedo hacer es dimitir.
Su cara pierde el color y se queda boquiabierto. —No puedes hacer eso. —Su voz es un susurro ronco, y veo cómo una profunda ola de culpabilidad inunda sus facciones. De algún modo, me arrastra. La idea de dimitir se escurre a través de las grietas de lo que solían ser unos cimientos éticos construidos muy sólidamente. ¿He dicho grietas? Quería decir enormes abismos.
—¿Qué sugieres? —La irritada mordacidad con que pretendía enunciar esa frase se ve reemplazada por algo que suena sospechosamente como la desesperación.
Su ceño se contrae y respira profundamente. Cerrando los ojos, dice—: Hacemos lo que dije en mi carta. Le digo a Dumbledore que se suspenden las sesiones de estudio. Tú te quedas con mi capa... —su voz se apaga y traga saliva. Me pregunto brevemente cuáles serán las palabras con las que se ha atragantado.
Asiento y lucho contra una repentina ola de… algo. Aclarándome la garganta, digo—: Es la única solución práctica. —Intento convencerme de ello.
Él se fuerza a sonreír y dice—: Lo sé. —Después de un momento, la sonrisa se convierte en una de picardía. —Pero, después de que me gradúe, tenemos que hacerlo otra vez.
Estoy demasiado ocupado preguntándome si vivirá tanto tiempo como para responder. Mi ensoñación es interrumpida cuando una mano toma la mía, guiándola hasta esos suaves y perfectos labios rosados. Cierro los ojos y trato de no pensar en la injusticia de tener que decir adiós a esa boca tan pronto después de descubrir su potencial.
—Te echaré de menos, ¿sabes?
Las palabras “ve a hacer la maleta” se apretujan para pasar alrededor del nudo que hay en mi garganta. Dejo caer mi mano, donde aún siento un cosquilleo por la huella de sus labios. Le oigo alejarse y reprimo el impulso de llamarle para que vuelva. Después de haberme guardado a empujones todos los extraños e irritantes sentimientos que dan vueltas dentro de mí, me preparo para regresar.
------------------------------------------------------------
Estoy de pie fuera del pasadizo que lleva a la oficina de Dumbledore, donde McGonagall me ha dicho que espere. Mis procesos mentales más lógicos me aseguran que el viejo no puede saber en modo alguno lo que ha ocurrido. Lo más probable es que el pastel fuera enviado por Traslador, como se enviaron los otros cargamentos de comida. Dumbledore no se habría limitado a marcharse discretamente para dejarnos terminar. La idea es ridícula.Sin embargo, aún no me veo libre de aprensión. Hasta que vea el rostro del viejo, no puedo estar seguro de que me he salido con la mía. Una voz persistente dentro de mi cabeza insiste en molestarme con preguntas inútiles como “¿Y si...?”
Pues me despedirían. Una bendición disfrazada. Particularmente después del comentario de despedida de Potter: ¿Sabes, Profesor? Nunca más seré capaz de verte mirar con enfado sin pensar en ti desnudo y diciéndome que quieres follarme. Ciertamente, podría haber vivido sin saber eso. ¿Sería yo capaz de sobrevivir a sus clases sin mirar con enfado? Longbottom está en esa clase. Me cago en la leche. Bueno, dar clase con una erección ciertamente será un nuevo desafío.
Mis reflexiones se ven interrumpidas cuando la puerta se abre. Casi me quedo con la boca abierta al ver a Sirius Black mirándome iracundo. —Él quiere verte —gruñe.
Dado que sigo de una pieza, deduzco que no sabe nada. Me relajo ligeramente y le dedico una mueca desdeñosa, mientras alguna mezquina parte de mi cerebro empieza a mofarse diciendo me he follado a tu ahijado con un retintín infantil.
De pronto, no me arrepiento de nada. Por el contrario, me siento bastante satisfecho conmigo mismo.
Paso, empujándole, al lado de Black, que, afortunadamente, no me sigue. Al entrar en el despacho, el último vestigio de mi aprensión me abandona. Dumbledore sonríe benignamente. Ésta no es la cara de un hombre que se dispone a maldecirme. Estoy a punto de sentirme francamente alegre y, durante un breve segundo, casi creo que el destino se ha vuelto a mi favor. Y entonces veo que alguien se levanta de la silla que hay delante del escritorio de Dumbledore.
Sé que todas las cosas buenas deben terminarse. Pero ¿por qué tiene que ocurrir siempre tan rápido en mi caso?
Remus Lupin me devuelve la mirada y mi buen humor se agria.
—Hola, Severus. —Sonríe.
Por muy horrible que la gente me considere, al menos, cuando desprecio a alguien, lo demuestro honestamente. Arruiné la carrera de este hombre. ¿Cómo se atreve a sonreírme? Frunzo el ceño.
—Gracias, Remus. Te veré mañana.
Estrecha la mano del Director y luego pasa rápidamente a mi lado. Se me pone la piel de gallina al sentir su proximidad. De pronto tengo la ligera sospecha de que bien podría replantearme mi decisión de no dimitir. Me doy cuenta de que me ha hecho volver para echarme el sermón anual sobre “ser amable con el profesor de Defensa”. Intento decirme a mí mismo que la Junta Escolar nunca permitirá al hombre lobo volver a enseñar. Pero luego recuerdo que Albus Dumbledore tiene sus métodos para hacer las cosas como le da la puñetera gana. Le consentimos sus locuras porque es poderoso.
La puerta se cierra tras de mí y cruzo bruscamente la habitación, antes de tomar asiento frente a Dumbledore, armado con mi furiosa mirada.
—Hola, Severus.
Le saludo con un movimiento de cabeza y espero, con la mandíbula apretada, a que aseste el golpe. Casi puedo oírlo ya: Debo apelar a ti una vez más para que ofrezcas tu experiencia en la preparación de una poción terriblemente complicada y laboriosa para ayudar a un hombre que intentó matarte.
—¿Va todo bien?
—Bastante bien. —Dilo ya.
Frunce el ceño. —Muy bien. Si no te importa que lo pregunte, Severus, ¿por qué estás aquí?
Su pregunta me desconcierta momentáneamente. Y entonces me siento como si hubiera saltado repentinamente por un acantilado muy alto. Es increíble cómo una simple pregunta puede significar tanto.
—Tú… tú escribiste una carta. —Se me quiebra la voz. Esa es la menor de mis preocupaciones.
Su expresión se torna pétrea, sin que quede ningún rastro de brillo o chispa en su mirada. Parece listo para matar algo. A alguien. A mí. —¿Severus? ¿Dónde está Harry?
—El… el Traslador. El pastel. Albus, tú enviaste una carta. —Ya que soy claramente incapaz de hablar, extraigo la carta de mi túnica como prueba. No parece convencido. Toma la carta de mi mano, ahora temblorosa, y la lee. Su rostro se ensombrece y me quedo sin respiración.
Le he matado. Me lo he follado y luego le he enviado a su muerte.
—¿No sabes a dónde le llevó el Traslador?
Niego con la cabeza, sin habla. Se ha ido. Le matarán. Es culpa mía. Las palabras “lo siento mucho” caen de mi boca y casi me río de mí mismo. Una disculpa inadecuada por destruir accidentalmente el mundo tal y como lo conocemos.
Siempre supe que estaba destinado a hacer algo grandioso. Sólo que no era consciente de que sería algo tan grandiosamente estúpido.
Noto cómo pone una taza de té en mi mano por la fuerza. La acepto y dejo que la porcelana me abrase la piel, agradecido por la oleada de sensación física. Me percato de que Dumbledore está hablando. Intento concentrarme en las palabras mientras pasan girando a mi lado, pero no puedo entender su significado. Busco infructuosamente una manera de deshacer lo que he hecho.
La vocecita de mi instinto de supervivencia susurra en mi cabeza, diciéndome que no es culpa mía. Que no podía saberlo de ningún modo. Dicha voz es ahogada por otra mucho más fuerte que grita: ¿qué coño has hecho?
—¿Severus?
Alzo la vista hacia este hombre. Tiene una expresión paciente y preocupada. Preferiría que me odiase. El té hirviendo se derrama sobre mis manos. El dolor me sobresalta y mi mente vuelve a centrarse. Un frío horadante recorre mi cuerpo, disipando el pánico y la sensiblería. Siento cómo vuelvo a poner mi expresión bajo control.
—No debemos perder la esperanza. Puede que se escape.
Asiento, pues no estoy muy seguro de poder fiarme de mi voz. Se pone en pie y se acerca a la chimenea.
—Minerva, por favor, ¿podrías buscar a Sirius Black y enviarle a mi oficina?
Oh, bien. Me van a matar, después de todo.
--------------------------------------------------------
—Sirius, por favor, siéntate. —Black cruza la habitación, mirándome con furia y sospecha. Por una vez, sus sospechas son fundadas. Mi boca ya está fruncida en mi mueca de desprecio habitual y, como toda mi energía se concentra en mantener mi culpabilidad a raya, no me quedan fuerzas para devolverle la mirada de odio.—Sirius, tenemos motivos para creer que Harry ha sido capturado. —Aplaudo al Director por su calmada exposición y me permito una ojeada en dirección a Black. Me sorprende sentirme casi apenado por él. Se ha quedado con la boca abierta y ha palidecido considerablemente. Veo cómo el miedo inunda sus ojos.
El miedo se convierte instantáneamente en ira asesina, cuando esos ojos se vuelven hacia mí. Me pongo tenso y la mano con que sostengo la varita se prepara para defenderme. La detengo y me resigno a no luchar si él decidiera atacarme. La muerte sería una evasión misericordiosa de toda esa vida de remordimiento que, supongo, tendré que soportar.
—¿Qué ha pasado? —pregunta con los dientes apretados—. ¿Qué tiene que ver él con esto?
Dumbledore inspira profundamente y dice con calma—: Severus ha estado cuidando de Harry desde que tú te fuiste de la mazmorra.
—¿Encerraste a Harry con eso? —Gesticula salvajemente hacia mí. De pronto, la poca pena que pudiera haber sentido hacia ese hombre se disuelve. Hay algo en el hecho de encontrarme tan cerca de la estupidez absoluta que recarga mis fuerzas. Recupero mi mirada de odio. —¿Qué has hecho con él? —gruñe, echando espuma por la boca.
Pienso en preguntarle si le han puesto todas sus vacunas, pero me resisto. —Oh, por favor. Si hubiera hecho algo con él, ¿crees que estaría aquí ahora? —Bueno, técnicamente sí he hecho algo con él. Pero no es nada relevante.
—Sirius, te aseguro que Severus no tiene la culpa. Recibió una carta de alguien que decía ser yo. Siguió lo que creían ser mis órdenes.
—¿Y no pensaste en confirmarlas? —pregunta, como si yo fuera el idiota en esta conversación.
Rechino los dientes y fuerzo a mi voz a adoptar un tono calmado. —No. Dado que Albus era el único que conocía nuestro paradero, no se me ocurrió desconfiar de sus instrucciones.
—Bueno, aparentemente Voldemort conocía vuestro paradero. Es curioso que tú sigas aquí. —Su acusación me deja helado. Entrecierro los ojos, desafiante.
—Sirius… —empieza a decir Dumbledore, y le interrumpo.
—¿Qué estás insinuando exactamente, Black? —He hecho más y arriesgado más en la lucha contra Voldemort que Black y todos sus amigos del bando de la luz juntos. Antes de permitir que este idiota me acuse de aliarme con el Señor Oscuro dejaré que me ahorquen. Le desafío sin palabras a que lo diga.
Acepta el desafío con una mueca de odio. —Es sólo que resulta bastante interesante que Voldemort se llevara a Harry y no a ti. Le traicionaste y, aún así, te dejó marchar. ¿No lo encuentras extraño? Yo lo encuentro extraño. A menos, claro está, que no sea a Voldemort a quien has traicionado. Dime, Snape, ¿cuál es el precio en el mercado de un chico inocente?
El último hilo de mi autocontrol se quiebra. Hecho mano a mi varita. Él hace lo mismo. Yo soy más rápido.
—Ya está bien —grita Dumbledore, poniéndose en pie.
Cierro la boca con fuerza para parar mi maldición. No le habría matado, sólo habría disuelto su lengua.
—No voy a consentir ninguna de estas tonterías. Os recuerdo a ambos que sois adultos. —No. Yo soy un adulto. Él es un canino.
Black baja estúpidamente su varita y se vuelve, alejándose de mí. Hubo un tiempo en el que me habría aprovechado de su equivocación. Aún podría, si no fuera por el hecho de que Dumbledore me tendría aturdido y maniatado antes de que las palabras salieran de mi boca. Decepcionado, bajo mi propia varita. Tenía tantas ganas de oír cómo me maldecía y me mandaba al infierno sin su lengua.
—Sirius, quisiera que examinases el perímetro de los terrenos del colegio. Existe la posibilidad de que Harry se aparezca.
—¿Aparecerse? Él…
—Ha sido entrenado. Por favor, ve.
Lanzándome una última mirada furiosa, se transforma, adquiriendo su forma intelectual más adecuada, y se aleja trotando. Trato de calmar mi propia ira, que se convierte en vergüenza cuando veo la expresión en el rostro de Dumbledore. ¿Cómo consigue este hombre hacerme sentir aún como un colegial desobediente?
—¿Tienes alguna idea sobre cómo descubrió Voldemort vuestro paradero? —Sus ojos me atraviesan como sólo ellos pueden. Yo se lo permito. Si existe alguna duda acerca de mi lealtad, quiero que dicha duda se disipe. Puede que yo no tenga profesionalidad ni ética y que mi voluntad sea débil, pero no dejaré que se me acuse de traición.
—No. Yo mismo ignoro dónde estuvimos.
Asiente y puedo ver que me cree. Me resisto al impulso de dejarme caer de nuevo en mi silla. Él se pierde en uno de sus silencios contemplativos y, de pronto, recuerdo el sueño de Potter. Si bien dudo que la información sobre Voldemort morreándose con criaturas oscuras sea de utilidad, me siento obligado a contarle a este hombre todo lo que sé.
—Albus, no puedo estar seguro de si es relevante… pero el chico tuvo otro ataque anoche. Después, tuvo un sueño que… —mi voz se apaga. De pronto, entiendo que Potter se resistiera a contarme su sueño. Suena totalmente absurdo—. Soñó que Voldemort estaba… relacionándose con Dementores.
Estudio su reacción. Creo que puedo ver cómo la aprensión se introduce en su expresión, pero él la aplasta igual de rápido. Asiente. —Has dicho que tuvo el sueño después.
—Sí, no estaba durmiendo cuando empezó a dolerle la cicatriz. Vino a despertarme. En algún momento perdió el sentido, presumiblemente a causa del dolor. —Rechazo el impulso de encubrir el hecho de que perdió el sentido en mi cama. Apenas parece importar llegados a este punto.
—Con relacionándose, ¿quieres decir besándose?
Mi boca forma una mueca de asco. —Sí.
—Ya veo. —Su voz es inusitadamente seria. Una comprensión anonadada aparece en su expresión, seguida de lo que se parece sospechosamente a la derrota. Se pasa las manos por la cara.
—¿Crees que fue una visión? ¿Qué estaría haciendo Voldemort…?
—Sospecho que el sueño no fue ni sueño ni visión. No obstante, no tiene sentido discutirlo hasta que pueda estar seguro. Y no puedo estar seguro hasta que hable con el chico. —Suspira pesadamente y sacude la cabeza. Veo que su expresión se compone y sé, por experiencia, que es el final de la discusión. Casi le maldigo. Pero no estoy en situación de maldecir a nadie justo ahora.
—Muy bien, Severus. Voy a pedirte que vayas a tus habitaciones y esperes allí. No deseo que nadie sepa que está aquí.
—Albus, no esperarás que yo…
—Te lo haré saber si averiguamos algo. No debes ir a buscarle, Severus. ¿Está claro?
Le miro enfadado. No es que supiera siquiera por dónde empezar a buscar. Sin el hechizo de seguimiento de la marca tenebrosa, no tendría ni idea de a dónde ir ni aún si esta maldita cosa se pusiera a sonar. Soy totalmente impotente para rescatar a ese estúpido chico.
Me pongo en pie y tengo intención de atravesar la puerta del despacho, cuando él me detiene. Lanza un poco de polvo flú en la chimenea y entro en ella con renuencia. Mi último pensamiento, antes de ser succionado hacia abajo, es cuán injusto es que mi bella, fría y oscura mazmorra se haya convertido ahora en mi prisión.
----------------------------------------------------------
En lugar de sentarme en mis habitaciones, obsesionado por el supuesto destino de ese condenado chico, trato de educarme acerca de su problema. Me siento en mi escritorio, rodeado por volúmenes y más volúmenes procedentes de mi vasta biblioteca acerca de las artes oscuras. Como la inmortalidad nunca me ha atraído a nivel alguno, estoy pobremente informado sobre ella. Por qué alguien querría vivir para siempre supera mi capacidad de comprensión. Los cien años o así durante los que, asumo, me veré forzado a soportar esta vida son castigo suficiente. Por supuesto, intentar entender por qué Voldemort hace lo que hace es, más o menos, tan útil como intentar conseguir que Dumbledore explique algo con claridad.Les desprecio a ambos.
Supongo que no debería sorprenderme que ninguno de mis libros contenga información alguna sobre el ritual que Voldemort llevó a cabo. Siendo las probabilidades de éxito las que son, no se ha hecho ningún estudio sobre los efectos. Si no estuviera recluido en mi habitación, podría subir a la biblioteca a ver qué información hay disponible allí. Derrotado, me vuelvo hacia mi armario del licor en busca de respuestas.
Observo con consternación que mis existencias están disminuyendo. La botella inacabada de whisky brilla con luz trémula hacia mí, invitadora, y se me encoge el estómago al relacionar la botella con él. Intento no preguntarme si ya está muerto o no. Han pasado cinco horas desde que llegué aquí. Cada segundo que pasa me arranca un pedacito de la esperanza que he estado albergando de que se las arreglará para escapar.
Dejo el whisky y saco mi última botella entera de brandy, diciéndome que cuando él vuelva, usaremos el whisky para celebrar su última huída milagrosa. Una parte de mí critica mi estúpido optimismo. Deliberadamente, elijo ignorar esa parte a favor de mi recién descubierta fe ciega en su resistencia.
Me siento en esa butaca, con el alcohol en la mano, y espero. Él volverá. Mi vida sería demasiado confortable sin él aquí para interrumpirla.