–Si estás preparado –dijo él.

¿Preparado? No. Horrorizado. Indignado. Por algún motivo, lívido de rabia hacia el muchacho idiota que me observa estúpidamente desde la cama. Me doy cuenta de que estoy intentando culparle por todo lo que ha sucedido. Preparado, no, definitivamente no lo estoy. Pero muevo la cabeza en lo que, espero, sea un gesto de asentimiento y abandono rápidamente la habitación. Sólo soy vagamente consciente del chucho mugriento y lleno de pulgas que me enseña los dientes cuando paso a su lado. Absorto, le doy unas palmaditas en la cabeza y me dirijo hacia las mazmorras, redactando mentalmente mi testamento y últimas voluntades que, de alguna forma, se han convertido en un catálogo de pociones raras y mortales, cuando oigo como ladran mi nombre. Me giro para ver a mi enemigo acérrimo, convertido en hermano de armas, de pie donde antes estaba la bestia sarnosa. Se me ocurre que acabo de ignorar por completo a una criatura que podría confundirse fácilmente con un augurio de muerte y me río.

Sirius Black parece desconcertado. Pero, ¿no lo está siempre?

–Puede que Dumbledore confíe en ti, pero yo no. Si osas aunque sea respirar sobre Harry, te mataré.

Mi mente se pone en marcha inmediatamente, creando una avalancha de réplicas mordaces que, de alguna forma, son absorbidas por esa materia seca y esponjosa dentro de mi boca que una vez, estoy seguro, fue mi lengua. Le hago un gesto desdeñoso con la mano y busco mi santuario en la mazmorra oscura, fría, húmeda y, por extraño que parezca, reconfortante. Es aquí donde mi mente vuelve de nuevo a la vida y algún mecanismo se pone en marcha para poner orden, permitiéndome pensar con coherencia.

–Si osas aunque sea respirar sobre...

Bien, es evidente que Dumbledore no le ha contado al padrino del chico su plan ¡ah! tan brillante para protegernos al Chico Superestrella y a mí. Pienso en lo irónico que será cuando accidentalmente envenene a ese pequeño demonio y Black accidentalmente me deje el cuerpo como un colador.

Prefiero ignorar esa idea. Si tengo que elegir entre morir a manos de Voldemort o a manos de Black, elijo a Black. No es lo suficientemente inteligente como para ser cruel. Cojo un montón de pergaminos y comienzo a castigar a una clase de tercer año de Gryffindor por existir. Inmediatamente siento como me baña una ola calmante de general amargura y me pregunto, sólo vagamente, qué clase de monstruo he sido en mi vida anterior para merecer reencarnarme tan cerca del infierno.

 

 

----------------------------------

 


Nada más ver el barrio Muggle recuerdo una de las razones por las que me hice Mortífago hace tanto tiempo. Siento náuseas y apenas puedo resistirme a sacar mi varita y lanzar un hechizo de crecimiento a su césped tan perfectamente cortado. Me apresuro por el sendero de piedra, divirtiéndome al imaginar la cara que pondrían esos Muggles si alguna vez pudieran ver mi jardín. Llamo tres veces a la puerta de roble.

Asqueroso. Se me revuelve el estómago al ver a ese idiota obeso ante mí, y (Merlín, ayúdame) casi me río al ver la cara del chico contraerse en una mueca de terror, su boca estúpidamente abierta en un grito silencioso. Me yergo todo lo que me permite mi estatura y le torturo con mi mirada más amenazante, normalmente reservada para Neville Longbottom. Se gira y, andando como un pato, desaparece por una puerta al final del pasillo. Puedo oírle chillar algo sobre vampiros y empiezo a preguntarme si estoy en la casa correcta. Ni siquiera la familia de Potter puede tener tan pocas luces.

Veo a una versión mayor del chico gordo que avanza hacia mí, provocando a cada paso peligrosas vibraciones por toda la habitación y haciendo que los cuadros tiemblen de miedo. Pero no a mí. Jugueteo con la idea de convertir su bigote en un bozal e inmediatamente me arrepiento de no haberlo hecho cuando empieza a farfullar.

–Q-qué, quién...

Reúno la suficiente educación inglesa como para decir:

–Hola. He venido por Harry Potter.

Estoy impresionado por mi propia capacidad para esconder mi completo desprecio. Observo con asombro cómo algo parecido al temor se apodera de él. Su cara púrpura palidece y luego pasa por todos los colores del espectro, para acabar finalmente en un adorable tono violeta azulado. Balbucea algo parecido a “p-p-padrino”, y yo enarco una ceja. En circunstancias normales convertiría a un hombre en una babosa por confundirme con Sirius Black. Por supuesto. Me fuerzo a recordar que el Muggle no puede captar cuán absurda es su metedura de pata.

Aprieto los dientes y digo, –Soy su profesor –y no un ignorante psicópata salvaje–. Debería haber recibido una lechuza del Director Dumbledore anunciando mi llegada.

Dumbledore me había dicho que la familia Muggle se podría sentir “un poco incómoda” en mi presencia. ¿Y quién no? Espero malestar allí donde voy. Normalmente me complace en gran medida provocar tal efecto. El rostro del hombre vuelve a ponerse púrpura, entonces pasa al carmesí y tiembla con furia. Nadie cómo Dumbledore para quitar importancia a las cosas.

–¡No voy a consentir ninguna de estas tonterías en mi casa! ¡Aquí no hay ningún Potter! ¡Largo! ¡Váyase o llamaré a la policía!

Por un momento, el asombro me deja con la mente en blanco. Observo al Muggle, fríamente impresionado, preguntándome cómo se las ha arreglado para sobrevivir a tan frecuentes alteraciones emocionales. Estoy bastante seguro de que nunca he conocido a una persona más desagradable. Avanza con fuertes pisadas hacia la puerta donde estoy yo e, instintivamente, saco mi varita. Se para en seco, con la cara otra vez de color ceniza –o puede que lila. Sí, esto me recuerda que ya casi es la temporada de cosecha de raíces de lila. Puedo oír los fuertes latidos de su corazón cargado de colesterol... o tal vez no. Se me ocurre que el fuerte latido proviene de debajo de la escalera. Entonces escucho una voz ahogada: –Estoy aquí –y me lleva un momento darme cuenta de a quién pertenece esa voz.

Paso empujando al aterrorizado Muggle, que parece estar intentando darme una explicación, llego hasta una puerta y descorro el pestillo. El chico entorna los ojos y parpadea. Su cara está roja y sudorosa de haber gritado. Puedo ver el momento exacto en que sus ojos se adaptan a la repentina luz que le ciega, y se centran en mí. Parpadea de nuevo con incredulidad.

–¿Profesor? ¿Qué está...?

Olvida sus modales, pero yo todavía estoy demasiado aturdido por toda la situación como para fijarme en eso. En las dos semanas que ha estado fuera de Hogwarts parece haber perdido un par de kilos. El hombre grueso que refunfuña encogido de miedo en una esquina me saca de mi reflexión:. –Coge tus cosas, Harry.

Un momento. No es eso lo que yo quería decir. Todavía puedo saborear el nombre en mis labios. Él también lo ha notado y se le ve... bueno, patidifuso parece la palabra correcta.

–Ahora, Potter –corrijo, consiguiendo ponerle el rencor suficiente. Afortunadamente funciona, porque se va corriendo. Espero hasta oír sus pisadas en el segundo piso antes de volverme hacia el Muggle.

–¿Qué ha hecho? –Por su reacción, cualquiera pensaría que le he amenazado. Logra decir dos palabras coherentes: reglas y tonterías. Asiento desdeñoso. Conozco de primera mano la insolencia del chico. Y aunque nunca le he encerrado en el armario de las escobas, no puedo decir que no lo hubiera intentado si se me hubiera dado la oportunidad.

–Potter no volverá aquí este verano. El Director estará en contacto–. Intento mantener un tono neutral, pero el hombre sigue temblando de miedo. Hace que Longbottom parezca valiente. Noto que observa mi varita con recelo. Comienzo a jugar con ella para torturarle un poco más. Las inofensivas chispas verdes que lanza podrían ser una Maldición Imperdonable a juzgar por su reacción ante ellas. Finalmente, Potter llega con un montón de libros bajo el brazo y una lechuza, y saca su baúl de la alacena, apiñando los libros en él. Entonces me mira y me sorprendo al ver el miedo en sus ojos. . He visto un abanico de emociones cruzar esa cara –desde nerviosismo hasta arrogancia, desde indignación hasta desprecio–, pero el miedo nunca fue una de ellas. Me cuesta respirar. Lo atribuyo al esta atmósfera Muggle.

Miro mi reloj y veo que nos quedan tres minutos antes de que el Traslador se active para llevarnos a un “destino desconocido”. Saco el extraño objeto de mi túnica y alzo la mirada hasta el rostro de Potter, que ha palidecido un poco más.

–¿Qué está haciendo con ese auricular telefónico? –pregunta con recelo.

–Es un Traslador. Tenemos dos minutos y treinta y tres segundos; así que, si se te ha olvidado algo, te sugiero que vayas a por ello ahora.

–¿A dónde? –pregunta. Sus ojos se entrecierran y miran alternativamente hacia su baúl y hacia mí.. Me sorprende su reacción hasta que recuerdo a dónde le llevó el último Traslador. Intento eliminar la impaciencia de mi voz lo suficiente como para contestar: –No lo sé. ¿No recibiste la carta de Dumbledore?– .Vuelve a mirar hacia su baúl y luego otra vez hacia mí. Sacude la cabeza. ¿Qué está pensando? Se me agota la paciencia. –No tengo tiempo para ganarme tu confianza, Potter. Haz el favor de agarrarte a este trasto ridículo, te lo explicaré cuando lleguemos.

Con reticencia, toma el asa de su baúl y me pide que sostenga la jaula de su lechuza. Una mano temblorosa agarra el otro extremo del Traslador mientras mira a su tío, que nos ha estado mirando fijamente, como si fuéramos un espectáculo de circo. Potter parece divertido por esto, pero sus ojos brillan con inquietud.

–Bueno, entonces, adiós –dice, casi inaudible.

Y el Traslador nos lanza violentamente al vacío.

Aterrizamos, uno encima del otro, en un frío suelo de piedra. El Traslador se me cae de la mano, así como la jaula de la lechuza; cosa que no parece gustarle demasiado. Soy dolorosamente consciente de mi brazo derecho, atrapado bajo el baúl de Potter, y placenteramente consciente de un cálido muslo que presiona mi...

–¡Potter, levántate! –ordeno, con demasiada urgencia, creo.

Parece reaccionar de golpe. Su rostro refleja primero comprensión, luego una paralizante humillación, embarazo y, de nuevo, miedo. Estoy impresionado por el abanico de emociones que experimenta en tan poco tiempo, y después dolorido cuando se pone de pie con dificultad. Salgo de debajo de su baúl y me apoyo en éste, recuperándome de dos dolores contradictorios.

–¿Qué? –pregunto mirándole, y entonces me doy cuenta de que no me está mirando a mí sino a su baúl. Oh. Su varita. Por supuesto, no la llevaba encima ya que no podía usarla durante las vacaciones. Por un momento, quedo impresionado por su instinto. Un instinto que un chico de su edad no debería tener. Un instinto que yo mismo no desarrollé hasta mucho más tarde. –No te preocupes, Potter, no estoy aquí para matarte.

No parece convencido. –¿Dónde estamos?

–En el exilio –murmuro, mirando la gran habitación de piedra a mi alrededor. Una mazmorra, menos mal. Enciendo un fuego en la chimenea para añadir su luz a las de dos débiles antorchas encendidas en paredes opuestas. La habitación es muy amplia y está vacía, excepto por dos camas iguales en un extremo, un escritorio en el otro y dos sillones viejos frente al hogar. Hay una puerta en la pared del fondo, que silenciosamente ruego conduzca a una salida; pero tengo mis dudas.

–Dumbledore te envió una carta. ¿Por qué no la recibiste?

–He estado encerrado en una alacena, ¿no? –contesta bruscamente. Estoy casi aliviado de ver de nuevo la insolencia en su expresión.

–Tonterías, chico. Envió la carta el día después de que empezaran las vacaciones.

–Bueno, entonces supongo que no me llegó por poco, ¡porque he estado ahí dentro desde la noche en que llegué a casa! Algo parecido a la vergüenza aflora a su rostro. Le miro fijamente preguntándome si debo creerle o no. Intentando no pensar en las ramificaciones que tendría elegir pensar que está diciéndome la verdad, opto por una réplica prudente.

–Siendo el castigo tan estricto, habría pensado que serías más cuidadoso en cuanto a romper las normas.

–Ya. Entonces, asegúrese de recordarlo cuando descubra que no he estudiado durante las vacaciones.

–Vamos, Potter. No esperarás que me crea que estuviste encerrado en un armario dos semanas por hacer tus deberes –me burlo de él, pero inmediatamente puedo ver que es cierto por su expresión.

–No espero que crea nada de lo que yo le diga, Profesor. –Hay veneno en su voz y se me pasa por la mente abofetearle. Con la mano. Estoy sorprendido. Los idiotas como el padrino del chico recurren a la violencia física como forma de expresión, no magos como yo. Podemos idear formas más permanentes de venganza.

–Vigila tu tono –le advierto. Me complace verle luchando para sujetar su lengua, pero tomo nota, mentalmente, de que debo enseñarle inmediatamente al chico cómo controlar la expresión de sus emociones. Una de las defensas más importantes.

–¿Cuánto tiempo tengo que quedarme aquí?

–Hasta el próximo trimestre. –Casi siento placer al responder, sabiendo cuánto torturará al chico mi respuesta. Pero entonces recuerdo que yo también tendré que soportar el tormento y mi placer se ve reemplazado por el dolor sordo del resentimiento.

–¿¡Con usted!? –No debería sentirme ofendido por su arrebato, ¿o sí? Supongo que no estaba preparado para un desprecio tan obvio. –Yo creí –balbucea–, eh, bueno... después de lo que pasó... ya sabe... –. Se me acorta la paciencia otra vez mientras veo cómo intenta formar una frase coherente. –Creí que volvería usted a trabajar para Dumbledore... ya sabe, como hizo antes.

–Tardo un momento en captar el significado de sus divagaciones. ¿Un espía? ¿Otra vez? Ni loco. Estoy a punto de echarme a reír, pero consigo contenerme a tiempo para responder.

–No, Potter. Puede que esto te sorprenda, pero el Director prefiere que siga vivo. Por desgracia para los dos, insiste en que tú hagas lo mismo. –Le miro con el ceño fruncido, retándole a que replique. Y entonces se me ocurre que el chico no tendría que saber nada de eso.

–¿Cómo averiguaste eso? –Le miro, enfurecido y lleno de sospecha, y el rubor de sus mejillas me dice que descubrió esa información haciendo algo que no debía.

–Eh, pues… es que… digamos que… me caí en el Pensadero de Dumbledore.

¿Digamos que? Casi me da la risa otra vez. Maldita sea. Ya van dos veces. Siento algo parecido a la envidia que me encoge el estómago. Me gustaría tanto caerme en el Pensadero de Dumbledore. Pero igual... no, mejor no.

–Mañana comenzarás un entrenamiento en defensa avanzada. Parece que se te va a recompensar por ser incapaz de evitar meterte en problemas. –La expresión de su cara me desconcierta. ¿Cómo se atreve a no estar menos que encantado ante esta oportunidad?

–Pero estoy de vacaciones –protesta.

–Quizás deberías haber pensado en ello antes de...–¿Qué? ¿Haber sobrevivido? Joder, no puedo culparle por eso, ¿no? Me devano los sesos buscando una palabra, maldiciéndole mentalmente. Por tercera vez en diez minutos, me he quedado sin munición. Si a eso añadimos que le he llamado por su nombre de pila, el día ha resultado un auténtico fracaso. Inspiro profundamente y le repito que el entrenamiento empezará mañana. Me voy a explorar mi prisión.

 

 

----------------------------------

 

 

Me despierta una sensación familiar de dolor insoportable y me sujeto el brazo como si intentara evitar que la piel se me desgarrara. Me quedo sin respiración y aprieto los dientes con fuerza para no gritar. La marca oscura brilla tras mis párpados cerrados –un recordatorio de mi única gran cagada. El dolor disminuye, ya sólo un pinchazo difuso, y jadeo para recuperar el aliento mientras mi propia conciencia se burla de mí:

Bueno, te lo mereces, ¿no? Imbécil de mierda. Cualquiera creería que tu primera pista para pensar que unirte al Señor Oscuro tal vez no era una buena idea sería el hecho de que su llamada a las armas es tan condenadamente dolorosa. ¿Ya no eres tan ambicioso, verdad, Severus?

La burla cesa en cuanto noto el suave y constante ritmo de los sonidos nocturnos que provienen de la cama de al lado. Por primera vez estoy agradecido de Harry Potter exista. Me concentro en el sonido tranquilizador de su respiración y me dejo llevar por el sueño. No sé cuanto tiempo he estado durmiendo cuando me despierto sobresaltado por un grito ahogado.
Al principio, me pregunto si no lo habré soñado. Pero entonces escucho la respiración dificultosa de la cama de al lado, seguida de otro grito de dolor. Enciendo la lámpara y veo a Potter encogido en posición fetal, agarrándose la cabeza. No reacciono, pero me fascina su rostro retorcido de dolor. Estoy demasiado atónito cómo para sentir pena por él. Claro que he oído hablar de su cicatriz –¿quién no?–, pero hasta este momento nunca la había visto en acción. Otra ola de dolor le sobreviene, y grita. Se pone boca abajo, con las rodillas encogidas bajo el torso, y aprieta la cabeza contra el colchón. Cruzo la corta distancia entre nuestras camas sin pensar.

–¿Potter? –Mi voz está ronca y revela mi preocupación. Algún tenue aspecto de mi conciencia me maldice por exhibir tales sentimientos.

–Él... yo... aaaah.

No sé en qué momento he desarrollado algún tipo de instinto de protección, pero mi mano comienza a acariciar la espalda del chico en lo que sólo puede interpretarse como un gesto tranquilizador. Me oigo decir –Shhhh –, ignorando una voz familiar dentro de mi cabeza que grita, –¿Qué coño crees que estás haciendo?– . Su camisón está empapado de sudor y se adhiere a su espalda arqueada. Su respiración es irregular y siento cómo sus músculos tiemblan mientras intentan relajarse. Mi mano, que ya estoy convencido de que tiene voluntad propia, comienza a acariciarle la nuca. Pasados unos minutos, su respiración vuelve a ser normal. Siento que se pone tenso otra vez, probablemente al darse cuenta de su profesor más odiado le está tocando. Aparto la mano, casi demasiado deprisa, y me bajo de la cama de un salto. Me siento totalmente ridículo pero me las arreglo para disimular mi vergüenza antes de que alce la vista hacia mí.

–¿Ya ha pasado? –digo, aliviado de oír mi voz firme y fría.

Asiente en silencio. Veo algo en sus ojos pero no identifico qué es. En la tenue luz que ofrece la lámpara, puedo ver un rubor rosado que tiñe sus pálidas mejillas. Se pone de rodillas en la cama y me mira.

–Era Karkaroff, creo. Quiero decir... tuve un sueño...

Me lleva un momento darme cuenta de qué está hablando y se me revuelve el estómago. Entonces el viejo ha muerto. Asiento rígidamente para indicar que le he oído e intento calmar mis propios miedos. Yo soy el siguiente.

–Profesor, yo... –se atraganta de la emoción y sacude la cabeza como si intentara disipar alguna imagen insistente. –Está buscándole a usted–, dice disculpándose.

No son noticias frescas precisamente, ¿verdad? Asiento de nuevo y me doy cuenta de que llevo todo el rato sacudiendo la cabeza como un tonto. –Vuélvete a dormir, Potter– digo, y mi voz se quiebra como la de un chaval de catorce años. Me mira enfadado pero no me importa gran cosa. Apago la luz y empiezo a preocuparme por tonterías tales como mi propia mortalidad.

 

 

----------------------------------

 

 

– Potter, levántate.

Lucho contra el impulso de extender la mano hacia su espalda y tocar la suave y pálida piel de su hombro. Está demasiado flaco pero, con la suave línea de su músculo y la imagen de un pezón desnudo, parece un plato mucho más apetitoso que el soso desayuno que acabo de hacer aparecer. Maldigo al pequeño bribón por osar quitarse el camisón y provocar esta amargura en mi voz. –Levántate, ya. Tenemos trabajo que hacer.

Alza la mirada perezosamente y busca sus gafas a ciegas. Sus ojos verdes están están enrojecidos debido, obviamente, a la falta de descanso durante la noche. Seguro que yo no tengo mejor aspecto, habiéndome pasado la mayor parte de la noche escuchando sus lloriqueos. Varias veces tuve que combatir el impulso de reconfortarle. Me pregunto qué demonios me pasa. Me identifico con el chico, creo. Es demasiado joven para que le torturen por semejantes sueños. Demasiado joven para ser el objetivo de la ira de Voldemort.

Demasiado joven para que yo le esté mirando de esta manera.

¡Maldita sea! Me giro y camino hacia el escritorio sobre el que se encuentran el té y las gachas de avena que he hecho aparecer desde Hogwarts. Estoy contento de que haya funcionado, ya que no hay cocina en el lugar en el que estamos. Solamente esta habitación y un baño. Por supuesto, yo disfruto de la oscuridad, pero me preocupa la capacidad de Potter para sobrellevarla. Tiene que ser terriblemente deprimente para un chico de su edad –de su mentalidad– estar encerrado sin ver el sol. Ya está demasiado pálido, de hecho. Se me ocurre que podría hechizar el techo para que reflejase el cielo. Tomo nota mentalmente para buscar el hechizo y me siento a desayunar.

–¿De dónde ha salido esto? –bosteza mientras estira los brazos por encima de la cabeza. Al menos ha tenido la decencia volver a ponerse ropa. No respondo y sigo bebiendo mi té a pequeños sorbos. Se sienta frente a mí y comienza a meterse las gachas en la boca a grandes cucharadas. Odio ver como comen los niños. Se me revuelve el estómago y aparto la mirada, esperando a que termine. Comienzo a revisar mi plan de estudios mentalmente.

–¿Profesor Snape? Me preguntaba... –Le lanzo una mirada de impaciencia, pero sigue hablando igualmente. –Usted sabe que yo puedo... bueno… mis sueños. ¿Cree usted que Vol-er..., Quién-Usted-Sabe sueña conmigo también?

No había pensado en ello hasta ahora. Me enferma hacerlo en este momento. No creo que el Señor Oscuro sueñe, exactamente. Intento imaginármelo durmiendo, y no lo consigo. Dormir es algo tan humano. Pero, ¿será posible que tenga visiones de Potter?. ¿Que nos esté viendo ahora? ¿Juntos? Dumbledore consiguió romper hace tiempo el hechizo de localización de la Marca Oscura de mi brazo. ¿Hay algún hechizo en la cicatriz del chico? Pues sí que nos va a servir de mucho escondernos, si el chico tiene una conexión con él. Seguramente Dumbledore habrá pensado en ello. ¿No?

No se me ocurre ninguna respuesta a su pregunta. Gruño y bebo mi té, esperando que eso le haga desistir de preguntar de nuevo. Está enfadado, puedo sentirlo. Le echo una mirada y veo destellos de rabia en sus ojos.

–No me cree, ¿verdad?

–Acaba de comer, Potter –le digo y me levanto. Decido darme una ducha para evitar sus preguntas.

Cuando cierro el agua y salgo de la ducha, oigo unas voces apagadas que vienen de la habitación de al lado. Por un momento, me quedo paralizado por el miedo. Me visto rápidamente y cruzo la puerta como una flecha. Me relajo al ver al Director, que sonríe con esa sonrisa exasperante. Lanzo un hechizo para secarme el pelo y me acerco a los dos.

–Buenos días, Severus.

¡Que te den, Albus!

–Buenas.

–Harry me estaba contando ahora mismo lo de su sueño. –Miro brevemente a Potter, cuyos ojos miran al suelo. Aprieta la mandíbula.

–¿Le has encontrado? –pregunto y me responde asintiendo.

–Justo a las afueras de Hogsmeade. Inquietante. –dice y baja la mirada. Noto que Potter me esta observando y le doy la espalda. Su mirada me hace sentir incómodo. Y mi estómago arde con... odio, creo.

–La cicatriz del chico, Albus. ¿Puede Voldemort localizarle a través de ella? –digo en voz baja, deseando poder hablar con el Director a solas. Dumbledore no me mira a los ojos. Sabe algo y se lo está callando. Y no me enteraré hasta que él esté preparado para contármelo.

–Harry está a salvo aquí. Al igual que tú. Mientras que ninguno de los dos conozcáis vuestro paradero, Voldemort no podrá encontraros. –Sé que está mintiéndome... u ocultándome algo. Me gustaría volarle en mil pedazos pero me limito a asentir Al menos, sé que estamos a salvo. Estoy seguro de que el viejo se ha asegurado de ello.

–Albus, ¿podríamos hablar en privado? –intento, haciendo un gesto hacia el baño. Puedo sentir la mirada de odio del chico atravesándome. Dumbledore me mira y niega con la cabeza.

–Creo que es mejor que todos hablemos abiertamente, ¿no crees? –Cierro la boca con fuerza para evitar maldecirlo en voz alta. Hablar abiertamente, claro. Estoy seguro de que no conozco a nadie con más secretos que el hombre que tengo delante. Hipócrita. Maldito sea.

–El chico no puede estar metido en esta mazmorra, Albus. Los niños necesitan sol y aire fresco –digo apretando los dientes. A mi pesar, miro al chico que me observa boquiabierto. Está desconcertado al descubrir que me preocupo por su bienestar, no cabe duda. A pesar del número de veces que le he salvado la vida al pequeño demonio. Dumbledore vuelve a sonreír con expresión divertida. Mi mano se mueve casi imperceptiblemente hacia mi varita.

–Por supuesto, tienes razón, Severus. Qué considerado por tu parte. Veré qué puedo conseguir, pero me temo que, por el momento, los dos tendréis que quedaros aquí. Lo siento, Harry. Severus, me he tomado la libertad de traerte algunas de tus cosas. Me pasaré de tanto en tanto para comprobar cómo estáis.

Después de una pequeña charla intrascendente con el chico, Dumbledore se va. Potter se ducha y yo me quedo preguntándome cómo demonios voy a sobrevivir al verano.