–Las protecciones mágicas están colocadas, Severus. Todo está en orden.
Qué alegría. Mientras Dumbledore disfruta de las vacaciones, recreándose en las festividades navideñas, yo estaré recomponiendo a un escindido Harry Potter. Claro que esto significa que no tendré que soportar esa puñetera broma del sombrero que nunca deja de darle a Dumbledore ocasión para reírse bien a mi costa. Maldigo en silencio a Lupin y Longbottom una vez más. Espero que ambos se pudran en el infierno.
–No te preocupes tanto. Lo harás bien.
Lo haré bien. Por supuesto que lo haré bien. Es Potter quien me preocupa. El muchacho no puede ni concentrarse en una jodida poción digestiva, mucho menos en Aparecerse. Irá perdiendo distintas partes de su cuerpo por toda la mazmorra. Y puedo pensar en un millón de cosas que preferiría hacer durante mis vacaciones antes que ir por ahí recogiendo los pedazos perdidos de Potter. Supongo que debería alegrarme de que sólo haya una habitación. Sin embargo, aunque odie admitirlo, estoy de acuerdo con Albus en que es un entrenamiento necesario. Si el tonto del chico cae en manos de Voldemort una vez más, al menos será capaz de escapar. Esperemos que Voldemort también lo sea.
Para. Se me encoge el estómago ante la idea y la suprimo rápidamente. Estoy desolado por lo mucho que he tardado en ser capaz de reprimir la noticia que me dio Dumbledore. Me falta práctica, diría yo. Han pasado catorce años desde que hice el papel de Mortífago. Mis habilidades para la memoria selectiva fueron esenciales durante aquél tiempo. Era brillante, capaz de engañar incluso a los más efectivos métodos para descubrir la verdad. Yo era mi propio Guardián Secreto.
Me volveré a entrenar durante las vacaciones.
–Bueno, entonces me voy. Pasaré por aquí dentro de unos días para ver qué tal os va a los dos. Si las cosas se descontrolan, sabes cómo localizarme. Buenas noches, Severus. Y saluda a Harry de mi parte, ¿mmm?
Le miro desdeñosamente y él suelta una risita ahogada antes de cerrar la puerta tras de sí. Tengo la clara impresión de que a este hombre le encanta torturarme. Se me ocurre que Dumbledore es un sádico. Fuerza a la gente a la amistad igual que Voldemort fuerza a la enemistad. El tipo de sadismo propio de Dumbledore se acepta porque no deja cicatrices visibles. Poco menos que ha envuelto al chico en papel de regalo y lo ha puesto sobre mi regazo –sin molestarse en incluir un puto recibo con el que pueda cambiarlo por algo que realmente me guste.
Harry Potter, el bizcocho rancio dentro de mi calcetín navideño.
Me acerco a mi escritorio y cojo la botella de vino tinto que he dejado abierta para que respire. Una pequeña recompensa por superar otro trimestre más sin echar una maldición a un solo alumno. Me sirvo una copa y voy a sentarme en la más reciente adquisición de mis aposentos: una mullida butaca de piel verde Slytherin. Un regalo de Albus. Dumbledore, el Rey de la Sutileza –aunque él no me ha dicho nada. Le pregunté acerca de él y me miró con su habitual destello travieso. Me avergüenza reconocer que mi resentimiento ante tan presuntuoso gesto me abandona tan pronto como me siento. Sospecho que debe tener incorporado un hechizo para aliviar la tensión porque, al sentarme, mi mente se llena de un zumbido suave y agradable y siento un hormigueo por todo el cuerpo.
Cuando oigo que llaman a la puerta, estoy demasiado feliz para sentirme molesto. Me arrepiento vagamente de no haberle dado al chico la contraseña para no tener que levantarme a abrir. Algún débil fragmento de mi casi adormecida conciencia me ordena que me levante. Una vez en pie de nuevo, me sermoneo severamente por ni tan solo jugar con la idea de darle al chico libre acceso a mis habitaciones. Resuelvo no sentarme en la butaca mientras él esté aquí. No podría hacerme responsable de las amabilidades que pudiera cometer en tal estado.
Me estremezco ante esa idea y abro la puerta.
------------------------------------------------------
Ha pasado una semana desde que Dumbledore le dio un pase para acceder a mi vida privada. Después de la tercera noche dejó de molestarse en parecer arrepentido. Ahora tiene la audacia de sonreírme abiertamente cuando abro la puerta. A pesar de mi gesto amenazador. Me aparto y le hago un gesto con la mano para que entre. Siempre lo hago. Mi propia consciencia se ha cansado de maldecirme por mi debilidad, teniendo en cuenta cuán a menudo ha tenido ocasión de hacerlo. En lugar de eso, le ha dado por reunir todas sus protestas y desatarlas todas a la vez en ataques de autodesprecio aleatorios. Estos ataques ocurren normalmente justo después de despedirme del chico por la noche.Pasa a mi lado rozándome y noto que ha traído consigo una mochila bastante grande.
–¿Te mudas aquí, Potter? Déjame adivinarlo, le has pedido permiso al Director, ¿verdad? A lo mejor tienes otro pase.
Me echa una mirada. Y pone los ojos en blanco burlándose. De mí.
Esto se ha convertido en un suceso demasiado habitual. Su total desprecio hacia mis intentos de provocarle nunca cesa de dejarme sin habla. Cualquier otro alumno de este colegio se encoge de miedo ante mí y antes se morrearía (1) con una mandrágora que provocar mi ira. Potter la ignora sin darle más importancia. Le lanzo un comentario malévolo y él pone los ojos en blanco. Estoy desconcertado por su insolencia. El chico merece morir.
Para.
–Pensé que, ya que nos tenemos que ir por la mañana y no queda nadie en Gryffindor, podría quedarme aquí. Si le parece bien. Yo me quedaré en el sofá, esta vez–. El chico tiene la cara dura de fingir que tengo elección. El jodido sabe muy bien que le dejaré quedarse. Aunque por mi vida que no puedo entender por qué, exactamente, voy a dejarle que se quede.
Disfrutas de su compañía. Por supuesto que no.
Elijo la salida más digna: no responder a la pregunta implícita. No voy a echarle de una patada, pero me niego a extenderle una invitación. Cierro la puerta y vuelvo hacia la chimenea. Me siento en la silla que traje a Hogwarts desde la mansión.
Oigo cómo el chico deja su bolsa y se acerca.
Mira fijamente la butaca y luego me mira con una sonrisa irónica. Cree que la he comprado para acomodarle a él. Me alegra desilusionarle.
–Es un regalo –aclaro.
–¿De quién?
–Tu mayor fan.
–¿Hagrid?
Enarco una ceja y hago una mueca. Él sonríe. Maldito chico.
–¿No le gusta?
–Tiene algo raro. Creo que podría estar encantado. Puedes sentarte ahí.
Resopla, pero acepta mi invitación. Observo cómo le invade el mismo alivio que yo había experimentado. Sus párpados tiemblan y se cierran, y yo intento no pensar en lo que esa imagen me sugiere. Su boca se curva en una sonrisa satisfecha y suspira. Yo apuro mi copa de vino.
–Oh, vaya… oh, qué bien –susurra obscenamente. Soy vagamente consciente de que mis ojos se han abierto el doble de su tamaño. Cambio de postura en la silla y trato de no fijarme en cómo sus labios están entreabiertos. Gime de gusto y abre los ojos. Me mira soñadoramente.
–Dios. Quienquiera que le regaló esta butaca debe apreciarle un montón. ¿Está seguro de que no quiere sentarse aquí?
Yo habría resoplado ante ese comentario, pero el sonido de su respiración entrecortada, seguido de un susurro: “Dios, noto como si fueran dedos…” me llena de una furia repentina. Mis ojos huyen frenéticamente del orgásmico muchacho y se paran en la botella de vino apoyada al lado de la butaca que está abusando sexualmente de mi alumno. Me inclino hacia delante para cogerla. Me paro en seco cuando una mano toca mi hombro.
–Snape, tiene que probar esto –susurra distraídamente.
Un dilema. Puedo correr el riesgo de exhibir las mismas reacciones en esa butaca en la que, aparentemente, no he pasado el tiempo suficiente en absoluto, o puedo seguir observando cómo el chico se excita. Ninguna de las opciones se me antoja apetecible. O decente.
El chico se levanta y yo aplaudo en silencio su autocontrol. Se sienta en la otra silla y me pongo de pie mirándole seriamente desde arriba.
–Adelante.
No me muevo cuando se levanta, animándome con gestos a sentarme en la butaca. Me encuentro demasiado aturdido por el hecho de que me esté empujando físicamente como para evitar caerme de espaldas. Aterrizo en el asiento, pecaminosamente blando, y me reclino de forma automática. El agradable zumbido inunda mi cerebro y, de nuevo, empiezo a sentir un hormigueo en mis músculos. Me oigo suspirar, pero parece que no puedo controlarlo. No podría decir cuánto tiempo llevo sentado aquí cuando los “dedos” que Potter había mencionado entran en acción. Mis ojos, que no era consciente de haber cerrado, se abren de repente. Puedo ver a Potter sonriéndome pero no soy capaz de regañarle por ello porque esos dedos han paralizado mi voluntad y empezado a trabajar sobre todo mi cuerpo, despojándome sutilmente de cualquier vestigio de buen juicio. Alguien gime y me doy cuenta de que he sido yo, pero se me olvida horrorizarme por ello.
Una débil voz dice: –Feliz Navidad, Profesor.
------------------------------------------------------
De alguna manera consigo despegarme de la butaca. El estado de consciencia vuelve a mí tan rápidamente que casi me vuelvo a caer sobre ella. Mi cuerpo se parece un poco a una masa de pan bien trabajada y parece que mi cerebro se ha vuelto de la misma sustancia. El chico se ha tumbado sobre la alfombra, delante del fuego, y parece dormido. Me impresiona la belleza de su rostro en el cálido resplandor de la lumbre. El fuego proyecta sombras que bailan sobre su cara, creando un extraordinario juego de ilusiones. Me arrodillo junto a él y pongo mi mano en su pecho con intención de despertarle, creo.
–Harry.
Abre los ojos de repente. Sonríe. –¿Está bien? –Su voz me devuelve el juicio, y puedo sentir cómo los músculos de mi cuello se tensan bajo su peso. –Me ha llamado “Harry”. Creo que la butaca le ha confundido–. Se ríe.
–Dumbledore –refunfuño y miro con desdeño al mueble culpable. Se me ocurre que había querido decir mucho más que “Dumbledore”.
Bosteza y se estira. –Creo que podré dormir esta noche. ¿Tiene una manta de sobra? –Mi cerebro se queda atrás y le miro fijamente con expresión estúpida. He decidido que esa butaca es un peligroso objeto de Artes Oscuras que ralentiza los procesos mentales del usuario hasta tal punto que deja hasta a los magos más poderosos incapaces de defenderse. He decidido buscar el fabricante y presentar una queja ante el Ministerio. ¿Por qué me daría Dumbledore tal objeto? Se me encoge el estómago. Tal vez no fue él; tal vez alguien lo introdujo aquí. Lucius puede haberlo puesto aquí, sabiendo que me sentaría en él, pensando aprovecharse de mi estado de confusión. Podría haber conseguido que Draco lo hiciera.
¿Sabe él que he estado trabajando con el chico? Quizá intente venir esta noche y llevarse a Harry. Potter, me corrijo.
–¿Profesor? ¿Está seguro de que se encuentra bien?
–Potter, dormitorio–. Él abre mucho los ojos, sorprendido. Me pregunto qué diablos le ha pasado al resto de esa frase.
–¿Por qué?
–No. Ahora. Vete –gruño, y luego analizo la frase. Faltan palabras. Había empezado como “No discutas conmigo, pequeño demonio, ahora no es el momento. Vete”. No importa. Parece que le ha llegado el mensaje. Me doy cuenta de que, probablemente, no debería dejarle volver solo. Tendré que acompañarle.
–Bueno, está bien. Pero no lo entiendo. ¿Qué ocurre?–. Veo que está preocupado pero no enfadado. Va a coger sus zapatillas deportivas y se acerca a la butaca para sentarse y ponérselas. Farfulla algo a lo que no presto atención. Estoy demasiado ocupado intentando convencer a mi boca para que diga “No te sientes ahí”.
–No te –consigo decir justo en el momento en que se sienta. Me mira como si estuviera loco.
–¿No te qué? –dice finalmente.
–Silla. Ahí. Yo–. Alguna parte de mi cerebro está formando pensamientos coherentes, pero parece estar desconectada de la parte que controla el lenguaje. Noto como mi boca se mueve, pero no oigo nada.
–Oh. Lo siento, no debí haberme dormido mientras usted estaba en la butaca. La mujer a la que se lo compré no me dijo que te hace papilla el cerebro.
Oigo las palabras en seguida. Cada uno de los sonidos tiene su propio significado. Intento enlazar los significados y al final lo consigo, después de unos minutos. Por supuesto, mi concepto del tiempo ha sido absorbido por ese cuero maléfico, así que puedo estar equivocado sobre cuánto tardé realmente.
–¿Tú? Mi. Pero. ¿Por?
Decido no hablar hasta que mi cerebro recupere su consistencia original y siento cómo el pánico se apodera de mí cuando considero que tal vez nunca pueda volver a hablar. Este pánico está teñido de rabia dirigida hacia el maldito muchacho ahí sentado. Estoy furioso con él, y aún más furioso por no poder decirle que lo estoy.
–Es su regalo de Navidad. Pensé que sería perfecto para usted. Es decir, le vendría bien un poco de relajación. Tal vez no debería sentarse en ella tanto tiempo la próxima vez. En serio, deberían poner una advertencia o algo así.
Mi mente está gritando: “Lárgate ahora mismo de aquí, antes de que te eche una maldición, capullo. Me voy a la cama. ¡Buenas noches!”
Me oigo decir: –Ahora. Te. Capullo. Cama. Buenas –. Si aún fuera capaz de sonrojarme, podría haberlo hecho en ese momento. Renuevo mi voto de silencio y empiezo a preguntarme si podría alzar mi varita y decir “Obliviate” antes de que él pudiera esquivar el hechizo. Después de mirarme con la boca abierta durante un momento, se desternilla de risa doblándose en dos. Aprieto los labios para no hablar y luego me vuelvo y camino apresuradamente hacia mi dormitorio.
Puedo oír cómo trata de calmarse detrás de mí, resollando entre risas. Cierro la puerta tras de mí dando un portazo.
-----------------------------------------------------------------------
Abro los ojos súbitamente y la luz de una lámpara ahuyenta las imágenes de un sueño desagradable. No puedo recordar de qué trataba, pero el fantasma de la pena persiste a mi alrededor. Me levanto de la cama y miro la hora –cinco y media. Miro hacia el sillón y veo que el chico no está allí. Debe haber vuelto a su dormitorio –espero que temiendo por su vida.No sin aprensión, pruebo mis habilidades verbales. Inspiro profundamente y digo: –Soy Severus Snape–. Esto ha salido bien. Quizás algo un poco más complejo. –Soy Severus Snape, Maestro de Pociones en la Escuela Hogwarts de Magia y Hechicería y siervo contratado de Albus Dumbledore.
Todo parece estar en orden y reconectado. Mi cuerpo está rígido y mi rostro muestra su ceño habitual. Suspiro con alivio y me dirijo a la sala de estar, donde pienso pasar la mañana trabajando para recuperar mis habilidades de memoria selectiva. Me aferro a la vaga esperanza de conseguirlo antes de verme atrapado en la habitación con el chico. Ya es bastante difícil mantener la concentración cerca de él sin que me torture el saber que podría morirse en cualquier momento. Las palabras de Dumbledore me atormentan una vez más: “Si alguien matase a Lord Voldemort, Harry perecería”.
Resoplo al descubrir que estoy agradecido de que el Señor Oscuro sea tan jodidamente difícil de matar.
El Señor Oscuro Que Vivió. En realidad, su logro es merecedor de muchas más alabanzas que la supervivencia accidental de Potter. Él consiguió llevar a cabo un ritual que ha matado a todos los que lo intentaron excepto a dos. No, no lo ha llevado a cabo completamente, me recuerdo a mí mismo. Sólo ha terminado una parte del mismo –pero la parte difícil, igualmente. La mayoría de los magos, incluso la mayoría de los magos oscuros, no son lo bastante siniestros como para siquiera considerar hacer este ritual. De todas las formas de obtener la inmortalidad, Voldemort escogió la más malvada. Ciertamente, el hombre insiste en alcanzar la excelencia. Una parte de mí está impresionada, una vez más, por su poder.
Asqueada, pero impresionada.
Me sacudo de encima ese pensamiento y voy a sentarme en mi silla habitual. Miro con odio una vez más a la maldita incorporación a los muebles de mi sala de estar, mientras la rodeo. Mi mirada de odio desaparece cuando descubro un cuerpo acurrucado en el asiento. Suspiro. Se acabó lo de meditar. Me siento en la silla de enfrente y observo al chico mientras duerme, maldiciéndole por no haber huido aterrorizado anoche.
Mientras mis ojos se deslizan sobre su cara, pálida y relajada por el sueño, me encuentro invadido por una emoción indescifrable. Intento apartar de mí la certeza de que esa cara nunca conocerá los signos del envejecimiento. Las líneas de la experiencia y la sabiduría que marcan las del resto de nosotros no mancillarán su piel. Nunca será hermoso. Nunca dejará de ser hermoso.
Está soñando. Observo cómo su rostro se contrae y sus ojos se mueven bajo los párpados. Sus labios resecos se mueven formando palabras silenciosamente. Gime suavemente y frunce el ceño, y luego murmura cosas sin sentido. Me encuentro deseando que su sueño sea agradable e intento convencerme de que sólo quiero evitar otra escena emocional. Se me corta la respiración cuando veo que su cara se contrae en una mueca de dolor, y me muerdo los labios con aprensión cuando su aliento se vuelve entrecortado.
Antes de darme cuenta de lo que hago, he cruzado el espacio que separa los dos asientos. –Potter –susurro, y alargo la mano para sacudirle por el hombro. Al tocarle, el chico grita y agita el brazo salvajemente, y un puño crispado colisiona bruscamente con mi nariz. Me caigo al suelo de espaldas.
Te lo merecías, patético imbécil. Agarro mi herido apéndice y me pregunto vagamente dónde he puesto mis pelotas. Parece que las he extraviado.
–Oh, Dios. Profesor, yo–. El chico se desliza desde la butaca y se arrodilla ante mí. Aparta mi mano de mi cara. –Lo siento. Creí que era… cuando… mm. Lo siento–. Al principio temo que la butaca le haya quitado la capacidad de hablar, y luego recuerdo que él nunca ha podido construir frases completas.
El contacto me ha sorprendido más que hacerme daño. Me recupero rápidamente y me pongo en pie –¿Qué demonios estás haciendo aquí? Creía haberte dicho que volvieras a tu habitación.
–Oh, estaba… quiero decir, me sentía mal… ya sabe. Por lo de la butaca. Estaba… preocupado. Por usted. Así que me quedé–. Preocupado. Se supone que debía estar preocupado por lo que yo le haría una vez recobrase el juicio. Muchacho estúpido. –Pero ahora parece encontrase bien.
Sí, estoy bien. ¿Pero cómo ha podido pasar la noche en la butaca sin ser reducido a un pegote de masilla tartamudo?
–¿Qué le has hecho a la butaca? –le pregunto. Su sonrisa avergonzada se convierte en astuta y le odio por ello.
–Usé la palabra clave.
Espero. No le voy a preguntar cuál es la palabra. Quiere que lo haga y lo está esperando. Sus ojos buscan los míos y me mantiene la mirada, desafiándome. Oh, joder, esto es ridículo. –Bueno, ¿vas a decírmela o no?
Sonríe burlonamente y parece demasiado satisfecho de sí mismo. –Harry.
Por supuesto.
(1) N. de la T.: en el original “snog”, que significa “besarse con lengua”. Ante la variedad de expresiones existente en los distintos países hispanohablantes, optamos por la expresión más comúnmente utilizada en España.