–Bueno, ¿en qué vamos a trabajar esta vez?

–Aparición.

Se queda boquiabierto y veo aprensión en su mirada. Por lo menos, el chico sabe lo suficiente sobre esto como para estar asustado. Casi estoy impresionado.

–Pero no tengo la edad suficiente.

–¿De repente te preocupa saltarte las normas, Potter?

Por supuesto, no tiene nada que ver con la ley. Pero le gustaría que yo lo creyera. Disfruto observando cómo flaquea ese dichoso valor de los Gryffindor. De pronto, me apetece hacer esto mucho más que antes.

–Es sólo que, ¿qué ocurriría si yo, ya sabe... esto... Perdiera. Algo?

Me permito una sonrisa siniestra y burlona. En las trémulas sombras que proyectan las antorchas en la habitación, imagino que debo parecer el mismísimo diablo. Traga saliva con nerviosismo y se mueve inquieto. Me pregunto si debería decirle que está relativamente seguro con las protecciones mágicas que hay colocadas y que todas las partes de su cuerpo permanecerán, al menos, en la misma habitación que él. No. Dejémosle que sufra.

–Entonces te sugiero que lo hagas bien.

Abre mucho los ojos y asiente débilmente. Inspira profundamente y puedo ver cómo se arma de valor para enfrentarse a la tarea.

–Comenzaremos esta tarde. Tal vez quieras intentar dormir antes un poco más. No quiero tener que andar buscando tu cabeza porque no puedes concentrarte como es debido.

Parpadea. Luego asiente. Luego parpadea un poco más. Asintiendo de nuevo, camina hacia la cama y se deja caer de espaldas sobre ella con un suspiro. Le sigo y me tumbo en la cama vecina, pero sin intención de dormir. Si el chico se queda callado, entonces podré trabajar en mi propio entrenamiento. Le oigo quitarse los zapatos y gatear bajo las mantas.

Respiro profundamente y me concentro en llevar toda mi energía desde mi cuerpo hasta mi mente. Entrenarse uno mismo para reprimir información a voluntad es muy difícil de conseguir. La primera vez que adquirí esta habilidad fue como Mortífago y luego la usé de nuevo como espía para Dumbledore durante aquellos días que he venido llamando el Primer Asalto. El truco consiste en ligar toda la información y el sentimiento que acompaña a esa información con una palabra clave aleatoria y aparentemente sin conexión con ellos. Para esto, he elegido la palabra Moksha (1), que debo relacionar inextricablemente con mi concepto de Harry Potter, de forma que la información no se pierda irreversiblemente. Ni la tortura ni el Veritaserum funcionarán para desentramar la información entretejida una vez el proceso se haya completado. La palabra será algo así como una bandera roja y, si todo va según lo planeado, conscientemente me avisará de que hay información almacenada dentro de ella, pero para extraer dicha información necesitaré realizar un proceso de autohipnosis para desligarla.

Sólo puedo suponer la razón por la que no ha funcionado aún. Antes, cuando utilizaba esta habilidad, era cuestión de vida o muerte. Ahora es meramente cuestión de salvar mi cordura. Autoprotección mental. La empatía que despierta dentro mí conocer el destino del chico mina mi decisión, y sentir algo hacia el chico que no sea un vago sentido del deber es inaceptable. Por no mencionar peligroso.

Comienzo a concentrarme en la palabra, manteniendo una clara imagen mental de ella hasta que cada inspiración, cada latido de mi corazón la alimenta. Cuando ya no hay nada más en mi mente, revivo la conversación con Dumbledore.

Creo que es hora de que conozcas la verdad sobre Harry. Lo que te voy a contar, Severus, el chico no puede saberlo. Pero creo que es hora de que sepas cuan importante es tu trabajo...

Sus palabras se transforman en las hebras con las que se teje la palabra Moksha. Queda teñida por la aprensión y el mal presentimiento que recuerdo haber sentido en aquel momento.

Estoy seguro de que conoces la búsqueda de la inmortalidad de Voldemort. Ha probado numerosos hechizos antes de decirse por uno -tal vez el más oscuro y siniestro posible. El ritual tiene dos partes. La primera parte lleva años de preparación y es horriblemente dolorosa. Implica separar el alma del cuerpo. La mayoría de las personas mueren antes lograrlo. Voldemort ha logrado el primer cometido.

Nauseas. Ira. Un vago sentimiento de asombro teñido de envidia. Las emociones rugen a través de mí una vez más. Corren por mis venas y fluyen hacia esa palabra.

Para sobrevivir a este ritual...

–¿Profesor Snape?

La queda voz me hace regresar al presente y, por un momento, me siento desorientado. Abro los ojos y comienzo a ser consciente de mi cuerpo, del frío de la habitación, del chico en la cama de al lado. La palabra se disuelve en mi consciencia, barrida como si fuera polvo. Maldita sea.

 

 

 

----------------------------------------------------

 

 

 

–¿Está despierto?

Antes de que pueda detenerlo, un gruñido de frustración se escapa de mi garganta. –¿Qué ocurre? –digo bruscamente.

–¿Puedo morirme? –pregunta, y me entra el pánico.

–¿Qué?

–Por escindirme, quiero decir.

Me pregunto si mi suspiro de alivio es audible. –No seas ridículo, Potter. ¿Realmente crees que el Director permitiría que murieras? – La frase queda suspendida sobre mi cama durante un momento antes de caer y golpearme sólidamente en el estómago. Respiro profundamente para tranquilizarme. –No, no puedes morir. Lo peor que puede pasar es que quedes irremediablemente desfigurado–, le tranquilizo, y sonrío con satisfacción al imaginar la expresión de su cara.

–Pero, ¿cómo es posible? Quiero decir, ¿cómo puede una persona dividirse en trocitos y continuar viva?

El chico está pensando como un Muggle. Y un Muggle estúpido, además. ¿Se le ha ocurrido alguna vez preguntar cómo alguien puede coger un trozo de basura y transportarse a un lugar totalmente diferente con él? No. ¿Se le ha ocurrido preguntar cómo el psicópata de su padrino puede ser capaz de transformarse en un cánido sin cambios aparentes en su capacidad mental? No. ¿O cómo Voldemort fue capaz de separar su alma de su cuerpo y seguir vivo?

Por supuesto, él no sabe esto último.

–La respuesta a su pregunta, señor Potter, requeriría el escaso y valioso tiempo que tenemos para completar su instrucción. En resumen, usted puede vivir porque sus partes no se separan de su cuerpo. Simplemente se distancian. Si está interesado en saber más sobre la física de la magia, le sugiero que haga una visita a la biblioteca. O, tal vez, podría preguntar a su amiga Granger. Estoy seguro de que se ha tragado varios cientos de libros sobre el tema. Ahora, cállese y vaya a dormir.

–¿No se cansa nunca de ser mezquino? –Su voz no delata ningún signo de ira. Pregunta con una curiosidad distante. Haciéndolo todavía más irritante. ¿Cómo se atreve a preguntarme?

–¡¿Cómo dices?!

–Porque la verdad es que usted no es mezquino–. Que síiiii, grita mi conciencia con infantil indignación.

–En el fondo, quiero decir.

–Aunque sería fascinante escuchar tu análisis sobre mi fondo, Potter, tengo que insistir en que recuerdes con quién estás hablando. Puede que lo hayas olvidado, pero soy tu Profesor. Te exijo que me demuestres el respeto que mi posición merece. ¿Queda claro? –Mi voz tiembla con rabia contenida y estupefacción de que una vez más haya cruzado la línea bien definida que separa nuestras posiciones. Se queda en silencio y siento una punzada de triunfo. La punzada de triunfo se transforma rápidamente en una punzada de irritación cuando continúa.

–No estoy siendo irrespetuoso. Sólo pensaba... –Se detiene y mi cerebro intenta encontrar a toda velocidad un comentario que le haga callar. Comienzo a preguntarme si eso sigue siendo posible. –Sabe, la pasada noche cuando estaba sentado en esa butaca, se le veía tan... diferente. Quiero decir, su rostro. Parecía, no lo sé, contento. Fue agradable. Sólo me gustaría que otras personas supieran cómo es usted realmente.

Cómo soy realmente. Que Merlín me ayude, pero siento curiosidad. Decido dejar que el chico se tropiece con sus propias palabras y se ahogue en su propia estupidez. –Ya veo. ¿Y cómo soy realmente, señor Potter? Por favor, ilumíneme con sus profundas percepciones sobre mi ser.

Le oigo incorporarse y puedo sentir sus ojos sobre mí. No soy capaz de mirarle. –Bueno, es usted imposible, para empezar. Y es sarcástico e insidioso. Pero debajo de todo eso, es usted realmente una buena persona–. Ese pequeño bastardo. ¿Cómo se atreve? Rechino los dientes y él continúa. –Quiero decir, le irrito hasta decir basta. Pero usted sigue haciendo todo lo posible para ayudarme. Y no puede decir que todo lo hace por Dumbledore. Podría haber perdido su trabajo aquella noche en que me dejó quedarme en su habitación, pero me dejó de todos modos. Y Dumbledore no le obligó a dejarme venir a visitarle por la noche. Tan sólo me dio permiso. Podría haber dicho que no, pero no lo dijo. Sé que no le gusto, así que esa no es la razón. La otra única explicación es que, en lo más profundo de su ser, usted es una buena persona. Creo que haría lo mismo por cualquiera.

Dejo que el chico termine y cada palabra que pronuncia añade carbón a ese fuego que es mi rabia. Estoy mudo de asombro. No sé ante qué acusación reaccionar primero. El chico me ha acorralado en una esquina. Si digo que no haría esto por cualquiera, podría llegar a la absurda conclusión de que me preocupo por él. Si no niego que me preocupo por ayudar a la gente, llegará igualmente a la absurda conclusión de que soy buena persona. Ya, claro.

–¿Se le ha ocurrido, señor Potter, que he tolerado su presencia simplemente porque los patéticos despliegues emocionales con los que me ha abordado este último trimestre me han asqueado hasta el punto de preferir tolerarle rondando por mi cuarto durante la noche antes que ser testigo de sus melodramáticas escenas? –Le miro y veo su rostro, sin expresión alguna de nuevo. El alivio me embarga.

–¿Es eso cierto? –Su voz se quiebra; se aclara la garganta y dice, –¿Realmente es así como se siente?– Me estremezco y me digo a mí mismo que es debido al frío en el ambiente y que no tiene nada que ver con ese algo en su voz. Me armo de valor y respondo.

–No, Potter. En realidad, mi ambición secreta es ser el consejero de chicos con problemas.

–Así que sí cree que estoy loco. Lo siento, Profesor, de ahora en adelante no tendrá que tratar conmigo o mis sentimientos.
–Oh, por los dioses. Potter, deja de actuar como un niño. No permitiré que te hagas el mártir en mi presencia.

Se tumba y me da la espalda. Me levanto de la cama e intento determinar si estoy contento o no por haber resucitado la aversión que el chico siente por mí. Mi conciencia me aplaude, otro lado más débil me maldice por ser un gilipollas insensible.

Afortunadamente, mi conciencia somete adecuadamente a la otra parte de una bofetada.

 

 

 

--------------------------------------------

 

 

 

–Concéntrate, Potter–. Nuestros dos primeros intentos han ido relativamente bien. De todos modos, mejor de lo que había esperado. Infundir miedo, recuerdo, es uno de los métodos más efectivos de enseñanza. Lo he usado en mi clase durante años. Si los alumnos tienen miedo, prestan mayor atención a lo que están haciendo. Hay excepciones, por supuesto. Neville Longbottom es incapaz de hacer algo bien incluso frente al miedo de sufrir una muerte dolorosa.

Por supuesto, me asombra la repulsión que me atraviesa cuando tengo que recomponer los trozos que va dejando atrás. Es desasosegante ver al chico sin labios. Apenas puede ocultar su vergüenza y la humillación no beneficia a su concentración.

–Recuerda, tienes que ser consciente de cada parte de tu cuerpo, hasta tus uñas. Las puntas de tu pelo. Imagínate completamente. ¿Ya tienes la imagen? –Respira hondo y cierra los ojos. Tras un momento, asiente. –Bien. Ahora proyecta esa imagen a través de la habitación. Inténtalo de nuevo–. Frunce el ceño por la concentración y, de pronto, desaparece con un “pop”.

Bueno... más o menos.

Se me ocurre que he olvidado recordarle que también debería ser consciente de su ropa. Le oigo aparecer con un “pop” al otro lado de la habitación en el mismo momento en que veo cómo sus ropas caen al suelo. Deja escapar un gritito y veo fugazmente un trozo de piel desnuda que se tira al suelo fuera de mi ángulo de visión. Estallo en carcajadas.

La hilaridad del momento corta la tensión que había crecido entre nosotros desde nuestra disputa de esta mañana. El chico ha sido profesional y obediente y me digo a mí mismo que estoy agradecido por ello. Por lo menos, debería estarlo. Aunque no estoy descontento, de alguna manera no estoy tan satisfecho como pensé que estaría. Su falta de expresión no es un intento de jugar conmigo. No es para irritarme. Se está protegiendo a sí mismo. O tal vez a mí. Probablemente a los dos.

Recojo sus ropas con cuidado para asegurarme de que no ha perdido ninguna parte de su cuerpo. No hay ninguna. Lo que significa que el chico ha tenido éxito. No tiene poco mérito tras sólo tres intentos. Lo único que queda por hacer es practicar para que pueda hacerlo sin pensar. Satisfecho con nuestros progresos, cruzo la habitación y le alcanzo su ropa. Me la arranca de las manos y me giro, dándole la espalda.

–Estoy impresionado, Potter. Lo has hecho mejor de lo que hubiera esperado.

–Claro. Jodidamente perfecto–, refunfuña. –Disculpe, lo sé. Mi lenguaje.

–Le pasa a todo el mundo, Potter. La Aparición es difícil de controlar. Alégrate de que sólo hayas perdido los calzoncillos. Podría haber sido mucho peor.

–Vale. Ya puede darse la vuelta.

Me giro cuando él comienza a ponerse la camiseta. Mi mirada queda atrapada en el sutil sendero de vello negro bajo su ombligo que conduce hacia sus vaqueros, y no consigo dejar de mirar antes de que su camiseta lo cubra. Mis ojos se alzan para encontrar los suyos y compruebo que se ha dado cuenta de que le he estado mirando boquiabierto. Busco en sus ojos el miedo que espero ver, pero no está. Me mira con una débil luz de confusión en sus ojos, acentuada por... otra cosa.

Aparto mis ojos con aire de culpabilidad.

–Creo que deberíamos hacer una pausa –digo y entonces me maldigo por faltarme el aliento. Saco mi varita e invoco té y sandwiches desde Hogwarts. Sentado a la mesa, intento disipar la imagen que ahora parece quemarme la conciencia. Unos momentos después me sigue y se sienta.

Él come en silencio. Yo me ahogo en el asco que siento hacia mí mismo.

 

 

 

------------------------------------------------------------

 

 

 

–Buenos días.

Está sentado en la cama con las piernas cruzadas y parece que ha estado observándome. Parpadeo para ahuyentar el sueño.

–¿Qué hora es? –Miro el reloj sobre la mesilla de noche y parpadeo de nuevo para asegurarme de que veo correctamente. –¿Qué está haciendo despierto a las tres de la mañana, Potter? –Pregunta estúpida.

–No estaba cansado –miente. Estaba durmiendo profundamente cuando yo conseguí dormirme. Me siento y enciendo la lámpara. Ahora puedo verle bien y me doy cuenta de que detrás de sus gafas sus ojos están enrojecidos por la falta de sueño. Sonríe sin fuerzas. –Lo siento si le he despertado.

–No lo has hecho. Yo... –tuve un sueño. Un sueño muy perturbador y no del todo desagradable, que me avergüenza haya salido de mi cerebro. ¿Cuál es mi maldito problema? El chico tiene quince años. Se me encoge el estómago mientras las imágenes pasan fugazmente ante mí. Agito la cabeza físicamente para sacudírmelas de encima. –No me has despertado.

–Estaba sonriendo. Es una pena que se despertara –dice torpemente, y entonces parece reparar en la admisión implícita en su afirmación. –No es que yo... esto, yo no estaba. No importa. Lo siento–. Cae sobre su almohada, pero sus ojos permanecen abiertos.

–Potter...

–Sólo le estaba observando porque me calma. Lo siento. No lo volveré a hacer–. Hay rencor en su voz y resentimiento. Quiero echárselo en cara, pero soy no capaz de hacerlo. Por su parte, me ha ocultado casi todas sus emociones durante las dos semanas que llevamos aquí. Ha insistido en mantener la promesa que hizo el primer día que volvimos. No le puedo culpar por observarme mientras duermo. Yo he hecho lo mismo en numerosas ocasiones. Es bastante tranquilizador. Y si necesitaba calmarse, entonces...

–¿De qué trataba tu sueño? –pregunto, despojándome así del título de “Bastardo Mezquino y Sin Corazón” que había insistido en conservar.

–No lo... –comienza y luego suspira. –No quiero hablar sobre ello.

–De acuerdo. Entonces dime solamente si tiene algo que ver con Voldemort–. La impaciencia resuena en mi voz y me maldigo por ello. Y entonces me pregunto por qué tendría que maldecirme por algo así. Esto era de esperarse. El chico está siendo obstinado.

–No. Mire, no era nada.

Cierro fuertemente la boca para evitar regañarle. Una vez que me he calmado lo suficiente, hablo. –No es que me incumba, pero creo que si no hablas sobre lo que te está molestando, nunca podrás superarlo–. Ahí lo tienes. Me he convertido oficialmente en el terapeuta del chico. Te arrepentirás. Ya lo estoy.

–Le he dicho que no era nada. Dios, es usted la persona más difícil de entender que he conocido en mi vida–. Se da la vuelta para mirarme. Sus ojos se entrecierran y arden con furia. Me quedo sin respiración. –Primero me llama maldito bebé llorón y al minuto siguiente espera que le abra mi corazón. ¡Tal vez sea usted quien tiene que superar algo, Profesor!–. Se tira de espaldas y se cubre el rostro. Clavo los ojos en él con desprecio y finjo no darme cuenta de tiene algo de razón.

–Potter...

–Sí, lo sé. Que cuide mi tono.

Bobo insolente. –Como tu profesor, estoy obligado a velar por tu bienestar.

Resopla con indignación. –No se moleste. Hay gente suficiente que se preocupa por mi bienestar–. Estoy de acuerdo mentalmente, y tengo intención de expresarlo verbalmente, cuando él suspira con fuerza y dice, –¿Podemos simplemente parar, por favor? No quiero pelear con usted, Profesor. Siento lo que he dicho–. Su voz se quiebra bajo el peso de su súplica y mi propia ira se desvanece.

Cierro los ojos y la discusión se repite en mi cabeza. Se me ocurre que el motivo se ha perdido en algún punto de la misma y que, de alguna manera, yo soy culpable. De pronto me siento ridículo de que él y yo vayamos a pasarnos la noche dándole vueltas al asunto. Pero el único camino para remediar la situación...

No.

–Potter...

No lo hagas.

–Me disculpo.

Idiota sin agallas.

–Deberías saber que mi oferta para hablar contigo era sincera y sigue en pie. Muy pocas personas pueden entender por lo que has pasado, pero creo que me puedo incluir entre ellas.

El silencio que sigue a mi oferta lo es suficientemente largo como para que la bestia imprudente que la hizo reciba una concienzuda azotaina por parte de mi conciencia, mi orgullo y, extrañamente, mi corazón. Finalmente, una risa sin alegría rompe el silencio. –Gracias, Profesor. Pero realmente no lo entiende–. Ese granuja. ¿Cómo se atreve a rechazar mi generosidad? ¿Qué más quiere? ¿Que vaya hasta allí y le acaricie la cabeza como su mamá?

–Maldita sea, Potter. Si no me cuentas qué demonios te ocurre, te embrujaré por hacerme quedar como un tonto.

–Pero, Profesor, no puedo...

–Potter, suéltalo.

–Soy gay –se le escapa. –Creo.

Tiene razón. No le entiendo. Otra cosa más para reprimir cuando mi cerebro vuelva a funcionar correctamente. De pronto oigo la inconfundible voz de una botella de brandy llamándome desde mi baúl. Salgo de la cama para ir a cogerla, determinando empezar a escuchar a mi conciencia de nuevo. Una vez que se haya recuperado del shock.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

N. de la T.: “Moksha” designa el concepto de “liberación espiritual” según el hinduismo.

Vuelve