-Estás enfadado, inténtalo otra vez.

-Es una estupidez.

-No obstante, es necesario, Potter.

-¿Por qué?

-Ya lo hemos discutido. Nuestras emociones nos traicionan. Debes aprender a ocultarlas si es preciso.

Se me ocurre que no recuerdo haberme divertido tanto nunca. Enseñar al chico a mantener un rostro inexpresivo es más difícil de lo que debería. Pero me permite satisfacer mi impulso de provocarle bajo el pretexto de enseñarle. Y él se ve forzado a aguantar este abuso. Por dentro, sonrío con maldad. Por fuera… bueno, también sonrío con maldad. Cosa que le pone nervioso.

-De acuerdo–dice. Frunce los labios en una fina línea, y le observo mientras hace un esfuerzo consciente para relajar su cara y adoptar una expresión neutral. Ya llevo tres semanas observando fijamente esa cara. La he memorizado. Sé exactamente lo que siente y en qué momento preciso lo siente. Adoro el poder que esto me otorga. Me encanta provocar todas y cada una de esas emociones. Casi me avergüenzo de lo mucho que lo disfruto.

–¿Todavía eres virgen?

Sus ojos se agrandan y su rostro, normalmente pálido, enrojece intensamente. Casi me río. Pero no lo hago. Por supuesto, no necesito adivinar la respuesta. Lo tiene escrito en la cara. Después de todo, sólo tiene catorce años. ¿O son quince? Creo recordar que dijo algo sobre su cumpleaños. Pero no es asunto mío. Claro que, a los catorce, mi propia inocencia no era más que un vago recuerdo… pero no, es mejor no pensar en eso ahora.

–Estás avergonzado, inténtalo otra vez–. Veo cómo su vergüenza se convierte en ira. Claramente, estas lecciones no le proporcionan tanto disfrute como a mí. Pero no me importa. Observo cómo entorna los ojos y su cara se relaja.

–¿Estabas al tanto de que tu padrino es gay?

Vergüenza. Sorpresa. Buscaba indignación, pero da igual. De cualquier forma, ha fallado.

–Inténtalo otra vez.

–Espere. ¿Es eso cierto? –Le lanzo una mirada severa pero no se arredra. Tiene curiosidad. Curiosidad. Otro de sus más irritantes atributos. Pensaré más tarde en alguna forma de eliminarlo.

–Potter, concéntrate –. Obedece a regañadientes.

Cada vez es más difícil encontrar cosas que decirle. Está tardando muchísimo tiempo en aprender a hacer esto. Mejor para mí. He optado por contarle cosas que no debería saber, y luego contemplo cómo se mueven los engranajes de su débil cerebro intentando determinar si estoy mintiendo o no. Parece ser capaz de suprimir bastante bien el impulso de reír. O eso, o no entiende mi sentido del humor, que es lo más probable. La ira y la vergüenza son sus puntos débiles… y, por supuesto, los más divertidos de provocar.

–Seguro que tú también eres marica–. Nada. Muy bien. Continúo.

–Weasley y tú parecéis muy íntimos. ¿Le miras mientras se viste?–. Nada. Estoy impresionado–. ¿Piensas en él cuando estás en la cama? Dime, Potter, ¿en quién piensas? ¿Qué rostro es el que ves cuando cierras los ojos de noche? ¿Qué imágenes pasan por tu cerebro infecto de pubertad?–. Me resisto a seguir. Ciertamente, no debería hablarle así. Esperaba que reaccionase antes. Uno más y paro–. La ducha que te diste esta mañana fue especialmente larga.

Se sonroja. Casi me sonrojo yo también. Maldición. Me apunto mentalmente enjuagar la ducha antes de usarla.

–Estás avergonzado.

–Le encanta esto, ¿verdad?

–Estás enfadado.

–Y usted es un sádico–. Por supuesto, tiene razón.

–Este es tu entrenamiento, Potter. Si no te sientes capaz de hacerlo, simplemente le diré a Dumbledore que el Famoso Harry Potter no necesita su ayuda.

Su cara vuelve a perder toda expresión. –Puede que simplemente no quiera convertirme en usted –dice. Su tono es frío. Y está diciendo la verdad. Estoy sorprendido. Y dolido. Pero, ¿por qué debería estarlo?

–Está enfadado –dice, y sonríe. Casi acierta, pienso yo, y entonces le miro frunciendo el ceño. Se me ocurre que también le vendría bien una pequeña lección sobre cómo determinar las emociones de otros. Por supuesto, esa lección se la dejo a otro profesor.

–Muy bonito –digo, sonriéndole con sorna. –Pero me pregunto, ¿en quién pensabas en la ducha?
Se sonroja otra vez. Y yo sonrío, muy a mi pesar.

 

 

----------------------------------

 

 

Si me presionaran, tendría que admitir que me da pena que se acabe el verano. Si bien es cierto que me encanta la asignatura de Pociones, enseñarla raramente me proporciona la misma clase de satisfacción que he obtenido aquí. Ahora casi me perturba la cara inexpresiva de Potter. Pero, al menos, sé que ha aprendido.

–¿Qué estás mirando, Potter?

–Nada.

Maldito sea. He creado un monstruo. Debo decir que ha llegado a ser muy bueno en esto. Y, aunque tardó mucho más en aprender esto que en todo lo demás que le he enseñado este verano, no ha demostrado tanto entusiasmo por perfeccionar ninguna otra cosa. Lo hace para irritarme. No dejaré que me irrite tan fácilmente. Quiero hacer algo que traspase sus defensas una vez más. Puñetero. Quiero ver algo en esa cara. Lo que sea.

Desvío mi atención de mi penosa desesperación y me centro de nuevo en mi programa de clases de Pociones para el sexto curso. Volveremos a Hogwarts, y me tocará enseñar a unos críos inútiles este arte hermoso y delicado. Tarea que ahora me parece incluso más desmoralizante. Pero no creo que el puesto de Defensa contra las Artes Oscuras sirviera para levantarme la moral este año. No enseñan ningún tipo de defensa real en el curso. Hacer desaparecer Boggarts no ayudará a ninguno de esos mocosos a luchar contra Voldemort. Dumbledore hace bien en darle a Harry este entrenamiento.

Maldita sea. Lo he vuelto a hacer. No sé cómo ha ocurrido esto de dejar de llamarle Potter en mi cabeza pero, en serio, tengo que parar. Me digo a mí mismo que no es culpa mía. No es fácil convivir con alguien durante tanto tiempo sin empezar a pensar en él con familiaridad. Es normal. Estoy con él cada momento del día. Escucho sus pesadillas por la noche. Le veo en ese estado vulnerable entre el sueño y la vigilia cuando le despierto cada mañana –mirándome y parpadeando con ojos soñolientos, su boca reseca arqueándose en una sonrisa perezosa, sus dedos largos y esbeltos buscando a tientas sus gafas. Oh, Dios.

Salgo bruscamente de mi ensoñación. Debe ser por todo el tiempo que llevo encerrado en una mazmorra. Es cierto que, de todos modos, paso la mayor parte de mi tiempo encerrado en mazmorras, pero normalmente estoy solo. Me doy cuenta de que me está mirando fijamente otra vez. Puedo sentir esos ojos suyos clavándose a fuego en mi coronilla. Se ha vuelto bastante atrevido últimamente pero, ¿qué voy a hacer al respecto? ¿Castigarle? Su insolencia se ha triplicado. Y, aunque eso debería molestarme, lo que más me molesta es que me hace gracia. Si no tuviera catorce años (¿o tiene ya quince?), y si no fuera Harry “el Puto Salvador” Potter, podría llegar a confundir nuestros intercambios de palabras con flirteos.

-Deja de mirarme, Potter.

-No lo hago.

-Te estoy viendo.

-Ni siquiera me está mirando.

Le miro ahora. Puedo ver que se está divirtiendo. Le odio.

-Ten cuidado, Potter, podría empezar a pensar que te atraigo-. Se sonroja y, de repente, siento una breve e intensa sensación de triunfo. Veo algo asomarse a sus ojos. ¿Es… pudor? Ya ha pasado. De nuevo, su rostro es inexpresivo, pero ha vuelto los ojos a su libro de Historia. Esto me desconcierta. Esperaba de él una reacción mayor. ¿O la deseaba? Hace semanas que dejamos de discutir en serio. Me atrevería a decir que se ha vuelto inmune a mis intentos de provocarle. Pero ese era el objetivo, ¿verdad?

- Tenga cuidado, Snape, podría empezar a pensar que le atraigo.

Muy gracioso. Le había estado mirando fijamente. Él sonríe y yo daría cualquier cosa por poder abofetearle. ¿Desde cuanto han cambiado las tornas aquí? ¿En qué momento he permitido que este pequeño cretino me afecte?

-Creo que no, Potter-. ¿Es eso lo mejor que se te ocurre? Maldición.

-Oh, vamos, Profesor. Sabe que me desea.

¡Por supuesto que no!

-Puede que te resulte difícil creerlo, pero no todo el mundo se deja hechizar por tu fama –. Ea, eso debería cerrarle la boca. Normalmente lo hace. Mordaz. Cortante. Cruel.

-¿En quién piensa usted en la ducha, Profesor?

No. Me. Esperaba. Eso. Pequeño cabroncete. ¿Cuándo se ha vuelto tan jodidamente avispado? El chico ha pasado demasiado tiempo conmigo. Se le está pegando mi forma de ser. ¡Deja de mirarle con la boca abierta como un tonto y responde!

-Puedes estar seguro, pequeño, de que si yo pensara en alguien en la ducha, sería en alguien un poco más desarrollado -. Se sorprende. Y ahora se enfada. Perfecto. Le lanzo una sonrisa arrogante, para asegurarme, y vuelvo a mi trabajo.

 

 

----------------------------------

 

 

-Potter, nadie debe saber lo que hemos hecho aquí. Si alguien te pregunta dónde has estado todo el verano, debes decirles que estuviste en Hogwarts. ¿Está claro?

-Pero, ¿por qué?

Maldita sea su curiosidad juvenil. Por una vez me gustaría disfrutar del lujo de decirle algo sin que me cuestione. Le miro frunciendo el ceño, pero le deja impasible. Se ha acostumbrado, diría yo.

-Porque se te han enseñado cosas que se supone que no deberías saber. El Director podría ir a prisión por permitirlo.

Me mira con la boca abierta. Veo algo parecido a un sentimiento de culpa que inunda su rostro. Un momento insólito en el que deja de pensar en sí mismo. Puedo ver cómo intenta buscar las palabras. Frunce el ceño, estirando esa horrible cicatriz hasta quedar recta.

-También podría ir usted –dice con tristeza algo excesiva. Ahora recuerdo que no hemos trabajado la tristeza, pero desecho la idea. Es verdad lo que dice. Pero ir a prisión es la menor de mis preocupaciones. Debería haber acabado en prisión un buen número de veces, pero conseguí escapar. Lo cual me recuerda la razón por la que accedí a hacer esto.

-Por fin te has dado cuenta, ¿verdad?–. Todavía consigo ser mordaz cuando es necesario. Su cara se vuelve de nuevo inexpresiva, y sé que le he cabreado. A menudo me pregunto qué imagen utiliza para concentrarse. Nunca se lo he preguntado.

-¿Por qué lo ha hecho?

-Dumbledore me pidió que lo hiciera-. Me lo pidió, claro. Las peticiones de Dumbledore nunca son opcionales. Son órdenes disfrazadas muy educadamente para que suenen como si tuvieras elección. Puedo ver cómo va deduciendo cosas en esa cabecita suya, y entonces vuelve la mirada hacia mí, con ojos divertidos.

-Creo que quería hacerlo. Probablemente se presentó voluntario-. Me he cansado de que este crío se burle de mí. Ha olvidado su lugar como alumno mío y no debo tolerarlo. Si estuviéramos de vuelta en Hogwarts podría deducir veinte puntos sólo por ese puñetero brillo en sus ojos. Puede que aún ahora lo haga.

-Sí, estaba loco de alegría ante la perspectiva de pasar mis vacaciones haciendo de niñera-. No le gusta que le recuerden que sólo es un niño. Y con todas las de la ley, es de sentido común. Pero borro esa idea de mi cabeza. Es mucho mejor tratarle como a un niño que pensar en él como un hombre joven, creciendo… desarrollándose… Para ya.

Le tiendo el Traslador y él me da esa irritante lechuza suya. Se sitúa de pie a mi lado y puedo oler el aroma a lavanda de su poción para el pelo. Levantando la vista, me mira fijamente, como si intentara analizar mi expresión. Le deseo buena suerte en silencio, pero igualmente me pongo tenso bajo su mirada. No es que me tenga miedo de que consiga descifrarla. No lo tengo. Pero me siento incómodo bajo el peso de su mirada. Así no es como se supone que debería ser esto. Y, tan pronto como el Traslador nos lleve a Hogwarts, todos nuestros jueguecitos se acabarán. Me pregunto si es consciente de ello.

-¿Profesor Snape? –pregunta. Su voz suena extraña y bajo la mirada hacia él. Como respuesta, gruño, ya que no me fío de mi propia voz. Me maldigo a mí mismo por todo esto y rezo en silencio para ser capaz de volver a mi amargura generalizada una vez me vea de nuevo en los pasillos, atestados de niñatos, de la escuela.

-Solo quería agradecerle… ya sabe… que me haya ayudado. Ha sido… divertido.

Se supone que debo decir algo después de esto. Algo que le informe de que lo que hemos hecho no tiene nada que ver con divertirse. Debería estar furioso. Mi lado profesional comienza a esbozar reproche tras reproche… para luego arrugar esos pensamientos como si fueran papeles y lanzarlos a través de mi conciencia, aterrizando éstos justo fuera de la papelera, junto a mi dignidad. Opto por el silencio como la respuesta más apropiada e intento no fijarme en que el chico está sonriendo otra vez.