El Traslador nos transporta bruscamente y aterrizamos de repente. Mi baúl cae al suelo pesadamente y yo tropiezo y me caigo hacia delante, contra Snape. Él me frena suavemente con una mano y me lleva un momento recuperar el uso de mis sentidos. Cuando mi cerebro deja de dar vueltas dentro de mi cabeza, me doy cuenta de que la he apoyado sobre el pecho de Snape. No puedo evitar olerle. Este hombre tiene un olor corporal de lo más alucinante. Fresco y limpio y, sin embargo, como a tierra…
Se me encoge el estómago al darme cuenta de que estoy intentando describir el olor corporal de Snape y, aún así, me cuesta creer que he estado lo bastante cerca de él como para olerle. La mano que hay en mi hombro me empuja, separándome, y casi me sonrojo. Pido a Dios ser capaz de volver a odiar a este hombre antes de ver a Ron. Ron es mi mejor amigo, por descontado. En batalla contra Voldemort, estaría justo a mi lado. Pero no estoy seguro de que me perdonase por oler a Snape (voluntariamente, además) y usar adjetivos como “alucinante” para describir su aroma.
Apartando la vista del hombre que está ante mí, veo que no tengo ni idea de dónde estamos. Es algún tipo de sala de estar con las paredes cubiertas de librerías y una chimenea que parece estar encendida únicamente como decoración, ya que la habitación está helada. Hay una silla antigua delante del hogar, con una mesita de té junto a ella. La tenue luz proviene de una lámpara encendida en el rincón más alejado. Me doy cuenta de que debemos estar en sus habitaciones. Pero le pregunto de todas formas.
–¿Dónde estamos?
–En mis aposentos –dice, y no parece muy contento por ello. No es que alguna vez parezca contento por nada, pero parece haber distintos grados en su amargura. Calculo que está en algún punto entre molesto y asqueado. Él me pasa a Hedwig. No sé qué decirle. Me siento incómodo. Debería hacer algo… o decir algo.
–Ya puedes irte, Potter. El resto de alumnos deberían llegar pronto. Confío en que incluso tú puedas encontrar la salida de las mazmorras antes de que empiece el Banquete.
Concéntrate en algo neutral. Sonrío para mis adentros ante la ironía. Se cabrearía tanto si supiera que me concentro pensando en pociones. Algo que no me importa nada, ni para bien ni para mal. Me gustaría contarle qué es lo que uso, pero no lo hago. Cada vez que intenta cabrearme, me imagino mi caldero burbujeando, lleno de algún potingue maloliente. Me pregunto en qué piensa él. A lo mejor ya no tiene que concentrarse. Cuestión de costumbre, probablemente. ¿Es capaz de mostrar alguna otra emoción que no sea repugnancia? Me pregunto cómo era su cara antes de que perfeccionara su talento para esto.
–¿Me echará de menos? –digo, y sonrío presuntuosamente. Siguiendo con el juego. En realidad, he llegado a disfrutarlo. Atacarle hasta que me devuelve el ataque. Y siempre me lo devuelve. Con fuerza. Pero ahora parece acordarse de dónde estamos. O tal vez estar en Hogwarts le ha recordado quién es. Me siento mucho menos seguro. Mucho menos… arrogante. Mi sonrisa desaparece bajo su mirada enfurecida. Bueno, fue divertido mientras duró.
–Diez puntos menos para Gryffindor, Potter. Ahora vete.
Rechino los dientes, pero no digo nada. La expresión neutral que he perfeccionado durante el verano se niega a aparecer justo ahora. Le miro brevemente a los ojos y veo que hay risa en ellos. Dejo sus aposentos y, después de perderme unas cuantas veces, encuentro la salida de las mazmorras.
–¡Harry! ¡Hemos estado preocupadísimos por tí!
Sonrío al ver a Hermione corriendo hacia mí, y casi me da la risa cuando su cara pasa de alegre a McGonagall en menos de un segundo. Ron se acerca tras ella y tiene aspecto de querer matarme. Estoy nervioso. Me cosen a preguntas antes de haber tenido tiempo de inventarme una mentira convincente.
–¿Dónde diablos has estado? ¿Por qué no contestaste a mis lechuzas?
–¿No… –no puedo mentirles a mis amigos. No tan directamente– …las recibí? –Los labios de Hermione han desaparecido por completo; Ron parece sospechar.
–¡Mamá dijo que estuviste aquí todo el verano!
–Sí estuve… más o menos. Dumbledore, eh… –me encerró en una especie de mazmorra con Snape, quien me enseñó trucos ilegales de magia oscura mientras yo flirteaba descaradamente con él. –Estuve escondido. No recibí ninguna carta. Lo siento–. De repente, me doy cuenta de que he mantenido mi rostro todo el tiempo con esa expresión neutral que he estado practicando. Intento forzar un gesto arrepentido y me horrorizo al descubrir que no recuerdo cómo hacerlo. Esa combinación de movimientos faciales: el ceño fruncido, la mueca apenada, los ojos tristes… es tan complicado intentarlos todos a la vez. Creo que debo estar ridículo intentando que me salga bien la expresión, así que paro y vuelvo a poner la cara inexpresiva. Ron y Hermione parecen… aterrorizados.
–¿Harry? ¿Te encuentras bien? –Hermione no tiene problemas para poner cara de preocupación, ciertamente. Ron domina la cara de estupefacción como si fuera una ciencia exacta. Suspiro y sonrío… o espero que, por lo menos, sí esté sonriendo. Me digo que, probablemente, debería practicar en un espejo en cuanto tenga el baño para mí solo.
–Por supuesto. Estoy muerto de hambre. La ceremonia de Selección va a empezar pronto–. Por suerte, dejan de preguntarme y entramos en el Gran Salón. Nos sentamos y yo miro hacia el lugar donde Snape se sienta normalmente. No está ahí. No debería sentirme decepcionado, ¿no? Acabo de pasar dos meses encerrado en una habitación con él. Y no fue agradable. O no debería haberlo sido. Puedo sentir cómo Ron y Hermione me miran otra vez, y me vuelvo hacia ellos. Ambos se inclinan hacia mí exactamente al mismo tiempo.
–¿Estuviste escondido? –Susurra Hermione–. ¿Dónde?
Me encojo de hombros. –Dumbledore no me lo dijo.
–¿Y qué hiciste? ¿Estabas solo?
–Estuve estudiando todo el verano–. Bueno, no es mentira y Hermione parece bastante satisfecha con mi respuesta. Ron parece horrorizado y espero que no haya notado que no he contestado a su segunda pregunta. Si lo ha notado, ya es demasiado tarde. McGonagall encabeza una fila de nerviosos alumnos de primer año hacia el estrado. De pronto, siento que el pelo de la nuca se me pone de punta y me vuelvo para mirar.
Él está ahí. Quiero sonreír.
Pero no lo hago.
–Potter, ¿cómo llama usted a esto?
–Una poción digestiva, señor. ¿Por qué? ¿Qué le ocurre?
Le miro y parpadeo. La comisura de su boca tiembla, y puedo advertir que está enfadado. Ron y Hermione nos observan con aprensión. Hermione se está mordiendo el labio inferior de nuevo. Ron nos mira alternativamente al profesor y a mí, boquiabierto. Estos intercambios de palabras están ocurriendo demasiado a menudo –Snape mirándome iracundo desde arriba, insultando mi inteligencia, amenazándome con castigarme, y yo mirándole desde mi mesa como si estuviéramos hablando del tiempo. Toda la clase nos observa y hasta Malfoy parece incómodo.
Suena la campana y Snape tensa la mandíbula. –La clase ha terminado. Potter, quédese donde está.
Empiezo a guardar mis cosas con calma. Él no se ha movido. Puedo sentir sus ojos furiosos sobre mí y me pongo un poquito nervioso. Probablemente debería intentar parecer asustado, pero la expresión me sale de forma natural. En el momento en que entro en esta habitación, en el momento en que le veo, mi cara pierde toda expresión. Ya no tengo ni que concentrarme. Es casi alarmante.
Una vez que los alumnos han salido, él agita la mano y la puerta se cierra de un portazo. Me mira fijamente durante largo rato y me tenso imperceptiblemente bajo esa mirada. –¿A qué estás jugando, Potter? Nunca has sido lo que yo llamaría un estudiante ideal, pero normalmente podías arreglartelas para acabar mis clases sin ser un completo fracaso.
Ouch. Estoy pidiendo a gritos este abuso, ¿no es así? –Hice lo que usted dijo. No le pasa nada a la poción–. Mi voz es serena y firme. Casi me hace reír la forma en que esto le afecta. Quiere hacerme enfadar. Quiere traspasar mis defensas. Se me ocurre que sólo soy verdaderamente feliz cuando estamos haciendo esto. Es escalofriante.
–Veinte puntos menos para Gryffindor por tu descaro, chico. No tomaré parte en tu juego, Potter. Si sigues con esto, me veré forzado a ir al Director y hacerle saber que estás abusando de las lecciones con que te ha premiado. Tal vez esas lecciones no deberían continuar.
Me entra el pánico y soy consciente de que me he quedado con la boca abierta. Tenemos previsto empezar de nuevo durante las vacaciones de invierno y eso ha sido lo único que me ha mantenido cuerdo todo el trimestre. Hasta ahora no me había dado cuenta de lo mucho que lo he estado deseando. No las lecciones, sino la evasión. Trato de disculparme, pero las palabras se niegan a salir de mi boca. Le veo sonreír con superioridad. Se le ve complacido. Capullo.
–¿Qué te ocurre, Potter? ¿Es posible que de verdad estés deseando estar encerrado en aquella habitación conmigo?
– Qué extraño, ¿eh? –Oh. No pretendía decirlo en voz alta. Parece tan conmocionado como yo me siento. Mi rostro vuelve a adoptar esa neutralidad, y espero a que diga algo hiriente.
–Puedes irte –dice, se vuelve y camina hacia su escritorio.
–¿Eso es todo? –Me oigo decir, y entonces me pregunto quién demonios ha tomado el control de mi boca. Me digo que tengo que callarme, coger mis cosas e irme antes de quedar totalmente en ridículo. Demasiado tarde. Se da la vuelta. Su mirada es asesina. Me sorprendo estremeciéndome de forma incontrolable.
–Otros diez puntos menos para Gryffindor. Una palabra más y serán cincuenta. Y si hemos de tener esta pequeña conversación otra vez, pasarás el resto del trimestre con el Sr. Filch. Ahora lárgate de una puñetera vez de mi clase.
Recojo mis cosas y me voy enfurecido. Ron y Hermione me están esperando fuera. Ambos parecen preocupados.
Ron se aclara la garganta y empieza con cautela: –¿Sabes, Harry? Tal vez ayudaría que, al menos, intentaras parecer intimidado cuanto te echa una de sus miradas. Es que esa cara que se te pone cuando estás con él es espeluznante.
–No sigas –. Subo a la Sala Común en silencio, dando fuertes pisadas. Los dos me siguen penosamente.
Me despierto empapado en un sudor frío. Otra vez. Las pesadillas han vuelto. No las proféticas y relacionadas con Voldemort –esas, en realidad, nunca se fueron. Se trata de aquellas en las que el rostro sin vida de Cedric Diggory me mira con los labios entreabiertos. Muerto de miedo. Conmocionado. Pálido.
No son siempre iguales. Esta noche, él y yo estamos juntos en el campo de juego. Veo la Snitch flotando sólo unas pulgadas por encima de su cabeza. Tiro de mi Saeta de Fuego y vuelo en dirección contraria, esperando que él me persiga. Cruzo el campo y miro hacia atrás. No se ha movido, ni tampoco la Snitch. Él flota sobre su escoba, cerca del suelo, a unas pocas pulgadas de la victoria. Y no se ha dado cuenta. Vuelo hacia él rápidamente y, cuando extiendo la mano para coger la Snitch, veo su cara. Paralizada de terror. Sus ojos están huecos. El destello dorado sobre su cabeza no es una Snitch, sino un Galeón. Voy a cogerlo y me caigo de mi escoba. Me despierto antes de llegar al suelo.
Siempre que me despierto de una pesadilla, tembloroso y presa del pánico, mi mente le busca. Afino el oído por un segundo, intentando oír su voz suave y fría diciendo: “¿Potter?” Eso es todo lo que decía. Pero, de alguna manera, me ayudaba. Saber que me había estado escuchando. Saber que él lo sabía.
Vale. Así que he perdido la cabeza por completo. Me imagino que él estará en la mazmorra esta noche, agradeciendo su buena fortuna porque ya no tiene que soportar que mis patéticos lloriqueos le despierten. Probablemente, ni siquiera piensa en ello en absoluto. Ni siquiera lo suficiente como para alegrarse de que se haya acabado. Me maldigo a mí mismo. En serio, tengo que dejar de pensar en ese hombre.
Me tapo la cabeza con la almohada y me vuelvo de costado. Es la octava noche consecutiva en que no duermo un carajo. Mi anterior racha de insomnio duró dieciséis días. Así que quizá debería confiar en que voy por la mitad y tendré un agradable descanso de tres días antes de la siguiente. El problema es que la gente está empezando a notarlo. McGonagall no deja de preguntarme si quiero ir a hablar con Pomfrey. Hagrid me ha estado mirando de forma rara. Y, aunque sé que no debería enfadarme, las medias sonrisas de preocupación de Ron y Hermione me dan ganas de echarle una maldición a alguien. La gente camina de puntillas a mi alrededor como si en cualquier momento se me pudiera ir la cabeza. Excepto él. Él no ha cambiado. Sigue siendo un cabrón.
Esto no funciona.
Abro las cortinas de mi cama con cuidado y me pongo las zapatillas. He dejado de guardar la capa de mi padre en el baúl por lo frecuentemente que la uso ahora. Sacándola de debajo del colchón, me envuelvo en ella. Siempre que intento salir sigilosamente del dormitorio, se me ocurre que, con tanta magia, los magos deberían ser capaces, por lo menos, de arreglar los tablones del suelo cuando crujen. Pero no pasa nada. Ya casi me los sé de memoria y me las arreglo para deslizarme fuera de Gryffindor con sólo unos pocos quejidos de la vieja madera. La Dama Gorda ya ni siquiera se molesta en parecer confusa cuando su retrato oscila y se abre empujado por una fuerza invisible. Hace un gesto distraído y se da la vuelta, volviendo a dormirse.
Me doy cuenta de que tengo envidia de un retrato.
Me gustan mucho mis silenciosos paseos de medianoche. O, más bien, mis paseos de después de medianoche. Creo que hasta Filch deja de hacer sus rondas después de cierta hora. No me lo he encontrado desde que empezaron las clases. He tenido unos pocos encuentros con la Sra. Norris, pero incluso ella ha dejado de bufarle a mi forma invisible. No es que salga todas las noches. Pero, ciertamente, es mejor que maldecir en silencio la plácida respiración de mis compañeros de cuarto. Había confiado en que, una vez que empezara el Quidditch en octubre, estaría lo bastante cansado como para volver a dormir con normalidad. Pero sólo lo empeora, si es que es posible. No es que Angelina no haya intentado exprimir hasta la última gota de energia de sus jugadores. Creo que podría ser peor que Wood. Pero el agotamiento no es suficiente. En vez de quedarme dormido, me quedo tumbado en la cama pensando en el único partido que perdí.
Hasta ahora, me alegra decirlo, mi problema no ha entorpecido mi ejecución en el campo. Parece ser el único momento en el que me siento normal. Bueno, ahí y en clase de Pociones (¡Para ya!). Nuestra victoria frente a Ravenclaw podría haberme hecho sentirme bastante bien, si no fuera por el hecho de que Cho se niega a mirarme siquiera. Lo que no benefició en absoluto a su juego. Vamos a jugar contra Hufflepuff después de las vacaciones de invierno. Pero no quiero pensar en eso todavía.
Miro a mi alrededor y me doy cuenta de que nunca antes he estado en esta parte del colegio. Los retratos roncan pesadamente mientras paso a su lado. Mi corazón late con emoción y aprensión. El descubrimiento de un nuevo pasillo es estimulante, pero no puedo evitar sentirme un poco nervioso ante la idea de que el pasillo pueda desaparecer, llevándome consigo. Tal vez sólo aparece una vez cada cien años o así. O tal vez cuando nace el heredero de su fundador o…
Vale, estoy siendo ridículo. Pero, en el mundo de los magos, uno nunca sabe.
Puedo ver la puerta de entrada a una habitación al final del corredor. Me aproximo con precaución. Alargo la mano para tocar el picaporte y siento algo que golpea contra mi hombro.
Doy un chillido.
Me doy la vuelta y veo a Snape. Mira fijamente a través de mí. Tiene mi mapa en la mano.
–Quítate esa maldita cosa. Ven conmigo.