—Lo siento, no debería habérselo contado.
—Joder, claro que no deberías habérmelo contado. ¿Por qué lo has hecho? —digo bruscamente y me echo un buen trago de mi vaso.— Realmente, Potter. ¿De todos los problemas que podrías haber compartido conmigo, por qué demonios elegiste ése?
Se sienta en la silla enfrente de mí y se encoge de hombros; sus ojos enfocan el suelo entre nosotros. —Le dije que no querría saberlo, pero usted insistió. Además, de todas formas usted ya lo había adivinado.
—¿¡Qué!? —¿De qué demonios está hablando?
—La última vez que estuvimos aquí.
Mi mente rebusca en mi memoria y lo encuentro. Seguro que tú también eres marica. Se me encoge el estómago. ¡Idiota! —Potter, entonces solo estaba intentando provocarte. Déjame asegurarte que la noticia me toma totalmente por sorpresa. —Y ese no es el asunto que nos ocupa.— Y cuando me ofrecí a hablar contigo, era respecto a tu sueño.
Le fulmino con la mirada. Me mira a los ojos momentáneamente y luego aparta la mirada. Me parece ver un rubor que tiñe sus mejillas. Caigo en la cuenta de que estamos hablando de su sueño. Siento nauseas. Y me siento ligeramente herido por el hecho de que él me estaba mirando para calmarse después de tener esa clase de sueño. Ignoro a mi vanidad e intento convencerme de que es mejor que la alternativa. Apuro mi vaso y me sirvo otro.
—¿Puedo beber un poco de eso? —Le miro fijamente durante un instante y espero a ver si oigo una voz discrepante en mi cabeza. Mi conciencia no parece haberse recuperado todavía. Con un suspiro, invoco otro vaso y se lo doy. —Gracias.
—¡Salud! —murmuro y bebo. Nos quedamos sentados en silencio durante un largo rato y yo intento encontrar mi calma. Hay un modo profesional de tratar esto. Estoy bastante seguro de que sentir una estupefacción horrorizada no es el modo profesional. Soy un profesor. Y es el trabajo de un profesor el de guiar... Oh, coño, yo no soy un modelo de conducta. Ciertamente, el chico debería haberse dado cuenta de ello cuando me lo soltó. Al infierno con la profesionalidad. Cuando alzo la mirada de nuevo, le encuentro mirándome fijamente. Sonríe.
—Creo que usted se siente incluso más incómodo por ello de lo que yo lo estoy. —Da un sorbo su bebida y luego hace una mueca, estremeciéndose.
—Uhm. Y déjame que te diga por qué. Hay ciertos aspectos sobre la gente que no me interesa conocer. La sexualidad ocupa el puesto más alto entre ellos. ¿Sería exponer lo obvio decir que no me concierne?
Se bebe lo que le queda en el vaso de un solo trago y luego me lo extiende expectante. Le sirvo otro. —Ten cuidado con eso. No quiero tener que llevarte a la cama, —digo y, entonces, me ruborizo por primera vez en veinte años. Potter, a pesar de su propio sonrojo, se ríe. Pequeño idiota de las narices. Hago una mueca despectiva y bebo, intentando ignorar mi declaración que, ahora, ha decidido dar vueltas dentro de mi cabeza.
—Me siento mejor —dice. Enarco una ceja. —Desde que llegamos aquí, las cosas han estado raras.
—Interesante. Yo diría que las cosas acaban de empezar a ponerse raras.
—¿Tanto le molesta?
—Sí.
—Lo siento. Por algún motivo, pensé... No importa. —Escudriña mi rostro por un instante y entonces vuelve sus ojos hacia el fuego.
—¿Qué?
—Pensaba que usted... lo entendería.
Mierda. Joder. Maldición. Mi conciencia vuelve a la vida, tosiendo y escupiendo, y niega frenéticamente con la cabeza. Inspiro profundamente. —Ya veo.
—Entonces, usted no lo es. Gay. —Sus ojos encuentran los míos una vez más y, esta vez, aparto yo la mirada.
No contestes a eso.
—No estoy aquí para discutir mi orientación sexual.
Oh, eso ha sido brillante. Podrías haberte pegado también un triángulo rosa en medio del pecho y haber bailado por toda la habitación cantando “We are Family”. Maldita sea.
Una sonrisa que dice “lo sabía” aparece juguetona en sus labios. Se lleva el vaso a la boca para ocultarla.
—Lo que sea que crea haber descubierto sobre mí, señor Potter, sus pequeños co-conspiradores no necesitan saberlo.
—Oh, Dios. Profesor, incluso si quisiera contárselo, que no quiero, no sabría ni por donde empezar a explicarles cómo lo averigüé. Aparte, si alguien debiera estar preocupado, ese soy yo. Usted es el “Rey de Slytherin”, ¿recuerda?
Sonrío burlonamente ante la referencia a mi mapa. El chico no reconocería el ingenio ni aunque le mordiera en el culo. —No te preocupes, tu oscuro secreto está a salvo conmigo. —Mi voz destila sarcasmo, pero viendo al chico no creo que haya captado el sutil insulto.
—Lo sé. Confío en usted.
Definitivamente no lo ha captado. Y ahora ha conseguido, una vez más, hacerme sentir incómodo. —Dijiste “Creo”. ¿He de interpretar eso como que no estás seguro?
Se encoge de hombros. —¿Creo que estoy seguro? —Una pregunta. Ni siquiera está seguro de si cree que está seguro. Resoplo con impaciencia.
—Bueno, ¿qué es lo que te hace pensar que eres gay? —Bebe un gran trago y baja los ojos. Suspiro. Él insistió en sacar este tema, ¿por qué demonios tengo que ser yo el que le sonsaque los detalles? —Así que, ¿no te gustan las chicas? Hubiera creído que tú y Granger...
—¡Por Dios, no! —tose y hace una mueca. —¡Es mi amiga! No creería el artículo de Skeeter, ¿verdad?
Sonrío ante el recuerdo. Uno de mis momentos más canallas. Ignoro un deseo nostálgico de volver a aquellos días en que aún era capaz de reducir al chico a la humillación y la rabia. Por supuesto, no había considerado el artículo. Y, ciertamente no soy lo suficientemente estúpido como para creer lo que se escribe en las revista para brujas. —Entonces, no te sientes atraído hacia las chicas.
—Bueno, estaba aquella chica de Ravenclaw. Pero eso podría haber sido sólo porque era una jugadora bastante buena de Quidditch.
Ahogo una risa. Así que sentía atraído por la escoba de la chica. El cliché es casi demasiado. —Sí, del Quidditch al amor... solo hay un paso.
Me mira con expresión recriminatoria, y luego sonríe. —Muy gracioso.
—Bueno, pues, ¿te atraen los chicos? —casi digo hombres, pero me paro a tiempo. Ten cuidado con lo que deseas... Para.
—No lo sé.
—Oh, por el amor de... Potter, si no sabes si te atraen los chicos y no sabes si te atraen las chicas, ¿cómo narices has llegado a la absurda conclusión de que eres gay? —¿Cómo narices me he liado en esta conversación?
—Bueno, ¡es lo que estaba intentando averiguar antes de que usted insistiera en que le contase qué me pasaba! —grita, disculpándose inmediatamente después. Permanecemos sentados en silencio por un momento antes de de que hable de nuevo. —¿Cuándo lo supo usted? Quiero decir, cómo...
Su voz se apaga. Ahora hemos llegado a la parte de la conversación en la que yo me maldigo por haber ralentizado con alcohol mi capacidad para pensar con rapidez. Hay algunas cosas que un chico no debería saber sobre su padre. La ironía me golpea tan fuerte que la cabeza me da vueltas y casi olvido la pregunta del chico.
—¿Profesor? Perdone. Si no quiere contarme...
—Yo era joven. Desarrollé ciertos sentimientos por un amigo de la infancia. —Un antiguo amargor repta sobre mi lengua. Me lo trago con lo que queda en el vaso. No soy capaz de mirar al chico, que, recuerdo una vez más, es la viva imagen de su padre. Excepto los ojos —el único rasgo notable que poseía aquella horriblemente aburrida mujer.
—Entonces, ¿qué pasó?
Oh, lo hicimos unas cuantas veces. Él decidió que era hetero, decidió contar a todos sus amigos que yo era un pervertido y que le acosaba, antes de que decidiera casarse con la mujer viva menos interesante del mundo. Entonces se puso en el lado equivocado de una maldición mortal y diez años después su hijo gay regresó para atormentarme.
Pensándolo mejor: —Nada. Se volvió hetero y yo no.
—Eso es triste. Lo siento.
Sí, deberías sentirlo. —Casi lo he olvidado —Embustero.
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Decido que procede un rápido cambio de tema antes de que sucumba al impulso de destruir el pedestal sobre el que el chico ha colocado a su padre. No es que no me encantara ver cómo la ilusión del chico se hace añicos y se dispersa a su alrededor, pero algo me dice que yo saldría peor parado. Entierro el tema lo más lejos de mi mente consciente que puedo y desvío la atención hacia otro tema.
—Vale, ya que estamos teniendo esta pequeña charla íntima, voy a insistir en que me cuentes lo que quiero saber. Quiero que me cuentes tus sueños. —Se queda con la boca abierta y se sonroja. —No esos sueños, chico estúpido, tus pesadillas. ¿Qué estabas soñando la noche en la que casi me rompiste la nariz?
La vergüenza se desvanece y su rostro se vuelve inexpresivo una vez más. Mi paciencia empieza a agotarse. —Potter, solo cuéntamelo.
Sacude la cabeza débilmente. —Es estúpido. —Comienzo a pensar con nostalgia en mi armario de pociones de Hogwarts, donde se encuentra un pequeño vial de cristal que hubiera tenido al chico contándome su vida y milagros durante horas. Maldición, sabía que se me había olvidado meter algo en la maleta. Le dedico una severa mirada y él suspira con resignación. —A veces sueño con la noche de la tercera prueba. Es solo que aquella... bueno, aquella noche estaba soñando con ella de nuevo y usted me tocó en el hombro del que Cola—... Pettigrew tomó mi sangre. —Baja la mirada y sacude la cabeza de nuevo. —Profesor, en realidad no quiero hablar de esto.
De pronto, no quiero oírlo. He escuchado fragmentos de la historia que me contó Dumbledore. Lo que he oído es suficiente como para helarme la sangre. La idea de obtener la historia de primera mano, completa con todo el bagaje emocional, me aterra hasta casi sacarme de quicio. Mira fijamente el interior del vaso y casi puedo escucharle pidiéndome que pare. La comprensión viene a mí como de ninguna parte, pero resuena claramente a través de la niebla inducida por el brandy.
—Te culpas a ti mismo, ¿verdad? —La pregunta cae de mi boca, pero una vez fuera no me arrepiento. Parpadea y entonces niega con la cabeza.
—Sé que no es culpa mía. —Se aclara la garganta.
—Una cosa es saberlo. Creerlo es bastante diferente. Sé como funciona, Potter. Revives la escena en tu cabeza una y otra vez y te centras en todos los fallos que cometiste, intentado encontrar una manera para evitar la muerte de Diggory, para evitar quedar atado, para prevenir que el Señor Oscuro recuperara su cuerpo. ¿Estoy en lo cierto? —Sé que lo estoy. He jugado tantas veces a este juego que me he hecho agujeros en el estómago. Casi me tira de espaldas el darme cuenta de cuánto tenemos en común el chico y yo. De repente, comprendo por qué he sido yo a quien se ha elegido para ayudarle.
La has hecho buena, ¿a que sí? Cállate.
—Por favor, pare —susurra.
La desesperación en su voz me llena de reticencia. Decido no insistir más. —Lo haré. Pero Potter, tienes que dejar de hacer esto. O acabarás como yo. —Alza la vista y sonrío con complicidad. Me devuelve una sonrisa y me siento agradecido de verla. Me percato de que no debería sentirme tan agradecido. Bebo con ganas e intento ahuyentar la voz en mi cabeza que gruñe, “No tendrá tiempo de acabar como tú, ¿verdad?”.
—Así que, ¿qué estaba soñando usted esta noche, Profesor?
Por segunda vez en veinte años mi cara recuerda cómo ruborizarse y por billonésima vez desde que conocí al chico, le maldigo. Mis ojos se apartan apresuradamente y los maldigo también por ello. —Eso no te concierne, Potter. —Te concierne mucho más de lo debido, Potter. Intento hacer que mi tono sea lo más intimidante posible.
—Hipócrita.
Touché.
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Nos vamos esta tarde y acabo de darme cuenta de que Dumbledore no ha venido todavía para ver cómo estamos. Se me encoge el estómago cuando pienso en lo que eso puede significar. Doy por sentado el hecho de que este viejo murciélago nos sobrevivirá a todos. Pero ahora, me enfrento a la comprensión de que el hombre es mortal. De que es posible que muera. Considero brevemente lo que su muerte significaría para el resto de nosotros. Para el chico.
Mi intención es proteger al chico mientras viva, Severus.
¿Y después? ¿Qué sucederá entonces? Una elección. Sí, y menuda elección sería esa. Sacrificarse por el bien de la humanidad, o vivir y dejar que Voldemort establezca su reinado de terror sólo para acabar con él con el tiempo. Un ladrillo bastante grande se instala en mi estómago y yo resisto el impulso de temblar. Las palabras “no es justo” corretean por mi mente y las ahuyento, recordándome a mí mismo que no hay justicia en el mundo.
—¿Está usted bien?
—Miro al chico al otro lado de la mesa y compruebo mi expresión. Me parece normal. Enarco una ceja, pero no hablo. No me fío de mi voz, debido al considerable nudo que se me ha instalado en la garganta.
¿Qué ocurre? Sus ojos escudriñan los míos y siento curiosidad por saber cómo el chico ha discernido que algo va mal. Aparte del ataque pasajero de rubor de la otra noche, aún soy capaz de mantener una expresión imperturbable.
Me aclaro la garganta. —Nada. ¿Por qué?
—No sé. Usted no, eh... —El chico se encoge de hombros. —No importa. —Vuelve su atención hacia su libro de texto de Historia de la Magia y continúa leyendo. O fingiendo que lee, pero lo aparenta bastante bien.
Se me ocurre que si Voldemort ha conseguido llegar hasta Dumbledore, el chico podría saberlo. Voldemort insistiría en asesinar al anciano él mismo, de eso estoy seguro. Pero seguramente el chico diría algo. —Potter, ¿has tenido últimamente algún sueño relacionado con la actividad de Voldemort? ¿Te ha molestado la cicatriz?
Intento mantener una voz neutral, pero me mira con aprensión. —No últimamente. ¿Por qué? —No me siento aliviado del todo. Podemos saber por la cicatriz del chico si ha ocurrido algo, pero no podemos estar necesariamente seguros de que no haya pasado nada, si la cicatriz no indica actividad.
—Sólo por curiosidad —murmuro e intento ignorar su mirada de sospecha.
—Algo va mal. Sólo dígame qué es. Por favor.
—No pasa nada. Estudia. —Puedo ver por su expresión que no tiene intención de escucharme. Tensa los labios con tozudez.
—Mire, yo formo parte del problema con Voldemort tanto como usted —insiste. Más, me atrevo a decir. Para. —Si algo ha sucedido, debería decírmelo. Al final, voy a averiguarlo.
—No sé si algo ha pasado, Potter. Y no voy a dejar que te preocupes por nada. —Levanto la voz y le lanzo una mirada severa. El maldito chico no vacila.
—Si no fuera nada, usted no estaría preocupado —insiste. —¡Por Dios, deje de intentar protegerme! Tengo derecho a saberlo, ¿no?
—Solo me preocupa que el director no nos haya hecho ninguna visita. Probablemente no sea nada. —Eso no es del todo cierto. Si Dumbledore no ha venido todavía, tiene que haber alguna razón. El chico me mira boquiabierto y entonces contempla su libro en silencio. Ha palidecido.
—No cree... —no acaba la frase.
—Es un mago muy poderoso —digo, tanto para confortarle a él como a mí mismo. He visto a Dumbledore ejercer ese poder en toda su extensión en muy pocas ocasiones. Cada vez, me sirvió como un potente recordatorio de por qué, exactamente, elegí unirme a él.
—Si él... si algo le ocurriera al Profesor Dumbledore... ¿quién le protegería a usted? —Soy consciente de que me he quedado con la boca abierta. ¿A mí? Esa debería ser la última de sus preocupaciones. Es, al menos, la última de las mías. Me doy cuenta, no sin un sentimiento de horrorizada confusión, de que mi mano se ha movido a través de la mesa y ha comenzado a dar palmaditas a la del chico para confortarle. Por mi vida, que no recuerdo cuándo se ha movido hasta ahí. Sus dedos se entrelazan con los míos y no soy capaz de obligarme a retirarlos. Mi corazón se acelera de pánico. Él me los aprieta.
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—Dos minutos. ¿Estás seguro de que lo tienes todo? —Asiente y la expresión de su rostro es de cautela. Me pregunto si está pensando en Dumbledore, pero no le preguntaré. No quiero revelar mi propia preocupación. Alza su mirada hasta encontrar la mía y me pongo tenso.
—Profesor, ¿iba en serio lo que dijo de mí, eh, sobre rondar sus habitaciones? —De repente aparta la vista y se arma de valor para esperar mi respuesta. Maldita sea. El chico lo ha vuelto a hacer. Mi mente corre a buscar una manera diplomática de decirle que le está permitido visitarme sin darle la impresión de que le quiero allí. No diría que disfruto de su compañía. Pero he llegado ha aceptarle como parte de mi rutina diaria y no me gusta cuando mis rutinas se ven perturbadas.
—¿Qué sucede, Potter? ¿No se ha cansado de mí todavía? —Se me ocurre que probablemente no quiero una respuesta honesta a esa pregunta. Y al mirarle puedo ver que va a dármela. Contengo el aliento.
—A pesar de lo mucho que va a cabrearle escucharlo, usted me gusta... estar cerca de usted, quiero decir. No como... Vale. Soy un imbécil. —Se frota la cara con las manos y me río ante su azoramiento. Entonces recuerdo que debería sentirme irritado. Joder. —No sé. Usted me calma.
Yo le calmo. Otra vez esa palabra. Lástima que él tenga exactamente el efecto contrario sobre mí. Mi irritación toma el control. —¿Cómo es que te calmo? De verdad, Potter. ¿Hago lo posible por ser desagradable contigo y eso te calma? ¿Eres masoquista o simplemente demasiado lerdo para darte cuenta? —Le miro con furia y el me sonríe con suficiencia. Reviso mi exposición para ver si encuentro algo digno de hacerle sonreír así.
—Quizás calmar no sea la palabra adecuada. Pero usted... simplemente me siento... normal cuando estoy cerca de usted. Y no es desagradable todo el tiempo. Y cuando lo es, es algo que ya espero. Es... bueno, es usted. Es parte de usted.
—Desde luego tienes numerosas ideas sobre quién crees que soy.
—Ya, no dormir por la noche le deja a uno un montón de tiempo para pensar.
Mi turno de sonreír con suficiencia. —Pasa las noches pensando en mí, ¿verdad?
Se ruboriza. Yo también podría haberlo hecho, si no fuera porque es la hora del Traslador.
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Aterrizamos y me pregunto vagamente cómo el chico logra mantener ese equilibrio en el campo de Quidditch. Se cae sobre mí y yo me caigo sobre esa maldita butaca que, afortunadamente, no está en funcionamiento en ese momento. Si hubiera estado en marcha podría no haberme dado cuenta de que Dumbledore está sentado en la silla de enfrente, ni hubiera tenido la presencia de ánimo de empujar al torpe chico fuera de mi regazo.
—Bienvenidos. Confío en que todo haya ido bien.
—Albus —Mi intención es reprocharle el haberme preocupado, pero me detengo cuando reconozco esa mirada en sus ojos. Algo ha sucedido. Y alguien ha muerto. Me quedo frío y me falta el aliento.
—Profesor Dumbledore, estábamos preocupados de que algo le hubiera ocurrido. —Albus desvía los ojos de mí hacia el chico y sonríe con tristeza.
—Quizás deberías sentarte, Harry. —Alzo la mirada el tiempo suficiente para ver al chico palidecer y dejarse caer al suelo. Un estremecimiento me atraviesa. Si se requiere la presencia del chico, entonces se trata de alguien a quien conoce. Intento evitar que mi mente repase una lista de posibles víctimas de asesinato.
—¿Qué ha ocurrido? —digo. Quién ha sido, pienso.
—Mientras vosotros dos estabais fuera, me temo que... —respira hondo y puedo ver furia en sus ojos. Una vez más me siento intimidado por el poder que desprende este hombre. La calma regresa a su rostro y continúa, mirando a Potter. —Harry, Hagrid ha sido asesinado. —Se me encoge el estómago y no soy capaz de mirar al chico o a Dumbledore. Cierro los ojos y acallo la furia que ruge en mi interior. El frío penetra dentro de mí lentamente, automáticamente. Puedo sentir como mis rasgos se tensan. Este reflejo no ha desaparecido. Probablemente nunca lo hará.
—¿Cómo? —La voz del chico es tan firme como la mía. Lo cual me sobresalta. Abro los ojos para ver esa maldita expresión en su rostro y le maldigo. Y me maldigo a mí mismo por ponerla ahí. No es normal. Él no es normal.
—Había accedido a acudir a los gigantes como enviado. Alguien lo averiguó. Estaba atravesando el Callejón Knockturn cuando sucedió. —El chico asiente como si lo hubiera esperado. Muy a mi pesar, comienzo a preocuparme por él. Me digo a mí mismo que solo está conmocionado por la noticia y que reaccionará más tarde. De repente, pienso que quiero ver un estallido emocional. Y me alarma lo mucho que quiero verlo. Quiero que llore y que se enfade como un chico normal. De algún modo, me convencería de que él va a estar bien.
Vuelvo la vista hacia Dumbledore y veo que me ha estado mirando. Reconozco esa expresión como su expresión contemplativa y me estremezco. En un instante, ha desaparecido. —Harry, me pregunto si podrías disculparnos un momento. —El chico se incorpora y Dumbledore le detiene. —El Profesor Snape y yo estaremos en la habitación contigua.
Tanto decir de hablar abiertamente, pienso con rencor mientras me obligo a levantarme. Hipócrita. Camino rápidamente hacia mi dormitorio y espero a que el hombre me siga. Entra y cierra la puerta tras él. Sonríe y yo ahogo palabras amargas.
—¿Ha ido todo bien? —pregunta. Asiento impaciente. —Bien. —Se detiene como si intentara componer con cuidado lo que sea que quiere contarme. Se me acaba la poca paciencia que me quedaba.
—Ve al grano, Albus.
—Severus, he sido muy insensible contigo y me disculpo por ello.
A estas alturas debería estar acostumbrado a que este hombre me deje sin habla. Pero nunca cesa de... bueno, de dejarme sin habla. Intentaré recordar que tengo que enfadarme por ello después. Por ahora, estoy demasiado ocupado mirándole boquiabierto.
—Mi preocupación por Harry me hace, a menudo, estar ciego ante las necesidades de otros. Has sido amable al permitírmelo.
La próxima persona que me acuse de ser amable se va a encontrar con algunas partes esenciales de menos. Cierro la boca de golpe para que no salgan varias maldiciones que, de pronto, han hallado el camino hasta la punta de mi lengua.
—Pero me pregunto por el precio que esto se ha cobrado en ti. Has sacrificado generosamente tu tiempo libre y tu privacidad. Te he cargado con un secreto terrible. Has sobrepasado lo que tenía derecho a esperar de ti, Severus. Lo siento.
—¿A dónde quieres llegar con esto, Albus? —La pregunta se me escapa antes de tener la oportunidad de detenerla. Me dejo llevar por mi enfado al ser tratado con condescendencia por este hombre. A menudo me ocurre en su presencia. Soy perfectamente consciente de lo que he sacrificado, muchas gracias. Sigue adelante con el asunto.
—Te estoy relevando de tus obligaciones.
Se me encoge el estómago y no sé exactamente por qué. Me siento como un niño al que le arrebataran su regalo de Navidad nada más abrirlo. Y al reconocer ese sentimiento me abofeteo mentalmente por ser un estúpido. Debería sentirme entusiasmado. Es lo que quería, ¿no?
—El entrenamiento que ya has proporcionado al chico será suficiente para mantenerle a salvo. No le hace falta tu presencia necesariamente durante las vacaciones.
—¿Y qué hay sobre sus visitas a media noche? —Mi voz es ronca y un abismo que se ha creado en mi estómago está absorbiendo lentamente mi capacidad para mantener la calma. Respiro profundamente.
—Por supuesto, esa es tu decisión. Siempre lo ha sido. Si prefieres que paren, siempre puedo encontrar otra cosa que el chico pueda hacer por las noches, para que no se pasee por pasillos que desaparecen. —El hombre sonríe con cariño y yo me estremezco.
—¿Y qué pasa con lo de querer que yo sea su hombro sobre el que llorar? —La amargura y el sarcasmo son todo lo intensos que deberían y estoy agradecido por ello. Me mira fijamente y yo enderezo mis hombros y afronto su mirada.
—Sería injusto para Harry que la persona sobre la que elija volcarse esté ahí por obligación. Fue una estupidez por mi parte pedirte eso. Ahora bien, en el caso de que decidieras continuar con vuestra amistad, sería por tu propia voluntad.
Me armo de valor e ignoro una tensión en mi estómago. Ni siquiera necesito pensar en ello. La elección está hecha. Siento cómo mi cuerpo se enfría y se me aclara la garganta.—Muy bien, Albus. Procura evitar que chico haga cosas estúpidas.
El anciano me mira por un momento antes de suspirar y desearme un buen día. Puedo oírle llamando a Potter e indicándole que se vaya con él, y luego oigo como la puerta de mis aposentos se cierra suavemente. En algún lugar dentro de mí, otra puerta se cierra de un portazo.