Ha vuelto a salir.

Cuando pienso en ello, no puedo explicar por qué he permitido que esto continuara durante tanto tiempo como lo ha hecho. Debería haberlo detenido al principio. He de admitir que he sido reacio a enfrentarme al chico después de lo que casi fue un despliegue emocional en mi clase. Decido ignorar ese recuerdo mientras siento un escalofrío de horror.

Siguiendo el ejemplo de Black, he concebido mi propio pequeño mapa. Estoy indignado conmigo mismo por no haberlo pensado antes. Vencido por un Gryffindor. La historia de mi vida. Al estudiar el mapa, observo un punto marcado como H. Potter, también conocido como la pesadilla de mi existencia profesional, que vaga sin rumbo, en círculos. Me mareo sólo de mirarlo y entonces me percato de que un nuevo pasillo ha aparecido. Entra en él, camina un tramo y entonces se detiene. Decido aprovechar la oportunidad de atraparle, como debería haber hecho hace meses.

Me desplazo con polvos Flu a la oficina vacía más cercana y sigo el punto por el pasillo. Compruebo que se dirige hacia una habitación marcada como “No en esta vida”, y me estremezco sólo de pensar lo que eso podría significar. Me gustaría sorprenderle, pero si ese punto se acerca más a esa puerta, me veré forzado a llamarle por su nombre, salvando su miserable pellejo una vez más. Cuando veo que el punto marcado como “Rey de Slytherin” se sitúa justo detrás de la mencionada pesadilla, alargo mi mano y la siento chocar contra algo duro, algo... invisible.

Él grita y no puedo evitar sentirme orgulloso de mi sigilo.

Mi satisfacción se reduce en gran manera por el hecho de no puedo ver la expresión de terror del pequeño demonio, que estoy seguro será capaz de borrar antes de encararse conmigo. Este ataque sorpresa no ha sido ni con mucho tan agradable como debería haber sido. Me yergo en toda mi estatura y miro enfurecido a donde creo que debería estar encogido. Maldita capa. La haría pedacitos si no estuviera seguro de que Dumbledore haría lo mismo conmigo.

–Quítate esa maldita cosa. Ven conmigo.

Debería haber dejado lo de “Ven conmigo” hasta saber a dónde le voy a llevar. Dumbledore no hará otra cosa que darle al chico el consabido cachete en la mejilla y luego me sermoneará por ser demasiado duro con él. Lo de siempre. Pobre pequeño Harry Potter. Ni siquiera McGonagall tiene el valor suficiente para reprenderle adecuadamente estos días. Yo también he desistido en gran medida de intentar que le expulsen, ya que estoy seguro de que me echarían a patadas a mí antes de que alguien le diera al chico el castigo que se merece. Y además, no puedo sino recordar a aquellos patéticos deshechos de carne que él llama parientes. Yo no le desearía esa familia ni a Black.

Bueno, quizás a Black sí.

Se quita la capucha de la cabeza y me espanto ante esta visión. Puedo con fantasmas casi decapitados. Gryffindors sin cuerpo –eso es espeluznante. Casi suspiro con alivio cuando desliza el resto de la capa. Me mira fijamente y creo ver algo parecido a la gratitud en sus ojos. No es exactamente lo que yo esperaba.

De acuerdo. ¿A dónde íbamos?

Comienzo a retroceder por el pasillo, esperando tomar una decisión antes de tener que girar. Él no ha dicho nada. Eso me confunde. Esperaba escuchar un aluvión de excusas lloviendo de su boca. Decido tenderle una trampa, sabiendo perfectamente que el chico intentará mentir.

–¿Qué? ¿Aún ignoramos esas cosas que el resto de nosotros llamamos reglas, Potter? ¿O has olvidado que los estudiantes no tienen permitido caminar por los pasillos a cualquier hora de la noche?

–Puede castigarme–. Me detengo de repente y me giro para mirarle de frente.

Mejor así, ya que no tenía ni idea de a dónde iba. Frunzo el ceño ante su audacia. Dándome permiso para castigarle. Claro. Su rostro está plagado de resignación. Me doy cuenta de que no está preocupado por su inminente castigo, invalidando de ese modo su objetivo real. Sin mencionar que destruye cualquier pequeño placer que yo pudiera obtener de este lamentable asunto.

–Quiero una explicación –digo, permitiendo que el enfado aflore en mi voz.

–Tenía una pesadilla–. Fija su mirada en la mía. Recuerdo con un sentimiento de nostalgia aquella época en la que nunca me miraba directamente si podía evitarlo. Su franqueza es inesperada y, por un momento, me siento abrumado. Y luego asqueado, cuando siento ese horrible animal que nació en mi interior durante el verano salir arrastrándose de un agujero en mis entrañas. Maldita empatía. Maldito Dumbledore.

Y maldito H. Potter también.

–No recuerdo ninguna cláusula en las normas de esta escuela en la que se estipule que los sueños feos otorguen a los estudiantes licencia para pasearse por los pasillos después del toque de queda. Deberías estar en la cama–. Debería llevarle a la cama.

Su cama.

Parpadea y frunce los labios pensativamente–. ¿Por qué está usted todavía levantado?

Si fuera capaz de dividirme en dos, hubiera golpeado hasta dejar inconsciente a la parte de mí que casi contesta su pregunta. Cómo si necesitara una excusa para estar despierto. Soy un adulto. Soy su profesor. Soy...

–¿El “Rey de Slytherin”?

...el único que se supone que puede ver este mapa.

Miro con odio. Odio hacia él. Odio hacia mí mismo. Me sonríe, y decido que eso es justificación suficiente para el uso de ciertas Maldiciones Imperdonables. Meto el mapa entre mis ropas y vuelvo a centrarme en el objetivo de este encuentro.

–Has salido cada noche esta semana, Potter. Si tus pesadillas son tan frecuentes, te sugeriría que buscaras ayuda profesional.

Sus ojos se abren y puedo ver como las comisuras de sus labios se mueven nerviosamente. –Si sabía que he estado saliendo, ¿por qué no me ha castigado antes?

Maldición.

Vale, si parezco tan estúpido como me siento en estos momentos, es bastante posible que tenga la misma cara que Longbottom durante un examen.

–En realidad, he estado saliendo casi todas las noches de este trimestre.

No es que no me haya dado cuenta, ¿pero por qué, en el nombre de Merlín, lo está admitiendo? Es que ni siquiera parpadea. Pequeño mocoso desdeñoso. ¿Cómo se atreve a contarme la verdad? Me quedo sin saber qué decir y mis piernas comienzan a moverse de nuevo. Me doy cuenta, con una leve sensación de horror, de que me están llevando de vuelta a mis habitaciones. El chico me sigue.

 

 


----------------------------------

 

 


Entramos en mis aposentos y le ordeno que se siente. Esta es la primera vez que la escasez de muebles de mi salón supone un problema. Parece darse cuenta porque se sienta en el suelo. Pequeño imbécil presuntuoso. Se está preparando para una charla íntima. Yo debería permanecer de pie y parecer amenazante desde mi posición pero me siento en la única silla que hay y convoco la silla de mi escritorio para él. Murmura un “Gracias”. Me horrorizo. Para mis adentros, por supuesto.

–Habla.

Me mira con aire vacilante y luego baja la vista hacia su capa, que está arrugada en un montón entre los dos. El reloj da las cuatro y me siento una vez más agradecido por esos benditos momentos llamados sábados.

–No he podido dormir desde que regresamos –dice y, por primera vez en siglos, se ruboriza. Estoy consternado al descubrir que me siento ligeramente satisfecho por ello. Atribuyo esta insensatez a mi propio insomnio, el cual me niego a admitir que esté conectado con la ausencia de la tranquila respiración del chico arrullándome para dormirme por la noche. Eso era irritante. No agradable. Entonces, ¿por qué narices he vuelto a retomar este hilo de pensamiento? Me abofeteo mentalmente.

–¿Por qué? –Mientras consiga limitar mis frases a palabras monosílabas, puedo convencerme de que estoy enfadado por tener que hacer esto. Estoy. Enfadado.

–No lo sé –se encoge de hombros y levanta la mirada hacia mis ojos. Se le ve... patético. Sus ojos me miran suplicantes, aunque no estoy seguro de qué es exactamente lo que están suplicando.

–¿Diggory? –Sus ojos se apagan. Entonces, se trata del chico de Hufflepuff. Asiento con la cabeza–.¿Quieres una poción?

Lucho para encontrar una manera de volver a meter esas palabras en mi boca. Pomfrey me desollaría vivo si me oyera. Perdería mi trabajo por administrar pociones a estudiantes. ¿Qué demonios estoy haciendo? Me pregunto por un momento si puede percibir mi alivio cuando declina mi oferta.

–Preferiría no dormir.

Busco las palabras para reprenderle, pero no me vienen. Hay algo en su expresión, un indicio en sus ojos, que le hace aparecer frágil. En un intento de protegerme de otra demostración de emotividad, no le presiono. Preferiría que no se derrumbase por ahora.

Por supuesto, no puede continuar como hasta ahora. Que yo sepa, soy el único que ha observado sus paseos nocturnos. Todos los demás, no obstante, se han dado cuenta de que el chico ha cambiado. Se ha convertido, una vez más, en el tema de las reuniones del profesorado. “El Problema con Potter”. Retraimiento. Pérdida del Apetito. Falta de Atención. Espantoso. La escuela entera se retuerce las manos de preocupación por él. Aparte de las ojeras constantes bajo sus ojos, yo no he notado un gran cambio en mi clase. Desde nuestro enfrentamiento, su trabajo ha vuelto a su habitual mediocridad.

–Bien. No duermas. Pero serás castigado si insistes en saltarte las normas.

Su rostro se tensa y sus ojos brillan con furia. –Así que debería tumbarme en la cama y esperar a que el rostro de Cedric venga a atormentarme. Ningún castigo es peor que ese, Profesor–. Escupe las palabras.

¡Diez puntos menos para Gryffindor por tu insolencia!

–Vigila tu tono–. Has caído.

–Lo siento –murmura. No lo siente.

–¿Has hablado con el Director?

Otro destello de ira, y luego vergüenza. Aprieta los dientes. –Me trata como si estuviera loco. Todo el mundo lo hace–. Baja los ojos de nuevo y comienzo a sentirme incómodo. Si comienza a llorar, juro que le dejo sin sentido. Suspira y vuelve a alzar la vista. –Excepto usted, Profesor. Usted no ha cambiado.

¿Es eso una acusación? No, es agradecimiento. No sé cómo tratar con ese sentimiento en particular. A pesar de todas las veces que he maldecido al chico por ser un niñato desagradecido, de repente, desearía que siguiera siéndolo. Finjo no darme cuenta de ello.

–Nadie piensa que estás loco.

–Ron y Hermione sí.

–El señor Weasley y la señorita Granger no pueden comprender en absoluto por lo que has pasado. Tan pronto como dejes de esperar que lo hagan, podrás dejar de regodearte en tu propia autocompasión.

–¡Dios! ¡No siento lástima por mí mismo! Sólo quiero que me dejen en paz. Quiero poder caminar libremente por ahí. No creo que sea pedir demasiado.

–Así que las normas deberían cambiarse para el gran Harry Potter porque es especial. Es eso, ¿no?

–¡BUENO, LO SOY! Nadie de por aquí tiene que enfrentarse a Voldemort de forma regular.

–No eres muy perceptivo, ¿verdad?

Su ira se transforma en confusión. Mi ira toma el control y continúo. –Puede estar contento, señor Potter, de encontrarse en el bando correcto en esta guerra. Intente por un momento distanciarse de esa pequeña representación en la que usted es el protagonista en el papel de víctima. Imagine cómo puede ser para otros estudiantes para los que Voldemort es un invitado asiduo a cenar. ¿Sabe lo que les pasa a los hijos de los Mortífagos cuando el Señor Oscuro decide comprobar la lealtad de sus súbditos? Podría preguntarle al señor Malfoy cómo ha pasado él sus vacaciones. Debería estar jodidamente agradecido por no estar entre aquellos elegidos que son lo suficientemente desafortunados como para ser considerados su próxima generación de secuaces.

Está impactado y observo cómo reconsidera mis palabras. Casi estoy satisfecho de haber conseguido que su cerebro se ponga en marcha, hasta que habla de nuevo.

–Ya. Malfoy prácticamente alardea ser un aprendiz de Mortífago.

–El señor Malfoy es un chico orgulloso y arrogante. No muy diferente a usted, señor Potter. Sería aconsejable que no emitiera juicios sobre personas cuyas circunstancias desconoce por completo.

–Eso es jodidamente gracioso viniendo de usted –se burla, y yo estoy furioso. Puedo sentir una vena palpitando en mi sien y me doy cuenta de que este intercambio verbal tiene que parar antes de que golpee al chico.

–Puede irse, señor Potter.

Aprieta los labios y entrecierra los ojos antes de agacharse para recoger la capa. Camina rápidamente hacia la puerta.

–Asegúrate de no desviarte de tu camino.

Le observo inspirar profundamente y deseo silenciosamente que se vaya. Decido no comprobar si regresa a Gryffindor o no. Se vuelve hacia mí y toda su ira ha sido reemplazada por una expresión de remordimiento. Se me encoge el estómago con una aprensión inexplicable y contengo la respiración.

–Profesor, yo –se interrumpe a sí mismo y me siento agradecido por ello. Utilizo ese momento de silencio para recobrar la calma.

–Buenas noches, señor Potter.

–¿Vamos a volver allí para las vacaciones de invierno? –gruño y luego asiento rígidamente. El resentimiento vuelve para atormentarme, y me pregunto si tendré fuerzas para superar las vacaciones con la cordura intacta. El chico sonríe con suficiencia y yo enarco una ceja, reconociendo la expresión propia de nuestro juego en su rostro. Casi me siento aliviado de verla de nuevo, salvo por el hecho de que le había prohibido usarlo.

– Lo está deseando. Se nota.

–Estoy saltando de alegría –digo, y pongo énfasis en el sarcasmo. Siento cómo me relajo, agradecido por el regreso a la normalidad. Y entonces me pregunto cuándo comencé a pensar que este pequeño juego era normal. Maldición. Una sonrisa genuina aparece en su rostro y me siento horrorizado al tener que contenerme para no devolvérsela. Aunque odie admitirlo, le prefiero así.

Tan bruscamente como había aparecido, su sonrisa se transforma en una mueca y se desploma sobre el suelo agarrándose la cabeza con las manos. Mi cabeza da vueltas debido al súbito cambio de la situación.

–¿Potter?

–No puedo volver al dormitorio, Profesor Snape –susurra entre sus rodillas.

De nuevo, estoy enfadado y asqueado por su histrionismo. Nadie se muestra vulnerable ante mí. Por una buena razón. Soy mezquino e intimidante. ¿¡Cómo osa el chico olvidar eso!?

–Ya veo –digo, y me maravillo ante lo calmada que está mi voz. En realidad, no veo nada de nada. Estoy atónito y enfurecido a la vez por su teatralidad. Se desvela ante mí como una gran herida abierta que me encantaría frotar profundamente con sal. Y me siento consternado por no ser capaz de hacerlo. Buen Dios, ¿en qué me he convertido? Respirando profundamente consigo decir –Entonces, ¿tienes intención de quedarte ahí toda la noche?

–¿Puedo? –¿Es esperanza lo que oigo en su voz?

–No puedes–. Mi voz denota más pánico del que yo quisiera. Levanta la cabeza, con una expresión de cachorro hambriento. Me recuerda a su padrino. Tuerzo la boca con asco.

–Sólo un par de horas. Hasta que acabe el toque de queda. Por favor.

–¿Se te ha ocurrido pensar que yo podría querer irme a dormir en algún momento? –Noto por su cara que no lo ha pensado. Para ser justos, tampoco se me había ocurrido a mí.

–No me importa.

No le importa. Qué generoso. ¿Cómo puede alguien dejar de ver algo tan obvio? No me importa. Bravo por él. A mí sí me importa.

–Muy bien –. ¿Qué? –Puedes quedarte–. ¿Qué demonios? ¿Y tu trabajo? ¿Tu reputación? –Con la condición de que intentes dormir un poco–. ¿Dónde? –Puedes utilizar mi cama, yo me quedaré en el sofá.

Me doy cuenta de que he añadido la última parte demasiado deprisa. Sonríe.

–Gracias, Profesor–. Otra vez agradecimiento.

Me gustaba más cuando le odiaba... y él me odiaba a mí.

Maldición.