Me siento en la mesa de profesores e intento no darme cuenta de que él me está mirando fijamente, sus ojos ardiendo, traicionados, resplandeciendo en su cara, por lo demás, inexpresiva. Temo mi clase de Pociones de quinto curso con renovada intensidad. Ha pasado un mes desde que rompí todo contacto con el chico, y no parece haberse recuperado todavía. Las primeras dos clases fueron, con diferencia, las peores, y me costó reafirmar mi posición como profesor suyo. Cuatro noches de diversión con Filch y el chico aprendió a mantener su insolencia bajo control. La transición no fue ni remotamente tan dura como suprimir mi propio impulso de echar una maldición a las caras preocupadas de Weasley y Granger. Como si el chico necesitara su compasión. ¿No se dan cuenta de que sólo se lo hacen pasar peor?

Para. Maldición. Este instinto de protección que he desarrollado hacia el chico es irritantemente tenaz. Incluso he tomado la costumbre de dejar mi mapa en mi oficina para no pasarme noche tras noche observando cómo vaga entre las estanterías de la biblioteca, donde Dumbledore lo encierra para mantenerle a salvo. Como si eso fuera a retrasar el viaje sin escalas del chico hacia una crisis nerviosa, pienso amargamente. Y luego me pongo freno una vez más.

Esto no es problema tuyo.

Él no es problema tuyo.

Suena la campana, señalando el fin de la pausa de mediodía, y me aparto de otra comida más que no he consumido. Mientras camino hacia las mazmorras, me preparo mentalmente para otro enfrentamiento silencioso con el chico. Al menos, me consuelo, la ola de sentimentalismo que siguió a la muerte de Hagrid ha decrecido. Las expresiones públicas de emoción deberían ser prohibidas por la ley. Y a aquellos que tienen la audacia de lloriquear en mi clase deberían sellarles los lagrimales definitivamente. Tuve que contenerme para no engañar a esos pequeños mocosos y hacerles preparar una poción que hiciera justamente eso.

A la gente se le debería enseñar que las emociones no tienen lugar fuera de sus aposentos privados. Yo lloré a ese bobo gigante de una forma digna de él –con una pinta de cerveza negra y mis buenos deseos de una vida eterna feliz en aquel gran zoo del cielo. Por Hagrid, y que le muerdan una vez al día y que los dragones calienten su cama.

Paso por mi oficina a recoger mis cosas, antes de irrumpir por la puerta que comunica con la clase. Los alumnos aún están entrando y me vuelvo hacia la pizarra para escribir los ingredientes de una poción para hacer crecer el pelo. Empiezo a pensar a quién someteré a la prueba. Un Gryffindor y un Slytherin, para ser justo. Ya no puedo aguantar las constantes quejas de McGonagall diciendo que la he tomado con sus alumnos.

¿Pero a quién escogeré esta vez? No puedo, de ningún modo, correr el riesgo de darle la poción de Longbottom a alguno de sus compañeros de clase que no se lo merezca. Adopté la resolución de no matar a los alumnos si puedo evitarlo. En cuanto a mis propios alumnos: a Malfoy ya le toca vivir una experiencia como conejillo de indias, pero mi pequeño Cadete Mortífago En Prácticas iría corriendo a contárselo al bastardo de su padre, quien, una vez más, intentaría que me despidieran de forma que él pudiera entregarme personalmente al Señor Oscuro con un puto lazo rojo atado a mi condenado culo. Crabbe y Goyle ya se parecen de manera desconcertante a unos simios. Parkinson —pobre niña fea, ni siquiera yo soy tan cruel. Suspiro y me decido por el muchacho Thomas y por Nott.

Acabo de terminar de escribir el último ingrediente en la pizarra cuando me percato de su presencia. Me estremezco bajo el aura de amargo resentimiento que le acompaña a la clase. Para cuando me doy la vuelta, no obstante, él ya no me está mirando. Está siguiendo a Finnigan con los ojos. Se me ocurre que está embobado mirando el culo del chico y, lo que es más, ni siquiera se molesta en hacerlo con discreción. Mi sonrisa de desprecio se acentúa y me aclaro la garganta. Todos los ojos se vuelven obedientemente hacia mí, excepto los suyos.

—Hoy mezclaréis una poción para hacer crecer el pelo. Parkinson, tú probarás la tuya en Nott. Señor Potter —sus ojos se vuelven hacia mí ahora y los míos se entrecierran, mirándole. Sonrío malvadamente y su mirada se endurece—. Como parece costarle mucho apartar su atención del señor Finnigan, le permitiré que le dé a probar al objeto de sus afectos un poco de lo que puede ofrecer.

Se queda con la boca abierta momentáneamente, antes de cerrarla con un chasquido. Los Slytherins sueltan risitas quedas y los Gryffindors se vuelven para ver a Potter mirándome con el más profundo de los odios. Puedo ver a Finnigan de reojo, con la cara de un violento tono rojo. Weasley tira de la túnica de Potter para desviar su atención y, después de un momento, aparta la mirada. La clase se calma y empieza a preparar la poción mientras intento combatir una repentina y extraña ola de arrepentimiento.

He traicionado la confianza del chico —reclamando el título de Bastardo Mezquino y Sin Corazón que sacrifiqué la noche en que me reveló su secreto.

 

 

----------------------------------------------------

 

 

Me siento en mi oficina revisando una pila de exámenes sorpresa con los que me sentí inspirado a sorprender a mis clases de la tarde después de mi enfrentamiento con Potter. Mi ataque sobre Potter, me corrijo. Intento decirme a mí mismo que le habría hecho lo mismo a cualquier estudiante que se fijara tan descaradamente en sus compañeros de clase. Pero eso no es verdad. Tomé la decisión consciente de ignorar la lujuria adolescente hace mucho tiempo. Mi tiempo y energía se emplean mejor criticando los asquerosos preparados que los alumnos intentan hacer pasar por pociones.

Fui contra el chico. Injustamente. Siempre lo has hecho. Otra ola de remordimiento me atraviesa. En contra de mi buen juicio, mi mente empieza a hurgar en el pasado para localizar las razones iniciales de mi profunda necesidad de atormentar al chico. No tiene que cavar demasiado hondo para llegar a un recuerdo recientemente recuperado.

James. Sí, vale. Odiaba al chico a causa de James —él era la culminación final de la traición de James. Pero eso no tiene nada que ver con lo que ha ocurrido hoy. Y hace mucho que aprendí a odiar a Harry Potter por sus propios méritos. Como su extraordinario parecido con el chico que convirtió tu adolescencia en un infierno en la tierra. Para.

No soy ajeno al sentimiento de culpa, pero sentirme culpable por un comentario insidioso es ridículo. Y me niego a analizar demasiado las razones de éste. Fue algo perfectamente normal. El chico debería agradecérmelo. Aquel que quiere mantener en secreto su sexualidad no debería mirar boquiabierto los culos de sus compañeros. Y los otros alumnos posiblemente atribuirán mi comentario a que estoy siendo malvado, como de costumbre. No he hecho nada malo.

Invierto todos mis esfuerzos en concentrarme en el montón de pergaminos que hay sobre mi mesa. Siento que mi mente se aclara misericordiosamente cuando mojo mi pluma en la tinta roja. Obtengo un siniestro placer reprendiendo a la clase Hufflepuff/Ravenclaw de segundo curso por su falta de preparación. Por la mitad de la pila, oigo que llaman a la puerta. Echo una mirada al reloj y trato de recordar a quién he puesto un castigo.

—Entre —. No levanto la vista de mi trabajo. Esta técnica siempre ha probado ser efectiva para despojar completamente a mis alumnos de toda la confianza de que se arman con objeto de llamar a mi puerta para empezar. Habitualmente, tras una pausa penosamente larga (penosa para ellos, pecaminosamente divertida para mí) chillan débilmente: “¿Profesor Snape?”. Les identifico por el sonido de sus voces y no les he dado el beneficio de mi atención.

Tras una pausa más larga de lo normal, digo impaciente: “¿Qué pasa?”. En el instante en que las palabras abandonan mi boca, sé de quién se trata. Mi corazón comienza a latir con fuerza y la adrenalina corre rápidamente por mis venas. ¿Luchar o Huir?

Luchar. —¿Tiene pensado mirarme fijamente toda la noche o quería alguna cosa, señor Potter?

—Ni siquiera puede mirarme, ¿verdad?

Endurezco mis facciones mentalmente y levanto la vista hacia él. Su expresión es igual que la mía, pero sus ojos están vivos de rabia. Intento hacer que los míos brillen de la misma forma, pero sólo consigo reflejar un vago resentimiento. Me doy por vencido. —¿Y bien? No recuerdo haberte puesto un castigo. ¿Por qué estás aquí?

Su mandíbula se mueve como si quisiera decir algo y se queda en silencio. Me vuelvo absurdamente inseguro bajo su mirada furiosa. —Si no tiene nada que decir, señor Potter, entonces le pediré que me disculpe.

Huir. Me pongo en pie y empiezo a recoger pilas de pergamino de mi escritorio al azar. De no se sabe dónde, me viene la idea de que debería estar encerrado a salvo en mis aposentos, disfrutando de otra velada de borrachera y olvido. ¿Por qué no se me ha ocurrido ese pensamiento en primer lugar? Paso a su lado y abro la puerta, indicando que debería irse. No es que tuviera mucha fe en que lo fuera a hacer.

—No—. Su voz es fría y peligrosamente grave. Podría haberme sentido impresionado por su capacidad para resultar intimidante, pero estoy demasiado ocupado rogándole silenciosamente que se vaya.

—No, ¿qué?

—No, Profesor, no le voy a disculpar—. Su autocontrol se quiebra y grita: —¿Cómo diablos pudo hacerme eso? ¡Joder, yo confiaba en usted!

Ni siquiera se me ocurre reprocharle su lenguaje. Me ocupo en luchar por dominar la culpa que había alejado antes razonando. Calmo mi respiración y digo: —Tal vez, a partir de ahora, te lo pensarás dos veces antes de comerte con los ojos a los alumnos en mi clase.

—¿Celoso? —dice entre dientes. La palabra se desliza bajo mi piel y tiemblo con gran indignación.

Suena terriblemente familiar, ¿verdad? —Veinte puntos menos para Gryffindor, Potter. Lárgate.

—¿Sólo veinte? ¿Por qué no cincuenta? Mejor aún, quíteme todos los jodidos puntos, Profesor. ¡Me importa un carajo!

—Vete —digo..., o, más bien, intento decirlo, pero la palabra se atasca en mi garganta, que no para de estrecharse, y escapa sonando más bien como el último y áspero aliento de un hombre moribundo. Él se sienta en la silla frente a mi escritorio y pone la cabeza entre sus manos. Cierro la puerta por si empieza a gritar otra vez —lo último que necesito es que los otros alumnos sepan que le consiento este comportamiento. ¿Y por qué le estoy consintiendo este comportamiento? Se me revuelve el estomago de odio a mí mismo.

—¿Qué demonios quieres, Potter? ¿Viniste aquí esperando una disculpa? ¿Eres de verdad tan tonto como para creer que conseguirías una?

—Quiero saber por qué ha cambiado —murmura, y su resentimiento resuena más fuerte que sus palabras.

—Dígame, ¿en qué he cambiado? En los cuatro años y medio que lleva aquí, señor Potter, ¿le he tratado alguna vez de forma diferente a como lo hice hoy? Ciertamente, ¿no será tan inocente como para creer que con un par de tête a tête conmigo se ganaría mi afecto?

Estudia mi cara por un minuto y puedo ver cómo intenta presentar un argumento. Empieza con cuidado: —Tiene razón. Usted nunca ha sido amable conmigo en clase. —¡Ajá! Casi llego a creer que he acabado en efecto con esta tontería, hasta que dice—: Pero yo no soy mi padre, Profesor. —Se me va toda la sangre de la cara por un instante. Me recuerdo a mí mismo que el chico lo ignora todo y que su comentario no es más que un absurdo intento de ser perspicaz. No es un mal intento, admito con resentimiento. —Usted siempre me ha odiado a causa de alguna estúpida rencilla que tiene contra él. Pero a veces se le olvida odiarme, y creo que le cabrea aún más —que yo… yo no soy él. Y que no tiene ninguna razón para odiarme.

En algún momento alguien me ha pegado la lengua al paladar y no puedo responder inmediatamente. Para no saber de qué diablos está hablando, el chico ciertamente se ha acercado mucho al corazón del problema. Por supuesto, él no debe saberlo. Despego mi lengua el tiempo suficiente para decir: —Tonterías, Potter, tengo numerosas rezones para odiarte. Y déjame asegurarte que mis sentimientos hacia ti son exclusivamente tuyos. —Hago una mueca triunfante.

Se ríe. No es la risa de alguien que acaba de perder una batalla —seca y desprovista de alegría. Algo que he dicho le ha parecido gracioso. Dudo de su cordura. —Gracias, supongo —dice en tono divertido—. ¿Recuerda lo que dije de que usted me calmaba? Era una chorrada. Me vuelve loco. —Mi propio bufido de sorpresa sale antes de que pueda suprimirlo. Entonces maldigo a este gamberro por no sentirse aplastado por mi más que impresionante insulto. Él continúa—: Pero cuando no está ocupado intentando fingir que es usted horrible…

—Potter…

—Sólo déjeme terminar, ¿vale? Y luego me iré. —Cierro la boca con firmeza. Se toma un momento para recuperar el hilo de sus pensamientos.

—Mire, tal vez es usted horrible. Pero eso no es todo lo que usted es. Y ahora que he aprendido eso, ya no quiero odiarle más. Puede decirme que me desprecia, y humillarme delante de todos, pero sé que una parte de usted no quiere hacerlo. Y por eso… es sólo que ya no quiero pelearme con usted. Por favor. Es sólo que… no puedo. Ya no.

Su discurso empezó como si estuviera bien ensayado y estoy bastante seguro de que, cuando lo preparó, no pretendía acabarlo tan desesperadamente. Aficionado. —¿Has terminado? —Asiente y se pone en pie. —¿Me está permitido responder? —Me mira con cautela y luego suspira, tomando asiento una vez más. Tengo mi propio discurso preparado antes de que su culo toque el asiento y puedo garantizar que mi discurso no terminará en un patético ruego.

—Me es totalmente indiferente que me odie o no. No es algo que me preocupe. Lo que sí me preocupa, señor Potter, es el hecho de que es usted mi alumno. Como alumno mío, espero que se comporte de una manera adecuada a su posición. No tengo por costumbre hacerme amigo de los niños a los que enseño. Si sigue comportándose bajo la falsa creencia de que una amistad es posible entre nosotros, de que bajo mi duro y frío caparazón hay algo cálido y paternal, le advierto que se verá dolorosamente decepcionado. En otras palabras, chico, harías bien en continuar odiándome. Por tu propio bien. —Me yergo en toda mi estatura y le miro desde arriba con el ceño fruncido. Mi conciencia aplaude mi brillante actuación.

—¿Y si no lo hago? —Serás capullo, enano. ¡Acobárdate de una vez y vete!

—¡Entonces eres un muchacho idiota que debería aprender a prestar atención a las advertencias que se le hacen!

—¿Por qué? ¿A quién está tratando de proteger realmente, Snape? —¡A los dos, niño estúpido! —Porque no quiero que se me proteja. De usted no. Si no quiere tenerme cerca, tan sólo dígalo. Pero tenga el valor de decírmelo cara a cara esta vez, en lugar de hacer que Dumbledore le haga el trabajo sucio. Porque ese fue un golpe muy bajo, incluso para usted. Y no finja que lo hizo por mi propio bien. Y una mierda. ¡El único momento en el que me siento medio normal es cuando estoy con usted! — La intensidad de la voz del chico me deja sin habla. Él inspira profundamente y se frota la cara con las manos. —Lo siento. No quería… Me voy.

Se pone en pie y camina hacia la puerta, la cual no me doy cuenta de que estoy bloqueando hasta que él se para delante de mí. Alza la mirada y no puedo mirarle a los ojos. Se me ha quedado la mente en blanco cuando cada parte de mí capaz de generar pensamientos inteligentes corrió a refugiarse ante la amenaza de una escena potencialmente lacrimosa. Debería decirle algo al chico, explicarle que para hacer lo correcto lo único posible era expulsarle de mis aposentos. Que no está bien que dependa tanto de mi compañía para su bienestar. Que es peligroso depender tanto de alguien. Él alarga la mano, rodeándome, para llegar al picaporte y detengo su mano con la mía.

—Tienes razón. Debería haberte informado personalmente de nuestro nuevo arreglo. —¡No! Justifícalo, no te disculpes, capullo estúpido.

—Sí, bueno. No es algo fácil de decir a un adolescente emocionalmente inestable, ¿verdad? —murmura infantilmente.

Una parte de mi cerebro sale de su escondite para responder: —¿Estarás bien? —Maldita sea. Es la parte equivocada.

—Estaré bien —. Baja la mirada hacia sus deportivas. —¿Y usted?

La pregunta me confunde. No fui yo el que tuvo una pataleta temperamental en su oficina. Estoy perfectamente. —Me vendría bien un trago.

Espera. ¿Lo he dicho en voz alta? Maldita sea.

Da un bufido. —Yo también —. Me hago a un lado para permitirle el acceso a la puerta. La abre y sonríe débilmente. —Buenas noches, Profesor. Lo siento.

—Potter —. Sólo deja que se vaya. —Si deseas unirte a mí, eres bienvenido —. Creo que puedo oír quejidos que vienen de alguna parte.

—El Profesor Dumbledore me está esperando.

—Estoy seguro de que sabrá dónde encontrarte —Por tu propia voluntad. En efecto. De pronto tengo la sensación de que he seguido el juego exactamente como el Director pensó que lo haría. Y maldito sea otra vez por tener fe en mi lado bueno.

El chico parece preocupado. Frunce el ceño y respira profundamente. —Quiero. De verdad. Pero… ¿quiere usted? Porque usted dijo…

—Soy muy consciente de lo que dije, señor Potter.

Cerrando la puerta de mi despacho, miro de pasada al confundido muchacho antes de darme la vuelta y recorrer el pasillo hacia mis habitaciones. Puedo oír sus pasos vacilantes tras de mí y me recuerdan las palabras de un poeta Muggle Americano.

Que yo me contradigo. Muy bien, pues me contradigo (soy grande, contengo multitudes). (1)

 

 

----------------------------------------------------

 

 

Termino de corregir y me bebo lo que queda en mi vaso. El reloj da la hora menos cuarto y levanto la vista, sorprendido al ver que son más de las tres. El chico debería volver pronto a su dormitorio. Me levanto de mi escritorio y me acerco a donde está, hecho un ovillo en esa butaca. Agarra un vaso de whisky a medio beber, sobre su tripa. Se lo quito y él se agita, suspirando. Al dejar el vaso al lado de la botella, sobre la mesita del té, noto que la botella está considerablemente más vacía de lo que recuerdo haberla dejado. Pero seguro que el chico no podría haber…

—Potter—. Tengo cuidado de no tocarle. Cuando no responde, me acerco más. —Potter, despierta —. Abre los ojos somnolientamente y me lanza una sonrisa tonta.

—Ahora mismo estaba soñando contigo —susurra. Su aliento apesta a whisky y habla arrastrando las palabras. Estoy a la vez alarmado, enfadado y divertido. Alarga una mano y me aparta un mechón de pelo de la cara. Me echo hacia atrás rápidamente. Demasiado rápido.

—Es hora de que te vayas —Es la ira, que ha encontrado su voz.

Responde con un gruñido y se cubre la cara con las manos. —Pero era tan agradable —gime sin sentido, hablándole a sus codos.

Aparto sus brazos de su cara y le ordeno: —Potter, levántate —. Me mira e intenta enfocar la vista. Aparentemente incapaz de hacerlo, cierra los ojos de nuevo.

—Por favor, Profesor, ¿no puedo dormir aquí contigo? —gime. —Oh… no con… ah, a tomar por culo —. Bufa de risa, y yo sacudo la cabeza, intentando sopesar las posibilidades que tiene de conseguir llegar hasta su sala común. Las probabilidades son escasas, en el mejor de los casos. Este sería un buen momento para maldecirme por darle alcohol, pero no lo hago. El chico merece agarrarse una buena moña.

—Muy bien, Potter.

—Ojalá me llamaras Harry —dice y luego gime profundamente. Observo como una lengua rosada pasa rápidamente a lo largo de su labio inferior. —Oh, Dios, eso es… oh —. Sus ojos se abren momentáneamente y luego se ponen en blanco. Observo, asombrado y desconcertado, mientras su boca se abre. Al principio, temo que esté sufriendo algún tipo de ataque inducido por el alcohol, hasta que gime: —Mmmm… dedos.

Vale, la jodida butaca. —Potter, apágala —exclamo con impaciencia.

—¿Mm? Abre los ojos otra vez. —Oh… pero… ah, Harry —. Observo cómo recupera lo que queda de su consciencia y me sonríe. Muchacho ridículo. —Creo que bebí demasiado —dice, arrastrando las palabras. Me fuerzo a parecer severo, a pesar de la sonrisa que intenta extenderse por mis labios.

—Vete a la cama.

Contrae la cara en una mueca de concentración y, apoyando las manos en los brazos de la butaca, se ayuda para levantarse. Poniéndose de pie con poca estabilidad, extiende los brazos para guardar el equilibrio. Finalmente da un paso hacia delante y le cojo antes de que se caiga. Alza la vista hacia mí, sobresaltado, y entonces su cara se relaja mientras se yergue de nuevo. Se me ocurre que el chico ha crecido en gran medida, pero no puedo decir desde cuándo. Él inclina la cabeza ligeramente hacia atrás para mirarme y se me corta la respiración. Doy un paso hacia atrás, sosteniéndole con una mano en su hombro. Frunce el ceño.

—Ven conmigo, Potter —digo con voz ronca, y luego le guío a través de la sala de estar a un ritmo demasiado rápido para que pueda seguirlo sin tropezarse. Debería ir más despacio pero, de repente, me invade la urgencia de llevar al chico a la cama a salvo. Una vez que hemos llegado a la cama se sienta y forcejea intentando desabrochar su túnica, antes de suspirar con frustración y tirarse sobre la cama de espaldas. Voy al baño a cambiarme y ponerme mi ropa de dormir.

Cuando vuelvo le veo saliendo del montón de ropa que parece haber desabrochado sólo parcialmente. Sonrío con arrogancia cuando alza la vista hacia mí con orgullo, y le lanzo un camisón de sobra. Cae a sus pies, junto a su túnica. Empieza a desabrocharse los vaqueros. Me entra el pánico y me doy la vuelta, decidiendo preparar el sofá para otra noche sin descanso. Ya tengo bastantes problemas para dormirme sin la imagen de un muchacho borracho y medio desnudo brincando por mi cabeza. Acabo de sacar la manta extra del armario cuando oigo un fuerte “¡Au!” y un golpe sordo. Me asomo por el lado de la cama y veo a Potter en el suelo riéndose tontamente. Olvidó descalzarse antes de quitarse sus pantalones. Juro no volver a darle alcohol al chico nunca más.

Extendiendo la manta sobre el sofá, me armo de valor para la tarea de ayudarle a quitarse la ropa. Intenta incorporarse hasta quedar sentado, y me arrodillo junto a él mientras le miro con el enfado adecuado. Él desiste de intentar sentarse y se vuelve a tumbar en el suelo, relajado y mirándome desde allí.

—Esto es absurdo —gruño, tirando de una deportiva.

—Lo siento —susurra él, pero su sonrisa le traiciona. No lo siente. Pero lo sentirá. Tiro por ahí la primera deportiva y empiezo con la otra.

—¿En qué diablos estabas pensando cuando decidiste beberte media botella de whisky? —le pregunto, tirando la otra deportiva. Suspiro y, dándome mentalmente de patadas por dejar una botella de whisky al lado de un adolescente depresivo, le quito los vaqueros.

—Quería pillarme un pedo —dice alegremente.

—Bueno, entonces, bravo por ti.

Me pongo en pie y cuelgo sus vaqueros sobre el pie de la cama. Cuando me vuelvo hacia él, me quedo fascinado por esa imagen: él, tendido en mi suelo, su camisa medio subida, exponiendo un estómago plano y duro y ese diabólico sendero que desaparece dentro de unos calzoncillos rojos de franela donde… oh, mierda.

Mis ojos vuelven repentinamente a su cara y veo que me está observando, mordiéndose el labio inferior. Se me ocurre, finalmente, cerrar la boca. Cerrando los ojos, inspiro profundamente para fortificarme y alargo la mano para ayudarle a levantarse del suelo. He tratado con la lujuria adolescente en varias ocasiones en las que alumnos idiotas han decidido que todo lo que su mezquino profesor necesita es un poquito de amor. Sin embargo, nunca he tratado el problema tan íntimamente, ni me he excitado mientras lo hacía.

Maldición.

Se levanta y se pone en pie peligrosamente cerca, otra vez. Intento forzarme a moverme, pero me distrae el hecho de que la fina tela de mi camisón no hace nada para ocultar mi excitación. Rezo para que esté demasiado borracho como para darse cuenta. Rechinando los dientes, me obligo a apartarme. Él avanza hacia mí, mirándome fijamente, y parece excepcionalmente sobrio de repente. Mi erección roza contra su estómago y me arranca un grito sofocado. Mi grito encuentra un eco en el suyo.

Me percato de que aún estoy sosteniendo su mano cuando él tira de ella y la acaricia suavemente con sus labios. Abro la boca para protestar, pero no me vienen las palabras. Mi cuerpo se ha puesto rígido —todas y cada una de sus partes. Él me mira y sonríe, soltando mi mano y poniendo las dos suyas sobre mis hombros. Puedo sentir cómo tiembla… o no, soy yo. Maldición. Se pone de puntillas y se aprieta contra mí. Susurra tan cerca de mi boca que casi puedo saborearlo: —He vuelto a soñar contigo esta noche, Profesor.

Sus labios rozan los míos y la palabra “Profesor” resuena en mi cabeza, resucitando a mi petrificada moralidad. Sin aliento, me aparto de él y casi se cae al suelo.

—Potter. Vete a la cama.

Tarda un momento en volver a orientarse. Parpadea, mirándome, y niega con la cabeza. —No quiero. Solo. No.

Si no estuviera absolutamente alucinado por la completa ausencia de vergüenza en su voz, habría tenido la presencia de ánimo de enfadarme. Siendo así, sin embargo, miro al chico fijamente, con incredulidad, y olvido apartarme cuando se aproxima una vez más. Toma mi mano y empieza a guiarme hacia la cama. Cada paso que doy siguiéndole me lleva a un mayor entendimiento de a dónde me está llevando. Se sienta en la cama y libero mi mano de la suya.

—Estás borracho. Duérmete.

—¿Es por eso que tú no… porque estoy borracho?

—Hay un buen número de razones, señor Potter. Razones que estoy seguro verá claramente dentro de unas cuantas horas, por lo que ni me molestaré en enunciarlas ahora. Buenas noches.

Me doy la vuelta y camino hacia el sofá, maldiciendo simultáneamente a mis principios y a mí mismo por casi olvidarlos. ¿En qué diablos estaba yo pensando? No estabas pensando. ¿Y por qué cojones no?

Le oigo volver a tirarse sobre la cama. —¿Profesor? Me siento aliviado al oír un punto de incertidumbre en su voz.

—¿Qué?

—¿Me va a echar de su habitación de una patada otra vez?

—Potter, duérmete —. Suspiro con exasperación y el silencio llena la habitación. No ha pasado mucho tiempo cuando puedo oír su respiración constante. Temo que mi propia respiración nunca se recupere. Maldigo al chico desde el fondo de mi palpitante y acelerado corazón.

 


Notas: el poeta Muggle en cuestión es, por supuesto, Walt Whitman.

 

(1) N. de la T.: ante las diferencias entre las diversas traducciones del poema de Walt Whitman encontradas en Internet, hemos optado por ofrecer nuestra propia traducción.

 

Vuelve