Me despierta el sonido del agua corriendo, un doloroso recordatorio para mi vejiga de que está a punto de estallar. Abro los ojos e inmediatamente reconozco la tenue iluminación de las mazmorras: las habitaciones de Snape. Consulto mi todavía confusa memoria: recuerdo haber venido aquí, haber bebido mucho mientras él corregía exámenes, quedarme dormido en la butaca...

Me incorporo sobre los codos y miro alrededor de la habitación. Al darme cuenta de que mis vaqueros cuelgan del pie de la cama es cuando el recuerdo me golpea. Vuelvo a echarme sobre la almohada.

Oh, me cago en la leche.

Mis labios hormiguean al recordar los suyos y se me hace un nudo en el estómago. Tal vez fue un sueño. Solo un sueño. Por favor, Señor, que haya sido un sueño.

No. En mis sueños él no se aparta.

Oigo cómo se cierra el agua en el baño y cierro los ojos. Quizá, si finjo estar dormido no tendré que enfrentarme a él nunca más. Intento desaparecer con todas mis fuerzas, pero entonces escucho a Hermione decir—: “No te puedes desaparecer dentro del recinto. Hum, ¿soy la única que lee?” Rezo para que Voldemort tome el castillo por asalto y me mate antes de que Snape salga del baño. Ni siquiera ofrecería resistencia. Entregaría mi varita y sonreiría educadamente, esperando a que dijera las palabras. Incluso le agradecería su misericordia.

—Potter. —Demasiado tarde.

¿Sería muy infantil poner la almohada sobre mi cabeza? Abro un ojo cautelosamente. Me acerca un vial de algo. Veneno, muy probablemente. Yo me envenenaría si fuera él. Cojo el vial y alzo la cabeza.

—Es para la resaca—dice con calma. Probablemente quiere que esté perfectamente antes de destruirme. Será más satisfactorio de esa forma.

—No tengo resaca —digo, pero me tomo la poción de todas formas. Desearía tenerla. Tal vez, él sería más benévolo si yo me encontrara mal. Oh, espera. Se trata de Snape. Cuanto peor me encuentro yo más contento está él. Me la bebo con resignación. La poción me quema mientras baja por mi garganta. La sensación se extiende por todo mi cuerpo, consumiendo la niebla que se había establecido misericordiosamente sobre mi memoria. De pronto, todo está muy, muy claro.

Todo el curso de los acontecimientos comienza a proyectarse como las imágenes de una película: todo lo que hice, todo lo que dije. “He vuelto a soñar contigo esta noche, Profesor”. Estúpido imbécil. Estúpido, estúpido... Vuelvo a echarme sobre la almohada y cierro los ojos con fuerza, intentando todavía encontrar una vía de escape. Puedo oírle alejándose de la cama y saliendo de la habitación. Después de unos minutos deseando estar muerto, me levanto y me pongo los vaqueros, casi vomitando al pensar lo que tuvo que haber visto cuando me los quitó.

Oh, bueno, estoy acostumbrado a ser humillado delante de él, ¿verdad?

Hago una muy necesaria visita al baño antes de recoger mis ropas del suelo y dirigirme al cuarto de estar, donde él me está esperando, sin ninguna duda, para amonestarme y echarme fuera de su vida de nuevo. Si tengo suerte, eso será todo lo que haga. Inspirando profundamente, cruzo el umbral y decido arrojarme a sus pies y rogar su perdón si todo lo demás falla.

—Profesor...

—Te perderás el desayuno si no te das prisa. Tienes clase en cuarenta y cinco minutos. —Se entretiene examinando los pergaminos sobre su escritorio y no me dirige la mirada.

—Sobre lo de anoche, Profesor...

Alza la vista y frunce los labios. Le miro a los ojos y me estremezco cuando un repentino recuerdo se abalanza sobre mi conciencia. Él también estaba empalmado. Recuerdo la sensación de él presionando sobre mi estómago. Todas las palabras vuelan de mi cerebro y me arde la cara. Otras partes mí también están bastante calientes.

—Sería inteligente por tu parte olvidar que lo de anoche ocurrió alguna vez.

Oh. Bueno, eso es bueno, ¿no? A menos que eso signifique...

—¿Todo lo de anoche, señor? O sólo... ya sabe. —Soy muy consciente de lo increíblemente estúpido que sueno. Bajo la vista e intento evitar ruborizarme de nuevo. Como no contesta, continúo. Sé que no debería, pero mi boca se mueve sin mi permiso—. Lo siento, Profesor Snape. De verdad. No debería haber bebido tanto. Y realmente siento... cuando yo... eh, intente,... oh, por Dios. Lo siento. —Escondo mi rostro tras las manos. Sí, definitivamente debería callarme. Creo que debería existir un dispositivo que pudiera implantarse en la boca, de forma que paralizara la lengua cuando uno fuera a farfullar sin sentido. Por supuesto, a mí no me estaría permitido volver a hablar de nuevo.

—Potter, vete. Discutiremos esto más tarde.

No debería sentirme aliviado por esto, pero por lo menos puedo entenderlo como que va a hablar conmigo después. Incluso si es para gritarme por abalanzarme sobre él, lo cual merezco, no me está echando. Aún no, de todas formas.

Oh, por Dios. ¿En qué demonios estaba pensando?

Rezongo para mis adentros y me pongo la túnica rápidamente, antes de que empiece a dudar de la sinceridad de mi disculpa. No sabía que era posible sentirse excitado y horrorizado al mismo tiempo. Supongo que eso explica su parte de la historia de anoche. Yo, por otro lado, no tengo ese consuelo.

Camino hacia la puerta y me giro para murmurar: —Nos vemos. —No tenía que sonar como una pregunta, pero de hecho ha sonado así. Joder.

—Que tenga un buen día, señor Potter.

 

 

----------------------------------------------------

 

 

Miro mi plato fijamente e intento no percatarme de que el Profesor Snape no está en el Gran Comedor para la comida. Creo que me está evitando. Yo también me evitaría. Hago dibujos en mi puré de patatas mientras estudio su oferta de hablar más tarde, probando formas distintas en las que la conversación podría devenir.

Señor Potter, ¿cómo pudo siquiera pensar que yo podría estar interesado en tocarle? Usted hace que me entren ganas de vomitar. Lárguese.

Bueno, tal vez no. Después de todo, su interés estaba bastante claro. Mi estómago comienza a girar de nuevo al sentir el fantasma de su erección rozar sobre él. De acuerdo. Sigamos.

Potter, a pesar de que admita estar intrigado por su espontánea oferta de sexo, me asquea que haya caído en semejante muestra de lujuria. No quiero volver a verle nunca fuera de las clases; de hecho, preferiría no tener que verle en clase, pero eso no se puede evitar. Debería estar agradecido de que sus genitales sigan unidos a su cuerpo. Ahora, váyase.

Probablemente se acerca más a lo que él tiene en mente. También está:

Potter, no quise aprovecharme de su estado de embriaguez. Pero ahora que estamos los dos sobrios, sugiero que nos desnudemos y probemos de una vez por todas que los sueños se hacen realidad.

Decididamente no. Pero un chico puede soñar.

—¿Harry? —Alzo la vista de mi plato.

—¿Hm? —Hermione me está echando esa mirada de nuevo. Esa mirada que dice: algo va mal, maldita sea, y voy a averiguar qué es incluso si eso implica desgarrar tu cráneo y diseccionar tu cerebro.

—¿Estás seguro de que estás bien? Apenas has dicho una palabra en toda la mañana. Y tienes aspecto...

—... de que te hayan atropellado —añade Ron amablemente—. ¿Dónde estabas esta mañana? —Intento mantener mi expresión libre de culpa, pero no puedo evitar darme cuenta de que los dos me están mirando con más preocupación de lo normal. Mi cerebro continúa con su nueva salmodia favorita, que no es de ninguna ayuda para intentar encontrar una explicación.

Estúpido imbécil. Estúpido imbécil. Estúpido imbécil.

—Eh...

—Hola, Harry.

Se me para el corazón. Me vuelvo en la silla para ver al Director sonriéndome. Snape no le habrá dicho nada, ¿verdad? Ha nacido un nuevo escenario.

Discutiremos esto más tarde. Por ejemplo, en el despacho del Director mientras me explican por qué me tienen que expulsar.

—Holá (1), P… Profesor Dumbledore. —Brillante, Potter. ¿Por qué no podía Snape haberme enseñado cómo mantener la lengua neutral en lugar de la expresión? Hubiera sido muchísimo más útil.

—Siento interrumpir tu comida, pero me preguntaba si podría tener una palabrita contigo.

Una palabra: “fuera”, “expulsado”...

Asiento y miro de reojo a Hermione y a Ron. —Os veo luego —digo con voz rota, y sigo al Director saliendo del Gran Comedor hacia su despacho.

 

 


Al entrar, miro hacia donde está Fawkes y me pregunto vagamente si las lágrimas de Fénix pueden enmendar la dignidad de uno. No pensé que Snape le iría a Dumbledore con esto. Quizás porque yo estaba borracho en ese momento y fue Snape quien me dio el whisky. Bueno, no sería la primera vez que estoy equivocado respecto a él. Dumbledore me dice que me siente. Camina alrededor de su escritorio y toma también asiento. Tarda una eternidad antes de mirarme sobre sus gafas de media luna y dice: —He recibido una carta del Profesor Snape que te concierne, Harry. ¿Sabes cuál es el motivo?

Oh, Dios. ¿Gryffindors borrachos y calentorros? —No, señor —miento, e intento parecer lo más inocente posible.

—Bien, echa una mirada —dice, alcanzándome un trozo de pergamino en el cual la cuidadosa escritura del Profesor Snape brilla en rojo. El color de mi truncada carrera escolar. Adecuado.

Inspirando profundamente, concentro mi atención en la carta e intento bloquear la voz que grita ¡Corre!

Querido Albus:

Aunque he considerado la posibilidad de que el tema de esta carta sea solicitar un periodo sabático, de forma que pueda ir en busca de mi cordura, no albergo ninguna esperanza de que escuches tan descarado grito de ayuda. Así que permíteme presentarte las pruebas de que tal permiso es necesario bajo la apariencia de otra petición.

He decidido permitir al chico que venga a mis habitaciones, siempre que esté de acuerdo en utilizar el tiempo como periodo de estudio. Quizás se podría llegar a un acuerdo con sus otros profesores para preparar trabajo adicional, dándole la oportunidad de mejorar sus notas. Entiendo que darle clase a Potter es una causa perdida, pero enseñar lo es habitualmente y no voy a pasar mis noches con un chico ignorante. Por favor, haz que traigan un escritorio adicional a mis habitaciones para acomodarle.

Por si necesitas más evidencia de que he perdido la cabeza, solicito que se le preparen excusas razonables para el caso de que Potter se caiga dormido sobre sus deberes de Historia de la Magia. Es proclive a reacciones violentas cuando se le despierta y mi nariz ya es lo bastante grande. Sin mencionar que el chico sufre insomnio y debe aceptar el descanso allí donde se le ofrece.

Debo, por supuesto, insistir en que esto sea confidencial. Si se corre la voz de que le he ayudado, tendrás más de una muerte sobre tu cabeza. Si eliges rehusar estas peticiones y decides reservar una tranquila habitación para mí en San Mungo, te estaré agradecido por siempre.

S. Snape

Con la boca abierta de par en par, leo la nota tres veces antes de alzar la vista y mirar al Director. Estoy helado y completamente confundido. Snape tiene razón; lo que necesitaría exactamente es una habitación en San Mungo. Dumbledore observa mi reacción con tranquila satisfacción.

—Yo no me preocuparía por el tono de la carta, Harry. El Profesor Snape siempre ha sido reacio a mostrar su generosidad.

El tono, por supuesto, no tiene nada que ver con quedarme patidifuso. Aunque llamarme “causa perdida” no ayuda mucho a mi ego, tampoco es algo inesperado. Pero, —Señor, ¿cuándo la escribió?

—La recibí justo después de las doce del mediodía, así que sospecho que no mucho antes. ¿Por qué lo preguntas?

Oh, bueno, intenté echarle un polvo anoche y por eso estoy un poco sorprendido de que, en lugar de prohibirme la entrada a sus habitaciones para siempre, me haya extendido una invitación explícita.

—Eh, es solo que no lo mencionó.

Dumbledore sonríe y, si no supiera que no es posible, diría que lo sabe todo. —No, supongo que no te lo habría mencionado. No hubiera querido darte la impresión de que disfruta con tu compañía. —Los ojos de Dumbledore centellean y yo combato con éxito el rubor que intenta atacar mis mejillas—. ¿Asumo que estás de acuerdo con sus condiciones? ¿Estás preparado para pasar las noches trabajando para ponerte al día en tus clases?

Asiento y trato de no pensar en todas las otras formas en las preferiría pasar mis noches con Snape. Intento apartar una serie de nuevas fantasías y escenarios que han aparecido de repente en mi cabeza. Solo tengo una mínima esperanza, pero incluso un grano de esperanza es suficiente para despertar mi erección. Me remuevo en la silla.

—Muy bien, entonces. Organizaré un programa de estudio con los otros profesores. Espero que tu rendimiento en clase mejore, Harry. El Profesor Snape ha sido muy amable al ofrecer su tiempo y su privacidad para ayudarte. Sería muy desagradecido por tu parte no usar ese tiempo tal y como él solicita.

—Sí, señor —digo en un tono apropiadamente humilde. No es que no me sienta culpable por ser un desastre en mis clases. Lo siento. Es solo que me he sentido culpable durante tanto tiempo y por tantas cosas que tengo que recordarme actuar con más culpabilidad cuando se me pide. Y es irritante que se me recuerde que debería sentirme culpable cuando, de todos modos, me siento así siempre.

Dumbledore me coge el pergamino y lo repasa. —Y... sí, el escritorio adicional. Eso no debería ser ningún problema. Las ausencias de tu habitación. Ya hemos hablado de la importancia de la confidencialidad. Pero tampoco podemos alegar que estás enfermo con demasiada frecuencia sin inspirar sospechas en tus compañeros de clase. Me parece recordar a otro estudiante cuyas ausencias regulares de la escuela despertaron la curiosidad de sus compañeros Gryffindors. Tenemos que ser más cuidadosos esta vez. —Su referencia al Profesor Lupin me hace pensar en Sirius, quien estoy bastante seguro de que me mataría si supiera lo que he hecho. No, tacha eso. Mataría a Snape; incluso aunque no haya sido culpa suya. Una nueva ola de remordimiento. Una ola más profunda que la que normalmente me arrastra.

Dumbledore permanece sentado en silencio durante un momento, sus cejas arrugadas por la concentración. Finalmente, su rostro se relaja y me mira. —Creo que a lo mejor tengo una idea, Harry. No he tenido corazón para expulsar a Fang de la cabaña de Hagrid. He estado yendo allí por las tardes para hacerle compañía al perro. Nuestro nuevo guardián, el señor Rigger, no aprecia las cualidades rústicas de la cabaña ni su proximidad al bosque. Así que está vacía. ¿Qué te parecería pasar unas pocas horas con Fang por la tarde antes de comenzar tus sesiones de estudio?

Estudia mi reacción y me pregunto si parezco tan acojonado cómo me siento. No he pensado mucho en Hagrid, a propósito. He intentado apartar de mi mente la idea de su muerte para evitar volverme realmente loco. Regresar a su cabaña, ver a Fang, significa que no podría seguir fingiendo que ésta no ha ocurrido nunca.

—Harry, lo entenderé si no te sientes capaz.

—¡No! Quiero decir, sí. Es una buena idea. Es solo que... no sabía que Fang estaba todavía ahí fuera. Eso es todo. —Intento sonreír con convicción y decirme a mí mismo que le debo esto a Hagrid. Es lo mínimo que puedo hacer por el hombre que me rescató de los Dursleys. Un pavor insistente se cierne sobre mí.

—Puedo conectar la entrada Flú de Hagrid con tu Sala Común y con las habitaciones del Profesor Snape para que no tengas que cruzar el recinto de noche. Puede que sea necesario tomar medidas de precaución para mantener alejados a los estudiantes curiosos. Puedes hablar a tus amigos sobre tus deberes y si en alguna ocasión una sesión de estudio se alarga hasta la mañana, puedes contarles que te quedaste allí dormido.

Conforme le escucho, siento como un agujero gigante se abre en mi estómago, amenazando con tragarme entero. Me imagino yendo a la cabaña de Hagrid y encontrando el lugar vacío excepto por Fang. Puedo imaginar al perro mirándome fijamente con una mirada acusadora. Mientras he permanecido alejado de la cabaña, he fingido que Hagrid todavía estaba allí y que yo intentaría ir a visitarle al día siguiente si tenía tiempo. Pero si tengo que volver allí, tendré que admitir que es cierto. Él se ha ido. No va a regresar. Y, de alguna forma, es a mí a quien hay que echar la culpa. Mi sangre. Mi culpa. Comienzo a temblar y no puedo parar. Dumbledore se ha dado cuenta y parece preocupado.

—Un poco de frío —murmuro y me rodeo el pecho con los brazos. Dumbledore no está convencido. Era una excusa bastante mala.

—Quizás podrías persuadir a la señorita Granger y al señor Weasley para que te acompañaran esta noche. Puede que así fuera más fácil para ti, Harry, si no trataras de hacerle frente tú solo. Sé que ahora es difícil, pero realmente es mejor enfrentarnos a nuestros miedos mientras éstos son lo suficientemente pequeños como para manejarlos.

—Sí, señor. —Juro que hemos tenido esta conversación antes, pienso con amargura. Y entonces, me siento culpable enseguida. El hombre ha hecho mucho por mí... forzando todo tipo de normas y saltándoselas para adaptarlas a mí. A veces, desearía que no lo hiciera. A veces, desearía que simplemente me dijera que deje de pensar en mí mismo y sea normal. Sus cuidados hacia mí solo me hacen sentir más como un engendro. Solo desearía saber por qué hace todo esto. ¿Lo haría por cualquiera? ¿O es porque soy Harry “El Puñetero Chico Que Vivió” Potter?

Oh, Dios. Sueno como Snape.

Intento ignorar la idea, pero se me fija en la mente. ¿Por qué? ¿Por qué me deja salirme tanto con la mía? —Señor, ¿puedo hacerle una pregunta?

Sonríe y dice—: Creo que la acabas de hacer. Pero puedes hacerme otra, si lo deseas.

—Vale —Cierto. ¿Cómo la formulo? De alguna manera, —¿Por qué es tan indulgente conmigo? —No parece ser la forma correcta de hacerlo. Pero es lo que quiero saber—. ¿Por qué está haciendo todo esto por mí? Quiero decir, yo lo aprecio, pero... bueno. —Muy elocuente, como de costumbre.

Mi voz se va apagando y le miro. Ha comprendido lo que he preguntado y ahora está elaborando un modo muy farragoso de eludir la pregunta. Y cada vez que le hago a este hombre una pregunta, me marcho incluso con más preguntas que no me va a contestar. ¿Por qué me molesto siquiera?

—Harry, no eres el primer estudiante de Hogwarts para el que se hacen arreglos especiales. Y me atrevería a decir que no serás el último. Las normas solo son buenas en tanto que son flexibles. Es necesario hacer concesiones en circunstancias extraordinarias.

Quiero argüir que mis circunstancias no son tan extraordinarias. De pronto recuerdo lo que Snape dijo aquella primera noche en sus habitaciones sobre Malfoy. Pero puedo ver por la expresión del anciano que no dirá nada más. Quizás se hicieron concesiones especiales para Malfoy y el resto de los hijos de los Mortífagos. Yo no lo sabría, ¿verdad? Y ciertamente Dumbledore no me lo va a contar.

—Muy bien, Harry. Lo organizaré para que la entrada Flú de Hagrid esté conectada. Puedes invitar a Hermione y Ron a que te acompañen, si lo deseas, siempre que regresen al castillo a las ocho en punto. Creo que Fang disfrutaría de un agradable paseo por el recinto, pero debo pedirte que tú también estés en el castillo a las ocho. Una simple precaución. ¿Puedo decirle al Profesor Snape que te espere alrededor de las ocho y cuarto?

—Sí. Gracias. —Consigo que las palabras salgan justo antes de que mi boca se seque por completo. Aunque la verdad es que siento curiosidad por lo que sucede en la cabeza de Snape, de alguna forma dudo que sea lo que a mí me gustaría que pensase. A pesar de ese grano de esperanza, la montaña que es la realidad me sepulta.

 

 

Hermione, Ron y yo caminamos con dificultad a través de los terrenos del colegio hacia la cabaña de Hagrid. No hablamos. Sé que ninguno de los dos quería venir, pero aprecio que lo hayan hecho. No podría haberlo hecho solo. Si ellos están allí, tendré alguna distracción. No tendré que pensar en lo mal que me siento por todo esto.

Mi corazón palpita con fuerza al acercarme a la puerta. Puedo oír a Fang aullando en el interior y, en cualquier momento, espero ver a Hagrid abriendo bruscamente la puerta y dándome palmadas en la espalda hasta sacarme todo el aire de dentro. Un alegre “¿Todo bien, Harry?” y una oferta de té y galletas incomestibles. Fang araña la puerta y alzo la mano, conteniendo la necesidad de llamar. Inspirando profundamente, la abro.

Somos recibidos con emoción por el gran danés, que salta como un cachorro y casi nos tira al suelo a los tres. No puedo evitar sonreír. Ha pasado mucho tiempo. Miro alrededor de la estancia y encuentro que casi todo sigue igual. Quizás un poco más limpio (no hay cadáveres medio destrozados de pequeños animales tirados por ahí, esperando ser el alimento de alguna nueva mascota). No hay un montón de pasteles sobre la mesa. No hay ningún Hagrid para comérselos.

Intento ignorar lo real que es la ausencia de Hagrid en la cabaña. Tan solo está fuera cuidando de los animales. Me ha pedido que venga y le eche un vistazo a Fang. Él volverá más tarde. Con la mandíbula apretada, relleno los recipientes de comida y agua de Fang antes de girarme hacia mis amigos. —Dumbledore dijo que deberíamos sacarle a pasear —digo, probablemente con demasiada impaciencia.

—Bueno —comienza Ron; tampoco se le ve muy cómodo.

—En realidad, creo que me apetecería un té —dice Hermione apresuradamente, y cruza la habitación para coger la tetera antes de llenarla con agua hirviendo.

—Claro, buena idea. Té —concuerda Ron, y luego se sienta.

Miro a los dos dubitativamente. Algo pasa. De pronto me siento atrapado. Con desgana, me siento a la mesa enfrente de Ron. Hermione coloca las tazas de té y se sienta en el extremo de la mesa. Ninguno ocupa el sitio habitual de Hagrid. Fang pone su cabeza en mi regazo y yo le acaricio ausentemente, mirando fijamente el interior de mi taza.

Tras un rato, siento sus ojos sobre mí. Alzo la mirada para encontrarme a los dos con idéntica expresión de preocupación en sus rostros. Podría haber sido cómico, si yo no hubiera sido el objeto de su expresión.

—¿Qué? —Se miran el uno al otro. Hermione se muerde el labio inferior.

—Harry —comienza Ron. Puedo ver cómo intenta decidir qué decir—, Hermione y yo... —Mira un segundo con desesperación a Hermione, que se ha puesto roja.

—Oh —digo mientras me inunda la comprensión. Sonrío—. Está bien. Esperaba que finalmente salierais juntos. —Se quedan boquiabiertos y me río—. Bueno, los dos ya os peleáis cómo una pareja.

—¡No! Harry... no es eso... —Toda la sangre del cuerpo de Ron se le ha subido a la cara. Entierra la cabeza entre sus brazos—. Hermione, díselo tú.

Ella cierra los ojos y respira profundamente. —Usamos tu capa de invisibilidad y te seguimos anoche. Lo siento. —Tardo un momento en asimilar las palabras. Mi capa. Me siguier... oh, Dios.

Mi garganta se cierra y me ahogo diciendo: —Seguirme, ¿a dónde?

Ron suspira y levanta la vista. —A la oficina de Snape. Harry, ¿qué está pasando?

—¿Cómo pudisteis hacer eso? —grito. La expresión de Ron se endurece.

—Bueno, no íbamos a averiguar por ti qué iba mal. Ya nunca nos cuentas nada.

—Oh, perdón. No me di cuenta de que fuera de vuestra maldita incumbencia.

—Tienes razón. Ni siquiera sé por qué estaba preocupado. Oh, quizás porque eres mi mejor amigo. O al menos eso pensaba. Pero ahora que tienes a Snape ¡imagino que ya no me necesitas más! Vamos, Hermione. —Se pone en pie, casi tirando la silla.

Durante un momento, quiero que se vayan los dos. Entonces, alguna parte lógica de mí comienza a preocuparse sobre lo que podrían contar a otras personas. El mero hecho de que Snape y yo nos conozcamos fuera de clase tiene que ser un secreto. Incluso si no lo saben todo, lo que pudieran haber escuchado por casualidad de la discusión de anoche podría ser suficiente para levantar las sospechas del colegio entero. Bajo la cara hacia mis manos, dividido entre el miedo y la ira y, por supuesto, la culpa.

—Harry —dice Hermione con voz ronca. Me sobresalto cuando siento el tacto de su mano sobre la mía—, estamos realmente preocupados. —Ron resopla—. Nosotros solo... bueno, no duermes últimamente. Sé que nos dijiste que pasabas las noches en la biblioteca, pero tus apuntes son terribles. —La fulmino con la mirada. Frunce los labios y me lanza una mirada de “a ver si te atreves a negarlo”—. Es verdad. Y ayer... bueno, parecías tan disgustado. Queríamos asegurarnos de que estabas bien.

No sé qué decir. No sé si ponerme a gritar o a llorar como un bebé. Me decido por suspirar y las palabras “lo siento” brotan de mi boca. Oigo como Ron se desliza de nuevo en su asiento. —¿Qué oísteis?

—Todo. Hermione encontró un hechizo para escuchar a hurtadillas. —Alzo la vista y él sonríe débilmente—. Se puso hecha una furia cuando te oyó hablarle de ese modo. —Me río suavemente intentando imaginar la expresión de su cara. Ron frunce el ceño de pronto. —¿Lo hiciste? Quiero decir, no, eh... no pasaste la noche con él, ¿verdad?

Asiento débilmente e intento apartar de mí el recuerdo de anoche. Una situación horrible a la vez es todo con lo que puedo lidiar. Ron me mira boquiabierto y, de pronto, me doy cuenta de lo que me estaba preguntando. —No. ¡No es eso! Quiero decir, él no haría... nosotros no hicimos... ¡Por Dios, Ron! —Me siento febril y repentinamente me entran nauseas.

Ron parece aliviado. Sonríe. Hermione no está sonriendo. Parece que esté resolviendo un rompecabezas. Me aferro a la esperanza de que tenga algo que ver con sus deberes de Aritmancia. Abre la boca para hablar y la interrumpo. —Mirad, se supone que nadie tiene que saber nada sobre esto. Ninguno de vosotros dos puede decir nada a nadie.

Ron pone los ojos en blanco. Hermione frunce el ceño. Me mira con dureza y dice—: De acuerdo. Pero la poca información que tengo sobre esto me va a volver loca. ¿Por qué estás durmiendo en las habitaciones de Snape? ¿Por qué estabas tan enfadado ayer? ¿Te dio de beber alcohol? ¿Cuánto tiempo hace que...?

—¡Hermione! —la interrumpe Ron. Se lo agradezco silenciosamente—. Bah, déjale responder. —Retiro mi agradecimiento.

Tengo claro que Hermione no me va a dejar vivir en paz hasta que lo sepa. Y en cuanto a Ron, tan solo está dejando que ella sea la voz de su propia curiosidad. He mantenido todo esto en secreto durante tanto tiempo, que me pregunto si no será en parte el motivo de que haya estado tan jodidamente deprimido. Comienzo a contarles todo, comenzando por el entrenamiento extra. O casi todo, excluyo la parte en la que intento echarle un polvo a mi profesor. No creo que Ron sobreviviera a eso. No creo que yo pudiera sobrevivir a contarlo. Muerte por humillación. Ninguno de los dos habla, a pesar de que puedo ver a Hermione apretando la mandíbula para no preguntar más. Cuando he terminado, me siento unos mil kilos más ligero.

—Caramba, Harry. No sé si sentirlo por ti, por haber tenido que pasar todo ese tiempo con Snape, o estar impresionado. Sabía que Dumbledore estaba un poco ido, pero no me había dado cuenta hasta ahora de cuánto —dice Ron, negando con la cabeza.

—No fue tan malo. Quiero decir, al principio estaba bastante acojonado, pero luego llegué a conocerle. —Mentira. No sé nada de él. ¿Pero de qué otro modo voy a explicar por qué busco la compañía de un completo bastardo? Que en realidad me gusta el imbécil grasiento, tanto, que de hecho, prácticamente me lancé en sus brazos. Me estremezco interiormente y aparto de mi mente ese pensamiento. Ron me observa fijamente con incredulidad. Me río.

—Vale. Es un completo bastardo. Supongo que ya me he acostumbrado. En realidad es bastante divertido... de una forma mezquina.

Ron mira a Hermione con fingida gravedad. —Se ha vuelto loco. —Ella sonríe—. No lo sé, Harry. Ayer en clase no te estabas riendo. —Frunzo los labios ante el recuerdo de la traición de Snape. Supongo que reaccioné de una forma exagerada. Quiero decir, en realidad él no fue y le contó directamente a todo el mundo que soy gay. En aquel momento, sentí que lo había hecho. Me encojo de hombros sin saber qué más decir. Obviamente, no puedo explicar por qué me molestó tanto.

Hermione está pensando de nuevo. Realmente desearía que dejara de hacer eso. Echa una mirada a Ron y parece que los dos estén manteniendo una conversación silenciosa. Ron le mira enfurecido y ella se gira.

—¿Qué? —pregunto estúpidamente. Estoy bastante seguro de que no quiero saber lo que están pensando.

Hermione mira de nuevo a Ron, que ha devuelto la mirada hacia la mesa. Ella respira hondo. —Lo que el Profesor Snape dijo ayer, ya sabes, lo de que estabas mirando a Seamus. Sólo quiero que sepas que, uhm, si tú fueras, quiero decir, nosotros no… no es… —Su voz se apaga, ruborizándose ella de un rojo furioso.

Ron suspira con impaciencia. —Si eres gay, nos lo puedes contar —murmura rápidamente.

No sé si sentirme aliviado u horrorizado. —¿Lo sabe todo el mundo? —digo con voz ronca. Ya puedo ver los titulares: El Chico Gay Que Vivió, por Rita Skeeter.

—¡No! —me asegura Hermione rápidamente—. Quiero decir, todo el mundo supone que Snape estaba siendo… bueno, Snape. En realidad, nosotros no pensamos nada hasta, ya sabes, tu discusión con él. Estabas tan enfadado. —Asiento. No soy capaz de mirar a Ron. Casi siento la necesidad de disculparme, aunque no estoy muy seguro de la razón.

—Harry, no es para tanto. —Miro a Ron, que sonríe de oreja a oreja—. Pero… eh, Seamus no es... ya sabes, está con Lavender.

Gimo. —Por Dios, Ron, no me gusta. Sólo estaba mirando. —Oculto el rostro entre las manos y añado—: Tampoco es que pudiera ver algo a través de su túnica. —Ron casi se ahoga y me río.

Hermione entrecierra los ojos. —Harry, quiero que nos prometas que nunca nos volverás a ocultar nada. Puedo averiguar cómo hacer el suero de la verdad, ¿sabes? —Muestra una amplia sonrisa cuando me quedo boquiabierto. Se lo prometo, pero mentalmente cruzo los dedos (es sólo que hay algunas cosas que no necesitan saber).

En la hora que nos queda, decidimos sacar a Fang de paseo por el recinto. Hablo y río con ellos como si no les hubiera visto en meses. De alguna forma, no les he visto. Cuando llega su hora de regresar, me despido de ellos a regañadientes. Al alcanzar la puerta de la cabaña de Hagrid, intento combatir el pánico que me invade al pensar en estar allí solo, incluso si es sólo durante quince minutos. Desafortunadamente, lo que me espera al final de esos quince minutos no es ningún alivio. La aprensión que siento por mi inminente discusión con Snape une fuerzas con el pánico que siento por estar solo en este lugar, derrotando con éxito al alivio y alegría que he sentido con Ron y Hermione.

Pasa una eternidad entre las veces que miro el reloj. Casi creo que el reloj está roto, cuando me doy cuenta de que la eternidad solo ha durado un minuto o así. Acaricio a Fang para distraerme de la mejor forma que puedo. Cada crujido de la casa asentándose, el sonido del viento soplando, me asustan hasta casi hacerme morir de miedo. Uno pensaría que después de haber vivido con fantasmas durante cinco años, estaría curado de espanto. Y, ¿de qué, exactamente, estoy asustado?

Cuando son las ocho y cuarto, casi corro hacia la red Flú sin usar el polvo. Afortunadamente, me detengo justo antes de saltar dentro. Me doy cuenta de que prefiero bastante más enfrentarme a Snape, y a la completa humillación que traerá el encuentro, que a la casa vacía y encantada por el recuerdo de un viejo amigo. Me siento avergonzado.

Saco de mi mochila la lata de polvos Flú que Dumbledore me dio esta tarde. Lanzo un puñado, y observo cómo las llamas se vuelven verdes. Susurrando una disculpa hacia la casa, doy un paso hacia el hogar.

—Habitaciones del Profesor Snape.

Me traga, llevándome, y casi instantáneamente me transporta a sus habitaciones, donde salgo a trompicones de la chimenea y aterrizo hecho un montón sobre el suelo, a sus pies. Alzo la mirada, para encontrarle sonriéndome desde arriba con suficiencia, por encima de un libro.

—Enhorabuena por otro suave aterrizaje, Potter.

 

 

----------------------------------------------------

 

 

Me pongo de pie y me enderezo las gafas. —Lo siento —refunfuño. Me pregunto cuántas veces voy a tener que repetir esa palabra antes de que finalice el día de una vez. Si alguna vez consigo hacer algo delante de este hombre que no sea agonizantemente humillante, será un milagro. Me quedo de pie, congelado en el sitio. No creo que jamás me haya sentido más incómodo en toda mi vida. No puedo mirarle, así que clavo la vista en el suelo y me preparo para otro momento embarazoso.

—¿Qué has traído para trabajar? —Le miro a mi pesar. Mi mente se acelera para procesar la pregunta.

—Eh... tengo lectura de cartas del tarot para el lunes. Y luego el capítulo para su clase. Esto es todo. El Profesor Dumbledore todavía no me ha dado el programa de estudio.

—Tu mesa está por allí. —Hace una seña con la mano por detrás de su cabeza. Veo un pequeño escritorio enfrente del suyo—. Te aconsejaría que repasaras meticulosamente el capítulo para mi clase. Puede que no lo estés haciendo peor pero, ciertamente, podrías hacerlo mejor. En cuanto a Adivinación, bueno, no puedo imaginar por qué estás dando esa basura de curso, pero sospecho que no será demasiado duro inventarse alguna tontería que apacigüe a ese viejo murciélago.

Me sorprendo a mí mismo riendo. —De todas formas, es lo que hago normalmente. Mientras muera una vez por semana, parece estar suficientemente contenta—. Mi sonrisa se desvanece cuando veo su expresión pétrea. Creo ver ira en su mirada. Supongo que no está de humor para charlar. Ahogo un nudo que tengo en la garganta y me armo de valor para recibir un ataque.

—Ponte a trabajar, Potter —dice con voz queda. Recojo mi mochila y me pongo en marcha enseguida, obviando que hoy es viernes por la noche y que tengo todo el fin de semana para hacer mis deberes. Sólo me siento agradecido por haber pensado en traerme mi bolsa, por si acaso. Sentado a mi nueva mesa, comienzo con Pociones, ya que parece la más apremiante. Me resulta difícil concentrarme mientras intento calmar el estómago, revuelto por mi creciente aprensión. Comienzo a copiar prácticamente cada palabra del libro sólo para mantener la concentración. No sé cuánto tiempo ha pasado, cuando él pone una taza de té delante de mí. Me estremezco al ser consciente de su repentina presencia detrás de mí. Se aleja.

—¿Qué? ¿Hoy no hay whisky? —digo con un poco de humor, esperando disipar parte de la tensión que está amenazando con aplastarme. Él no parece divertido. Cojo la taza para esconder otra ola de turbación. Me encojo cuando el líquido me escalda la lengua. Se sienta ante su escritorio y me congela con una fría mirada.

—¿Es necesario que te diga que no volverá a suceder jamás?

Niego con la cabeza e intento con por todos los medios abrir mi garganta. —Lo siento —me las arreglo para decir con voz rota.

—¿Qué es lo que sientes, Potter?

—¿Señor? —Oh, no. Por favor, no me haga decirlo. Lucho contra el impulso de volver a colocar la cabeza en su posición aparentemente natural, sobre la mesa.

—Me gustaría saber por qué, específicamente, te estás disculpando.

Vale. Me está torturando. Era de esperar. Me lo merezco. —Eh... —Comienzo tan bien—. Por... (quedar como un imbécil) hacerle sentir incómodo, señor. —Le miro de reojo y llego a la conclusión de que no he respondido a esa pregunta correctamente—. Y... eh, ¿por beberme todo su whisky? —Se supone que eso no debía ser una pregunta, ¿no? Maldición. ¿Qué es lo que quiere oír?

Después de una larga y dura mirada, que puedo sentir perforándome la coronilla mientas agacho la cabeza, se ríe amargamente. Miro hacia arriba para ver que ha enterrado el rostro entre sus manos. Lucho contra la urgencia de consolarle. Dios, realmente soy un imbécil. Sigo su ejemplo, decidiendo que las manos son un sustituto perfectamente válido para la mesa. —Mire —digo hacia mis palmas; mi yo más inteligente me dice que me calle—. Lo siento... por todo. Fue estúpido por mi parte pensar que... quiero decir, yo sabía que usted no haría... no sé por qué...

—Potter, cállate. —Casi se lo agradezco—. ¿Es necesario decir que si alguien averigua lo que ocurrió, yo perdería mi empleo?

Le miro boquiabierto. —Pero usted no hizo nada. —Tengo que admitir que eso ni se me había ocurrido. Y tiene aspecto de estar muy cabreado por ello.

—Uhm, repasemos el curso de los acontecimientos, ¿te parece? Animé y permití beber a un alumno en mis habitaciones. En lugar de insistir en que regresara a su dormitorio, le consentí quedarse. Desvestí a un chico de quince años y luego casi le permití que me besara.

—Así no fue cómo pasó. Usted me detuvo. —Me arde la cara.

—No lo suficientemente pronto.

—¡Demasiado pronto! —grito, y su rostro se congela. Repaso mi réplica. Por algún motivo no suena exactamente como se suponía—. ¡No! Quiero decir, eso no es... —Mi cabeza encuentra la mesa con un débil sonido sordo. Decido no volver a levantarla... o a hablar. Nunca. Jamás.

—Potter, no importa lo que ocurriera en realidad. Esa es la versión de los hechos que vería la Junta del Consejo Escolar. Yo soy un adulto, tu profesor. Tú eres un chico de quince años. La culpa recae sobre mí.

—Lo siento tanto —murmuro, rompiendo mi voto, tan pronto después de haberlo hecho. Pero no tengo demasiadas probabilidades de fastidiar esas palabras. Me salen tan naturales como el respirar.

—Igual que yo. —Su voz se resquebraja. Igual que mi esternón. Levanto la cabeza.

—Dios, usted no tiene que... quiero decir, por favor, no lo esté. —Preferiría que me odiara y que me expulsara de su vida. Se me ocurre de pronto que la versión de los hechos que ha narrado es la suya propia. Se me hace un nudo en el estómago y me siento invadido por una urgente necesidad de hacerle sentir mejor—. Puede que tenga quince años, pero sabía lo que estaba haciendo... quiero decir, fui yo quien lo hizo. Todo. Y no hice nada que no... —Se estremece y me detengo. No le estoy haciendo sentir mejor y he hecho diez veces más el idiota. Brillante, Potter.

No hablamos durante un largo rato. Él apoya la cabeza sobre una mano y yo miro fijamente hacia mi libro de pociones, que lo mismo podría estar escrito en japonés, por el sentido que le encuentro. Hurgo en mi cabeza intentando dar con algo que decir que haga desaparecer esta situación. Que se lleve su sentimiento de culpa. Señor, qué estúpido por mi parte. Nunca debería haber bebido tanto. No debería haberle pedido que me dejara quedarme. Yo debería haberme quitado mis jodidos zapatos.
Pero no lo hice. Y no puedo cambiarlo. De repente, me siento inspirado para hablar de nuevo. Sólo ruego que acierte.

—Sé cómo funciona, Profesor. Repasa la escena en su cabeza una y otra vez y piensa en todos los errores que cometió... —Reconoce sus palabras y me mira con furia. Sonrío con suficiencia—... deseando haberse llevado consigo la botella, deseando haberme enviado a mi habitación, deseando...

—Potter, ponte a estudiar. —Intenta parecer enfadado pero puedo discernir que no lo está. Veo como la comisura de su boca se curva hacia arriba. De pronto, siento que el aire se hace respirable e inspiro profundamente.

Frunzo el ceño para intentar parecer serio. —Lo haré. Pero, Snape, tiene que dejar de hacer esto. O acabará como yo. —Casi se me para el corazón cuando le veo sonreír. Una sonrisa de verdad. Con dientes. Casi me ruborizo, pero sonrío en vez de eso.

Me lanza una mirada severa. —Repase. —Reprimo con éxito el impulso de sacarle la lengua.

Regreso a mi libro de pociones. Se me ocurre preguntarle por qué demonios ha organizado estas sesiones de estudio, pero mantengo la boca cerrada, en parte asustado de que cambie de idea.

—Y diez puntos menos para Gryffindor, Potter, por ser un niñato insolente.

—Diez puntos menos para Slytherin, Profesor, por obligarme a hacer deberes en viernes. —Le echo una rápida mirada y él sonríe con suficiencia. Me estremezco.

—Si tu libro de pociones no te interesa, tal vez podríamos discutir tus sueños.

Mi cabeza recuerda su lugar en el mundo. Él se ríe.

 

(1) N. de la T.: En el original “Hullo”. Expresión inglesa para decir hola, que se pronuncia de forma distinta a “hello”, pero que significa lo mismo, motivo por el cual la hemos traducido por “holá”.

 

Vuelve