-Potter, despierta.

Él abre los ojos y bosteza. -¿Qué hora es? -. Busca sus gafas a tientas. Se las alcanzo.

-Mediodía –digo, tragándome la bilis que me quema la garganta. No puedo recordar la última vez que dormí hasta más tarde de las siete en punto. Mi cuerpo no podría haber elegido un momento más inoportuno para romper su rutina. Espero a que la consciencia se abra paso en sus facciones. Por fin lo hace y él salta de la cama como un rayo, casi llevándome por delante.

-Oh, mierda –dice, y entonces recuerda dónde está-. Lo siento. Yo… entrenamiento de Quidditch. Angelina.

Quidditch. Antes de recordarle que es un fin de semana de visita a Hogsmeade, tengo que contenerme para no lanzarle una maldición por atreverse a pensar en un estúpido juego a pesar del hecho de que voy a perder mi empleo.

-Espere. Hoy no hay Quidditch -. Suspira pesadamente y se vuelve a tirar sobre mi cama.

Mi cama. Mi habitación. Mi empleo.

Reprimo un repentino impulso hacia la violencia y murmuro: -Ven conmigo, Potter. Tenemos que ir a hablar con el Director -. Tengo la boca seca y siento como si mi cabeza estuviera unida a mi cuerpo por un hilo. Me recuerdo a mí mismo que no necesito este trabajo y que lo más probable es que fuera más feliz sin él. Me digo que soy un mago totalmente formado y probablemente capaz de mantenerme con vida sin la protección de Dumbledore. Trato de calmar la feroz bestia sin nombre que está clavando sus garras en mis entrañas, recordándome que lo que he hecho ha sido amable y considerado. He ayudado a un chico desesperado.

Esto último no me está ayudando. Creo que podría vomitar ahora mismo.

-¿Por qué tenemos que ir a ver a Dumbledore?-. Parece asustado y estoy bastante seguro de que no es porque esté preocupado por mi bienestar.

-Porque tu ausencia se habrá hecho notar. Sospecho que ya han organizado un equipo de búsqueda-. Y tal vez, si la historia la cuentas tú, puede que sólo me despidan y no me envíen a prisión bajo el cargo de estupro.

Me mira fijamente por un momento y veo cómo se queda con la boca abierta. –Profesor, ¿está usted…? Quiero decir, ¿puede meterse en problemas por mí… eh…?

-No, es perfectamente normal que el profesorado de Hogwarts invite a alumnos menores de edad a pasar la noche en sus aposentos privados. Quizás has notado el torrente de muchachos de primer curso que sale de las habitaciones de McGonagall cada mañana-. Hago una pausa para saborear el fuerte rubor de sus mejillas antes de darme la vuelta. Empiezo a andar hacia la puerta, intentando desesperadamente decidir qué le voy a decir a Dumbledore.

Albus, el chico se engaña a sí mismo pensando que soy un hombro en el qué llorar, y es enteramente culpa tuya por forzarnos a trabajar juntos, despojándome de ese modo de mi poder para intimidarle. Ha tenido la osadía de ponerse sentimental en mi presencia en dos ocasiones diferentes y exijo que sea castigado.

Por alguna razón, no creo que eso funcione. Rezo en silencio pidiendo ser capaz de encontrar una buena razón para haber permitido al chico dormir en mis habitaciones antes de llegar a la oficina del Director. Es un largo camino. Puede que tenga suerte. Ignorando una voz socarrona dentro de mi cabeza que me canta “Te lo dije”, abro la puerta.

Y casi me muero de un infarto. Maldita sea mi suerte.

-Buenas tardes, Severus. ¿O debería decir “buenos días”?

Puedo sentir cómo la culpa y el pánico deforman mis facciones e, instintivamente, empiezo a redactar mi testamento. Inmediatamente, siento que mi cara vuelve a su expresión sobria habitual. Intento no suspirar de alivio.

-Hola, Harry-. Dumbledore me roza al pasar a mi lado y me vuelvo para ver que a Potter no le ha ido tan bien como a mí. Si yo fuera Dumbledore, me encerraría sin previo juicio sólo viendo la cara del chico. Observo cómo lucha por encontrar algo que decir y le maldigo en silencio. Me doy cuenta, con un vago sentimiento de amargura, de que no ha aprendido nada durante el verano. No sirve absolutamente para nada que sea capaz de mantener el rostro impasible ante mí si se derrumba en el momento en que se hace necesario mantener una apariencia calmada.

-Profesor Dumbledore, ha sido culpa mía. El Profesor Snape me encontró en los pasillos anoche y me trajo aquí para castigarme.

Yo, Severus Snape, estando en plena posesión de mis facultades…

-Él me dijo que podía quedarme si intentaba dormir. Bueno, no pensé que me fuera a quedar dormido de verdad…

YO, SEVERUS SNAPE, ESTANDO EN PLENA POSESIÓN…

-Pero lo hice. Lo siento. No debimos dormir durante tanto tiempo. No es que nosotros… juntos, ya sabe, ah…

A la mierda. Mátame ahora.

Decido mantener los ojos cerrados en espera del beso del Dementor. Prefiero no verlo venir. En conjunto, he llevado una vida plena. He empleado mis mejores esfuerzos en formar mentes jóvenes –a pesar de lo desmoralizante que ha sido la experiencia. He sido temido y respetado por miles de idiotas descerebrados, algunos de los cuales han llegado a convertirse en zánganos estúpidos que ocupan posiciones de poder. He cometido errores, pero me he redimido a través del auto sacrificio y de años de tormento por el Bien de la Sociedad. Empiezo a esperar con anhelo el largo descanso que supongo me sobrevendrá una vez que mi alma haya sido absorbida de mi cuerpo sin ceremonia alguna. Me convenzo a mí mismo de que vivir sin alma no puede ser mucho más doloroso que vivir con ella.

Oigo cómo Dumbledore se aclara la garganta. Y entonces le oigo reír. A carcajadas. Mis ojos se abren de repente. Veo a Potter cubriéndose la cara con las manos, Dumbledore a su lado, hipando y tratando de coger aire. Estoy anonadado y, lo admito, asustado. Este hombre es demasiado viejo para reírse de esa forma. Potter levanta su cara sonrojada y frunce el ceño con preocupación.

-Disculpadme –dice el Director, por fin. Suspira y su rostro vuelve a adoptar esa expresión horriblemente suave. –Harry, ten la seguridad de que ni tú ni el Profesor Snape estáis en apuros –La cara del chico se inunda de alivio. Siento una punzada de sospecha que me atraviesa el estómago. –Le dije al señor Weasley y a la señorita Granger que te pusiste enfermo anoche y dormiste en la enfermería. Creo que sería prudente que nos atuviéramos a esa historia.

Potter asiente estúpidamente. Dumbledore parece satisfecho de sí mismo. Normalmente lo parece.

-Sospeché que os encontraría a los dos juntos cuando Severus no se presentó al desayuno. Mis sospechas se confirmaron gracias a cierto mapa que confisqué el año pasado al señor Crouch. Me sentí aliviado al veros a los dos durmiendo profundamente. Me atrevería a decir que ninguno de los dos había dormido tan bien en todo el trimestre -. El chico vuelve los ojos hacia mí y yo, como un tonto, intento leer la mente de Dumbledore. Trama algo. Puedo verlo en su tono y en ese maldito destello en sus ojos. De repente, me pregunto en qué clase de peón me he convertido inadvertidamente. Me muerdo la lengua para contener mi rabia.

-Harry, ahora deberías volver rápidamente a tu dormitorio. Si lo deseas, la profesora McGonagall te escoltará a Hogsmeade para reunirte con tus amigos.

Potter sonríe y le da las gracias al Director. Su sonrisa se vuelve avergonzada cuando se vuelve hacia mí. Se sonroja. –Gracias, Profesor-. Baja la mirada y camina apresuradamente hacia la puerta. Sin mirar atrás. Observo cómo la puerta se cierra tras él y luego me vuelvo hacia el anciano.

-Lo siento, Albus. No debí haberle dejado quedarse. No volverá a ocurrir.

-Tonterías, Severus. Me agrada que pueda recurrir a ti.

Mierda.

-No estoy capacitado para ser el consejero del chico, Albus. Y, después de ver sus resultados del trimestre pasado, tengo serias dudas sobre la conveniencia de seguir fomentando su comportamiento ofreciéndole un trato especial. Si insistes en que el muchacho continúe entrenándose, sugeriría que lo hiciéramos durante las horas normales de clase. Soy su profesor, no su amigo. El chico tiene dificultades para recordarlo-. Mis palabras son inútiles, por supuesto. Este hombre nunca escucha nada de lo que digo. Al final, haré lo que él quiera porque es Albus Dumbledore, el hombre más reverenciado en el mundo de los Magos. Y yo soy Severus Snape, su lacayo. No por primera vez, la ironía me golpea con fuerza. He cambiado un régimen opresivo por otro. Un esclavo, tanto en el cielo como en el infierno.

Él no dice nada durante un largo rato. Odio sus silencios contemplativos. Me deja sufriendo un rato mientras compone cuidadosamente su negativa a mi petición.

Sólo dime que me vaya a la mierda, y acabemos de una vez.

-Severus, me preguntaba si podrías venir a tomar el té en mi oficina esta tarde.

Me retraigo visiblemente y él finge no notarlo. Si abro la boca, estoy seguro de que acabaré metido en Azkaban durante mucho tiempo. Me agarro las manos con fuerza detrás de la espalda para evitar que cojan mi varita. Tengo cuidado de no establecer contacto visual, no sea que, accidentalmente, vuele a este hombre en mil pedazos titilantes.

-Sobre las cuatro estaría bien, Severus-. Sonríe y me desea un buen día.

 



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Salgo del pasadizo que lleva a la oficina de Dumbledore y me apoyo contra una pared para tranquilizarme. Me ha invitado a tomar el té en numerosas ocasiones. A lo largo de los años, me he acostumbrado a dejar la oficina de este hombre sintiendo nauseas y furia. Sin embargo, no estoy acostumbrado a sentirme como si, de repente, el mundo se hubiera sumido en el caos. Supongo que debería agradecer la novedad.

“Creo que es hora de que conozcas la verdad sobre Harry”.

Podría haberme echado a reír ante esa afirmación de no ser por la gravedad en los ojos de Dumbledore. La verdad sobre Harry. Se me ocurre que podría ser el título de algún musical Muggle poco conocido. Me imagino un coro de Gryffindors cantando el primer número, “El Niño Que Vivió”. Una fila de Weasleys vestidos con resplandecientes pantalones cortos dorados cruzan bailando el can-can por mi imaginación. Me estremezco y corto rápidamente esa línea de pensamiento, antes de que Voldemort entre en escena y empiece su solo, “Este Potter Debe Morir”.

¡Hosanna! ¡Superstar!

Oh, Dios. Me he vuelto loco.

Inspiro profundamente para coger fuerzas y me encamino hacia las mazmorras. Puedo oír a los alumnos que van llenando el Gran Vestíbulo al volver de su visita a Hogsmeade. Adopto mi expresión más intimidante y camino con paso decidido. Normalmente, me complace sobremanera ver cómo los niñatos se encogen acobardados ante mí, apartándose de un salto de mi camino, aplastándose contra las paredes para evitarme; pero ahora apenas lo noto. Atisbo un destello de pelo rojo y acelero el paso. Donde esté Weasley, Potter no puede andar muy lejos. Y no estoy completamente seguro de cómo me afectaría un enfrentamiento con él justo ahora.

Llego a mis aposentos en tiempo récord y voy directamente a mi dormitorio, donde tengo intención de pasar el resto de la noche mirando al techo, ausente. Cuando me voy a tumbar, veo la capa del chico hecha un ovillo al lado de mi almohada. Se me ocurre que volverá a buscarla e intento luchar contra un mal presentimiento. Me maldigo a mí mismo por tener miedo del mocoso. Hubo un tiempo en que fui capaz de engañar a uno de los magos oscuros más poderosos de todos los tiempos. Ciertamente, puedo manejar a un muchacho adolescente con un rostro inexpresivo.

“Lo que voy a contarte, Severus, no puede saberlo el chico”.

Como si hiciera falta que dijera eso. Preferiría cortarme el cuello antes que ser yo quien se lo dijera. Sería una experiencia mucho más placentera, creo. Aunque admito que disfruto provocando al muchacho, intento evitar cualquier emoción más profunda que la rabia adolescente -lo cual me recuerda la razón por la que esa jodida capa está sobre mi cama. Mi repentina necesidad de ponerme en posición horizontal es reemplazada por una repentina necesidad de emborracharme como una cuba.

Me siento en el sofá de mi habitación con una botella de brandy y un libro. En realidad no tengo intención de leer el libro, pero servirá muy bien como lugar donde enfocar la mirada mientras revivo la última de las conversaciones con Dumbledore que han cambiado mi vida. El brandy me permitirá luego reírme amargamente ante la desesperación inherente a esta situación: si Potter muere, Voldemort obtendrá finalmente la verdadera inmortalidad; si Voldemort muere, Potter también muere. ¡Ja!

No es suficiente brandy. Aún no es gracioso.

“Mi intención es proteger al chico mientras viva, Severus. Cuando llegue el momento, Harry tendrá que ante sí una elección muy difícil. Me gustaría que estuvieras a su lado cuando tenga que elegir”.

Hace mucho tiempo que dejé de preguntar “¿Por qué yo?”. Conseguí evitar preguntarlo en la oficina de Dumbledore. Pero ahora vuelve para atormentarme. Y me gustaría que alguien me diera una respuesta, joder. Una fina línea, dijo él. Y tan fina.

Me gustaría abrirle una fina línea en el centro de su viejo cráneo. Debí haberme imaginado cuando me eligió para esta tarea que no lo hacía por mi extenso conocimiento de las Artes Oscuras. Ahora se me ocurre que el entrenamiento en sí nunca fue nada más que un “intentemos mantener a Potter ocupado para que no ande por ahí haciendo que le maten, convirtiendo de esa forma un Señor Oscuro temporal en un problema permanente”.

Me sirvo un segundo vaso de brandy y me lo bebo de un trago, volviéndolo a llenar inmediatamente. A la mitad del tercer vaso me asalta un pensamiento repentino: para salvar la vida de Potter, el mundo mágico debe mantener a Voldemort a salvo del chico. Harry Potter es el peor enemigo de sí mismo.

Me río amargamente y dejo mi vaso.

Al menos eso no ha cambiado.

 


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No sé cuánto tiempo he estado sentado aquí cuando llaman a la puerta. El tiempo suficiente para haber estudiado mi conversación con Dumbledore al menos diez mil veces; dándole vueltas y vueltas de arriba abajo, buscando un resquicio de esperanza. No lo he encontrado, pero seguro que lo intentaré de nuevo más tarde –así de optimista me he vuelto de repente. Llaman insistentemente y me acerco a la puerta. No tengo que preguntarme quién será.

Me saluda con un nervioso “Hola”. Me aparto para dejarle pasar. Cerrando la puerta, me recuerdo a mí mismo que se supone que tengo que comportarme como si nada hubiera cambiado. Se supone que tengo que seguir como antes, a pesar de la carga añadida sobre mi conciencia. Tomo aire profundamente y me vuelvo hacia él.

-¿Otra pesadilla, señor Potter? –mi voz está cargada de amargura. Pero es lo normal.

Niega con la cabeza. –Sólo quería darle las gracias otra vez por dejar que me quedara aquí anoche. No le vi en el Banquete. No estaba durmiendo, ¿verdad?

Elijo responder con un gruñido que no me comprometa, con la esperanza de retrasar este intercambio de palabras hasta averiguar qué debo decirle exactamente. Si no hubiera recibido la mayor impresión de mi vida esta tarde, destruyéndose así todo rescoldo de mi odio hacia el chico, cabría esperar que le regañase ahora. Debería decir algo sobre su continuo desprecio por las reglas. Debería decirle que no debe habituarse a venir a mis aposentos por la noche.

Debería seguir emborrachándome sin remedio e intentar olvidar que el muchacho haya existido alguna vez.

-Profesor, ¿se encuentra bien? Alza la mirada hacia mí con una expresión confundida y compruebo mentalmente mis facciones. Me fuerzo a parecer vagamente disgustado y soy muy consciente de que es una exhibición bastante mediocre.

Atribuyo mi falta de control al brandy.

-Deberías estar en la cama.

El pequeño diablo me sonríe y me deja atónito. –Sabía que diría usted eso. Pedí permiso al Profesor Dumbledore para visitarle. Así que no estoy rompiendo ninguna regla. Incluso tengo un pase-. Muestra orgullosamente el pergamino como prueba de ello y añade: -Es decir, si usted dice que está bien.

Miro fijamente y con aprensión al trozo de papel. El viejo ha ido demasiado lejos esta vez. He accedido a mantener su secretito. Seguiré con la farsa de entrenar al chico para mantenerle con vida hasta el momento en que su muerte sea necesaria. Sin embargo, no dejaré que esto interfiera en mi vida privada sólo porque Dumbledore está lo bastante chalado como para creer que mi compañía es positiva para el muchacho.

Esto es una locura. Aparto los ojos del pergamino y le miro enfurecido. Veo cómo la incertidumbre cubre sus facciones. Abro la boca para decirle que no está bien de ninguna manera. Quiero decirle que se largue y me deje tranquilo en mi aislamiento.

-Potter –empiezo, y entonces me paro al ver cómo la incertidumbre se transforma en miedo. Me falla la voz. Maldigo al chico por ser tan puñeteramente delicado y me maldigo a mí mismo por preocuparme. Suspiro con resignación. –Oh, está bien. Siéntate-. Él convoca la silla de mi escritorio y yo vuelvo a mi habitación a buscar el brandy. Si voy a ser poco profesional, bien puedo serlo del todo. Le doy un vaso al muchacho e ignoro la expresión estupefacta de su cara.

Levanto mi vaso en cálido recuerdo del hombre que una vez fui.

 

 

Fin de la Primera Parte.

 

 


Nota: este capítulo contiene alusiones a “Jesucristo Superstar”.