He vuelto a soñar contigo esta noche, Profesor.

Su voz me persigue por el pasillo mientras me dirijo hacia la sala de profesores; llego tarde a una reunión del profesorado. Fue una declaración de borracho y debería ignorarla fácilmente como justo lo que es. Vuelto. El pegamento que fija su confesión a mi conciencia. La palabra crece y se ramifica, conectando con una conversación anterior acerca de sus sueños, definiendo una serie de rubores y largas miradas contemplativas. “Vuelto” insiste en que se le preste atención. Aún puedo saborear el lugar donde presionó la palabra contra mis labios en un momento de embriagado olvido. “Vuelto” convierte una situación que, de otro modo, sería perfectamente explicable (chico que se emborracha, chico que tiene un sueño erótico, chico que olvida la diferencia entre sueño y realidad) en un problema potencial.

“Vuelto” contiene una promesa.

He pasado cada segundo desde que se quedó callado examinando la situación, dándole vueltas y más vueltas, buscando desesperadamente una forma de hacer que esto sea culpa de Potter. Lo mire como lo mire, la culpa es mía. Yo, el adulto, permití al chico beber en mis habitaciones. Yo, la parte responsable, permití al chico borracho quedarse en mis habitaciones. Yo, el profesor, me quedé de pie mirando estúpidamente al chico con la boca abierta, arrastrado por mi propia excitación, mientras él se apretaba contra mí. Yo, Severus Snape, soy culpable de comportarme como un adolescente guiado por las hormonas durante un momento condenatorio de debilidad.

Torciendo la boca con asco, me tomo un momento para tocar con los dedos el rollo de pergamino que hay en mi bolsillo antes de abrir la puerta de la sala de profesores. Todas las cabezas se vuelven hacia mí, mostrando cada una de las caras una expresión de leve sorpresa. En catorce años de enseñanza, nunca he llegado tarde a una reunión. Catorce años. Potter truncó accidentalmente el malévolo plan del Señor Oscuro, liberándome indirectamente de mis obligaciones como agente doble y permitiéndome con ello aceptar el puesto de profesor de Pociones. Sonrío cínicamente ante la ironía. Mi carrera comenzó y acabará a causa de Harry Potter.

—Buenos días, Severus. Hemos empezado sin ti. —Dumbledore sonríe con indulgencia y señala con un movimiento de cabeza hacia un asiento vacío al lado de esa lerda francesa que contrató para enseñar las clases de Defensa. La chica perdió en un torneo contra un chico de catorce años y, aún así, le dieron trabajo como profesora. Esto sólo viene a confirmar que mi dimisión en una buena idea. Toco el pergamino otra vez.

—Justo estábamos hablando de Aguí, le pauvre.

Sí, le pauvre. Pobre Harry Potter. Pongo toda mi atención en concentrar otra ola más de amargo resentimiento y enviarla a la ya inundada ciénaga de mi estómago. Será mejor no dejar que se muestre aún. Me aferro a la esperanza de que Dumbledore mantenga en secreto la razón de mi dimisión. En realidad, no toqué al chico, después de todo. Su virtud sigue intacta; en este hecho radica mi dignidad.

Las sombrías caras alrededor de mí me hablan de otra acalorada disputa más acerca de lo que es mejor para el chico. Todos parecen ser unos puñeteros expertos en la materia. Miro de reojo a McGonagall, que tiene aspecto asesino; la leona protegiendo a su cachorro.

—Albus, no creerás en serio que sacar a Potter del equipo de Quidditch es la respuesta. —Una sacudida de ira fluye a través de mí y miro a Dumbledore, que mueve la cabeza exasperadamente. Por supuesto que él no consideraría semejante idea. A pesar de lo ridículo que es el juego, sigue siendo la única cosa que mantiene cuerdo al chico. ¡El único momento en el que me siento medio normal es cuando estoy con usted! Su voz grita a través de mi consciencia y me encojo para mis adentros. Él ya no es mi problema.

Él no está a salvo conmigo.

—Tal vez sea hora de traer un profesional de San Mungo. Necesita alguien con quien pueda hablar. He consultado con la señorita Granger y el señor Weasley y ninguno de ellos ha sido capaz de sacarle ninguna información. Un consejero podría ser capaz de ayudarle… o de decirnos cómo ayudarle —termina McGonagall, frunciendo los labios con fuerza. Gruñidos dispersos de aprobación alimentan la indignación asqueada que bulle dentro de mí. Lo último que el chico necesita es la confirmación de que todo el mundo cree que está loco. Excepto usted, Profesor. Usted no ha cambiado. Trago saliva con dificultad.

—Tal vez una reducción de su programa. Puede que le ayudase tener menos clases. —Flitwick mira a su alrededor para valorar la respuesta. Le golpeo con mi mejor fruncimiento de ceño. Él aparta la vista rápidamente. Me vuelvo hacia Dumbledore, que está sentado con una expresión pensativa en su cara. Empiezo a preguntarme si está escuchando en absoluto la conversación. ¿Cómo puede sentarse y ver cómo estos tontos juegan a la pelota con la vida del chico?

—Ha habido varios avances en el tratamiento de la depresión. Severus, ¿puede que tú sepas sobre eso? —Sprout me mira y enarca las cejas. Ya hemos pasado por esto antes. No tomaré parte alguna en este juego.

—¿Se os ha ocurrido que todo lo que el chico necesita es que todos vosotros dejéis de preocuparos tanto por él?

—Sí, Severus. Todos estamos muy enterados de tus sentimientos hacia el chico —murmura McGonagall. Un rubor provocado por la ira se extiende sobre sus pómulos.

—Tal vez haríais bien en escucharme. No es ninguna coincidencia que la calidad de su trabajo escolar no haya disminuido en mi clase. Mis expectativas hacia él no han disminuido. La última cosa que el chico necesita es más piedad por vuestra parte. —Me queda poco para ponerme a gritar y las caras rojas a mi alrededor me prometen que esta reunión del profesorado podría estallar en una andanada de maldiciones. Dumbledore se aclara la garganta.

—No hay necesidad de levantar la voz.

—Bueno, alguien tiene que poner fin a esta tontería —argumento. Él me mira fija e intensamente, y yo me arrugo bajo el peso de su mirada. Se me ocurre que perdí mi oportunidad de poner fin a esta tontería justo después de las vacaciones. Por mi propia voluntad.

—No parece que este problema se vaya a resolver hoy. Estad seguros de que consideraré vuestras sugerencias cuidadosamente. Si no hay nada más… las clases van a empezar pronto. Que tengáis un buen día. —Sillas arrastrándose y un coro de voces. McGonagall se pone en pie y se vuelve hacia Dumbledore.

—No se puede tolerar que duerma en clases abandonadas, Albus. Hay que hacer algo antes de que le perdamos. —Sus ojos se vuelven rápidamente hacia mí antes de salir a grandes zancadas, dejándome a solas con Dumbledore.

El momento ha llegado. Aferro la carta con mi mano y abro la boca para hablar. Él me interrumpe.

—¿Cómo está Harry, Severus? —Hay una mirada en su rostro que no puedo descifrar, sus ojos azules pierden su brillo y su boca se retuerce con preocupación. Contengo el aliento. A pesar de lo mucho que el habitual semblante titilante y travieso de este hombre me llega a irritar, lo prefiero antes que aquellos momentos en los que parece no saberse el final del chiste cósmico. Momentos como el de ahora, en los que la carga de su sabiduría resalta las líneas alrededor de sus ojos, arrastrándolas hacia abajo de forma que se puede ver su verdadera edad. De repente, me siento muy joven.

Me aclaro la garganta, ronca por el remordimiento, e intento concentrarme en mi ira. —Bueno, si preguntas a aquellos a quienes concierne su bienestar, está listo para ir a San Mungo. Si me preguntas a mí, estará bien tan pronto como la gente le deje olvidar que es Harry Potter, el pobre chico que ha sobrevivido a tanto, y, simplemente, le dejen ser un maldito grano en el culo de quinto curso normal.

Se ríe sin alegría. Uno de esos raros momentos en que olvida corregir mi lenguaje. —¿Debo asumir que tú y él habéis llegado a algún entendimiento sobre la naturaleza de vuestra relación?

Oh, bueno, nos las hemos arreglado para desdibujar unas cuantas fronteras más. Gruño evasivamente. Un momento de indecisión detiene mi lengua. Ahora podría ser un buen momento para lanzarme a recitar ese discurso que pasé toda la noche redactando. Sin embargo, ese discurso no está disponible para su presentación en este momento. Está indispuesto debido a un caso repentino de cobardía.

Me clava a la silla con otra larga mirada. Siento como si sus ojos me estuvieran perforando para examinar mi alma. Me revuelvo, incómodo.

—Harry ha sufrido mucho, Severus. Si eliges aceptarle de nuevo en tu vida, debo insistir en que lo hagas tomando en consideración todas las posibles consecuencias; si me perdonas la expresión, debo insistir en que lo hagas con todo tu corazón. —Sonríe suavemente y yo intento mirarle con furia. No me sale bien. Mi capacidad para la amargura, noto no sin un sentimiento de pánico, ha sido reemplazada por un pozo de remordimiento, ahora sin fondo.

—Albus, como su profesor…

—Me doy cuenta de que existen ciertos convencionalismos relativos a las distancias que se supone que profesores y alumnos han de respetar. Espero haber dejado claro que estoy dispuesto a hacer excepciones en este caso. Si hay una oportunidad de ayudarle, no puedo, atendiendo a mi conciencia, negarle esa ayuda.

Resoplo, bien seguro de que este hombre no sería tan condenadamente indulgente si supiera lo cerca que ha estado su pequeño prodigio de perder el único retazo de inocencia que le queda.

—No te voy a pedir que te hagas amigo de Harry. Todo lo que pido es que, sea lo que sea lo que elijas hacer, seas consecuente con esa decisión. No sé cómo le sentaría al chico otra pérdida. Por favor, piénsalo cuidadosamente.

Me dirige una débil sonrisa antes de levantarse de la silla y me deja regodeándome en mi propio odio.

 

 

----------------------------------------------------

 

 

—No estaba en su cama esta mañana.

—He oído que le encontraron vagando por el Bosque Prohibido.

—No está tan loco. ¿Verdad?

—Neville dijo que casi nunca duerme.

—Es tan raro. Quiero decir, es Harry Potter.

Iracundo, acorralo a un grupo de Gryffindors de cuarto curso. Técnicamente la clase no ha empezado todavía, pero su incesante cotilleo ha agujereado la tan delicada membrana entre mi ira controlada y mi furia violenta. Tengo intención de hacerles temblar de miedo pero se me adelanta la chica Weasley, con la cara de un violento tono rojo. Apunta con su varita hacia sus cuatro compañeros de clase y dice, rechinando los dientes—: El próximo que diga otra palabra estará escupiendo babosas hasta el fin de semana.

Reprimo una sonrisa de sorpresa. La panda se da cuenta de mi presencia y levanta los ojos hacia mí con miradas de terror. Weasley pasa del rojo al blanco antes de quedarse en un avergonzado tono rosado. Baja la varita. Aprieta la mandíbula testarudamente, enfrentándose a su inminente castigo con valor de Gryffindor. O con estupidez de Weasley. Pero eso, bien puede que sea lo mismo.

—Creevey, Muldoon, Harvey y Brandon: diez puntos menos para Gryffindor por cada uno. Esto es una clase, no un gallinero. Weasley, vete a buscar tu asiento. —Ella parpadea y luego se escabulle para obedecer, llevando una expresión atónita con una pizca de alivio. Miro con furia a los cuatro infractores una vez más, por si acaso, y sigo escribiendo la tarea en la pizarra.

Malditos cretinos. Uno puede estar seguro de que en la casa de Slytherin hay, al menos, un cierto grado de lealtad y entendimiento entre sus miembros. Los prepotentes de Gryffindor condenarían a su propio fundador si tuviera un mal día. Cuando suena la campana, gruño rápidamente las notas introductorias y observo mientras los alumnos comienzan sus preparativos. Hago mis rondas y ni siquiera soy capaz de sentirme complacido por cómo los granujas se encogen de miedo al pasar a su lado. Mi mal humor aumenta exponencialmente cuando oigo casualmente cómo mis propios alumnos están extendiendo la misma tontería.

—He oído que está bajo la maldición Imperius.

—He oído que el Señor Oscuro puso una maldición sobre él que le volvería loco lentamente.

—Draco dijo que han estado llevándole a San Mungo en Traslador cada noche.

Oigo como se rompe el último hilo de mi paciencia. Los alumnos lo van a pagar. —Dado que esta clase ha demostrado un notable interés por la salud mental, os recompensaré con la oportunidad de estudiarla. Quiero un trabajo de cinco pies de longitud sobre la enfermedad psicológica de vuestra elección y las pociones disponibles para curarla; para entregar el miércoles. Asimismo, como habéis malgastado treinta minutos de mi clase discutiendo el tema, estoy seguro de que no os importará recuperar ese tiempo durante la hora del almuerzo. Poneos a trabajar.

Gemidos apagados y suspiros de exasperación resuenan a través de la clase antes de disolverse en el silencio. Me siento en mi escritorio y saco un trozo de pergamino nuevo. Dudando seriamente de mi propia cordura, redacto una cuidadosa carta para el Director con una propuesta que, espero, ponga fin a toda esta cháchara ridícula acerca de la salud mental de Potter. Si bien yo mismo sólo llego a bordear la estabilidad en el mejor de los casos, sigo siendo el único que tiene un mínimo de raciocinio en lo que respecta al chico. Elijo resolver El Problema con Potter permitiendo a Potter no tener ningún problema.

Firmo la carta con el más leve sentimiento de temor. Mis pensamientos se mueven de nuevo hacia mi carta de dimisión, que aún espera en mi bolsillo. La extraigo y rompo el sello.

Querido Albus:

Adjunta encontrarás mi carta oficial de dimisión, donde se cita mi deseo de viajar como razón de mi marcha. Dado que tienes la habilidad, bastante inquietante, de ver a través de mí, te daré una explicación honesta.

Como estoy seguro de que ya sabes, permití al chico venir a mis habitaciones anoche. Siendo perfectamente consciente de las reglas que prohíben a los alumnos consumir alcohol, le ofrecí una copa. Tenía aspecto de necesitarla. Puesto que fue totalmente intencionado, no me disculparé por ello. Sí me disculparé, sin embargo, por dejarle la botella mientras corregía exámenes. Fue descuidado por mi parte. Él se encargó de beber mucho más de lo debido. Cuando me preguntó si podía quedarse, en contra de mi buen criterio, se lo permití.

Solamente esto sería suficiente para presentar un caso contra mí ante la Junta del Consejo Escolar. No es, no obstante, la razón por la que siento la necesidad de dimitir. Potter, en estado de embriaguez, intentó besarme. Le detuve… pero mucho más tarde de lo que hubiera debido. Por mucho que me gustaría decir que nunca más volvería a permitir que esto ocurriera, no puedo correr el riesgo de que ocurra.

Te pido disculpas, Albus. Si eliges enviar esta carta al Comité en lugar de la otra, lo comprenderé. Únicamente solicito que se deje al chico fuera de esto. También pido que se me permita decirle yo mismo que me marcho; en tu presencia, naturalmente.

Atentamente,

Severus Snape

Leyéndola de nuevo, se me ocurre que tal vez haya reaccionado exageradamente. La había escrito de madrugada, todavía perturbado y frenético a raíz de la situación. Me digo a mí mismo que la disculpa humillada del chico testifica el hecho de que no lo volverá a intentar. Sólo debo evitar cometer el error de dejar que el chico se embriague, para que no se olvide de quién es.

Sólo debo evitar olvidarme de quién soy.

Absurdo. Soy un adulto y bien capaz de moderarme. Me aturdió el comportamiento del chico. Estabas excitado. Estaba horrorizado. “He vuelto a soñar contigo esta noche, Profesor”. Él es un chico de quince años que perdió el control en el calor del momento. Yo soy un hombre de treinta y siete que debería saber qué hacer.

Aparto un persistente sentimiento de aprensión con determinación de hierro. Si me marcho, ellos destruirán las escasas probabilidades que tiene el chico de vivir lo que le queda de vida en un estado de semi-felicidad. Le destruirán. No, no dejaré que el suicidio de Potter caiga sobre mi conciencia; sin mencionar el problema, aún mayor, que será la inmortalidad de Voldemort en caso de que el chico finalmente se quiebre entre los gentiles dedos de aquellos que se preocupan jodidamente en exceso por él.

Suena la campana, señalando la hora del mediodía. Los ojos de los alumnos me miran, sin muchas esperanzas de que les deje irse.

—Pasaréis los próximos treinta minutos escribiendo un trabajo sobre la poción Reductora que acabáis de preparar. Empezad. Señorita Weasley, venga aquí.

Te arrepentirás de esto. No tanto como de la alternativa.

—¿Sí, Profesor?

—Por favor, entregue esta carta al Director. Llévese las cosas con usted. —Se se queda momentáneamente boquiabierta, pero se recupera y, rápidamente, coge el pergamino.

Esto sólo le espoleará. Le estoy salvando.

¿Quién te va a salvar a ti?

Aparto ese pensamiento de mi cabeza y saco mi varita. Poniendo mi carta de dimisión en un caldero cercano, la quemo. Observo cómo el fuego la consume instantáneamente. Mi sensibilidad ética reducida a poco más que una nube azulada que se disuelve en un instante. Inspiro bruscamente, con la esperanza de salvar alguna pequeña parte de ella.

 

 

 

----------------------------------------------------

 

 

 

Severus:

Él llegará a las ocho y cuarto vía Flú. Hemos acordado una historia como excusa para explicar su ausencia en caso de que fuera necesario. Encontrarás un escritorio adecuado que ya está en tus habitaciones. Haré que se prepare un programa de estudios después del fin de semana. Al final del trimestre, revisaremos sus progresos. Si en ese momento deseas reconsiderar los planes, estaré abierto a escuchar otras opciones.

En nombre de Harry y en el mío propio, deseo expresarte mi más profunda gratitud.

Respetuosamente,

D.

Bajo la vista hasta el pergamino, como si leyera la proclamación de mi sentencia de muerte. Creo que puedo oír el espeluznante alarido de mi agonizante aislamiento. Recuerdo de pronto una lección que aprendí hace tiempo sobre tomar decisiones que te cambian la vida bajo la influencia de las emociones. Por supuesto, antes me rendiría ante los Mortífagos que decirle a Dumbledore que he cambiado de opinión. Sospecho que tendría muchas más probabilidades de sobrevivir. La hora en el reloj de mi oficina marca las ocho y cinco minutos. La miro fijamente por un momento, incrédulo; juraría que hace tan solo un segundo sólo eran las siete.

El tiempo nunca ha sido mi mejor amigo.

Reúno la pila de castigos del cuarto curso y me dirijo hacia mis habitaciones, preguntándome vagamente cuántos vasos de licor puedo consumir en diez minutos. La idea se disipa. Necesitaré cada onza de serenidad para sobrevivir a los primeros minutos de mi reunión con el chico. Esos preciosos segundos deben servir para ahogar cualquier esperanza residual que el chico albergue.

Al entrar, miro consternado mi espacio privado, que se encoge rápidamente. El nuevo escritorio ha sido emplazado frente al mío. Estudio la sala de estar, buscando un sitio a donde moverlo. Está en el lugar más apropiado. Derrotado, tiro los trabajos sobre mi mesa y cojo un libro en el que, con suerte, podría quedar absorto. Me siento en la atrocidad que he empezado a llamar “esa butaca”, a la que, inadvertidamente, me he aficionado. Abriendo el libro, espero la llegada del chico con un sentimiento de creciente inquietud, sólo para que él caiga desde mi chimenea segundos más tarde y aterrice hecho un guiñapo a mis pies. Me maravillo una vez más ante la destreza del chico sobre la escoba. Es poco menos que un milagro que aún no se haya lisiado.

—Enhorabuena por otro suave aterrizaje, Potter.

 

 

----------------------------------------------------

 

 

Se pone en pie trabajosamente y se coloca las gafas. Sin mirarme a los ojos, se queda de pie ante mí como un criminal ante un jurado, esperando su sentencia. No puedo evitar sentirme igual. La vergüenza escrita en su rostro paraliza mi lengua y me encuentro inundado por el deseo de disculparme ante él. Lo suprimo.

—¿Qué has traído para trabajar? —Se me corta la respiración cuando me mira. Afortunadamente retira los ojos rápidamente y le veo luchar para apartar su mente del tema que, sin duda, le ha estado obsesionando todo el día, y concentrarse en responder a mi pregunta.

—Eh... tengo lectura de cartas del tarot para el lunes. Y luego el capítulo para su clase. Esto es todo. El Profesor Dumbledore todavía no me ha dado el programa de estudio.

—Tu mesa está por allí. Te aconsejaría que repasaras meticulosamente el capítulo para mi clase. Puede que no lo estés haciendo peor pero, ciertamente, podrías hacerlo mejor. En cuanto a Adivinación, bueno, no puedo imaginar por qué estás dando esa basura de curso, pero sospecho que no será demasiado duro inventarse alguna tontería que apacigüe a ese viejo murciélago.

Se ríe y me mira de nuevo con un destello de su antigua confianza asomando a su cara. Durante un breve instante, casi me relajo. —De todas formas, es lo que hago normalmente. Mientras muera una vez por semana, parece estar suficientemente contenta. —Sus palabras me golpean como un puñetazo en el estómago y me pongo tenso. Aparto de mí un impulso repentino de subir a esa torre y lanzar una Maldición Imperdonable sobre esa estúpida mujer. Se me encoge el estómago e intento calmar este impulso ilógico de proteger al chico. No nos hará ningún bien a ninguno de los dos. Me recuerdo a mí mismo que la única razón por la que estoy haciendo esto es para protegerle de aquellos que tienen el mismo jodido reflejo.

¿Pero quién le protegerá de ti?

—Ponte a trabajar, Potter. —Las palabras apenas consiguen escapar de mi garganta. Le veo recoger su mochila y escabullirse. Estoy ligeramente sorprendido de que no haya protestado por hacer sus deberes un viernes por la tarde. También estoy aliviado; y bastante seguro de que no habría sido capaz de reunir la fuerza necesaria para reprenderle por ello, teniendo en cuenta la bola gigante de plomo que siento bajo mi esternón.

Podría encontrar cierto humor en la situación si estuviera en proceso de agarrarme una cogorza. Mi mente se distrae añorando mi vitrina de licores, donde hay media botella de buen whisky esperando que la termine. Por supuesto, esa misma botella de whisky me metió en esta situación en primer lugar, y debería tirarla por cuestión de principios. No, mejor echarme la culpa a mí mismo que malgastar alcohol del bueno. En lugar de eso, conjuro una tetera. No liberará mi sentido de la ironía pero rehidratará ese trozo de tiza que, una vez, fue mi lengua.

De acuerdo, acepté esta obligación. La solicitaste. Hago una mueca de amargura ante ese pensamiento y, entonces, decido buscar esperanzas en la vergüenza que vi en la cara del chico. Nunca volverá a ocurrir. Él nunca lo volverá a intentar y, si él no lo intenta, yo no puedo fallar al intentar detenerle. Inspirando profundamente, me preparo para lo inevitable. Me levanto de esa butaca y me acerco, tomándome un momento para mirar por encima de su hombro. Parece estar copiando el libro entero. Coloco una taza de té ante él y tengo la intención de hacer un comentario sobre sus hábitos para tomar apuntes, momento en el que él da un respingo. Me trago otra disculpa. Estoy a la vez horrorizado de que me rehúya, y encantado de que me encuentre repulsivo cuando no está bajo la influencia del alcohol. Se me ocurre lo extraño que me resulta encontrar consuelo en eso. Pero hará mi nuevo compromiso mucho más fácil. Respirando con más libertad, me dirijo a mi escritorio y me siento.

—¿Qué? ¿Hoy no hay whisky? —Sonríe débilmente y yo entorno los ojos en una mirada penetrante y furiosa. Él se acobarda apropiadamente.

—¿Es necesario que te diga que no volverá a suceder jamás?

Baja los ojos y niega con la cabeza. —Lo siento.

Observo cómo la culpa inunda sus facciones y lucho contra el impulso de sentirme mal por el chico. La culpa es buena. La culpa y la humillación. Si voy a retomar el control sobre esta situación, debe ser tan doloroso para él como sea posible.

—¿Qué es lo que sientes, Potter? —digo con una sonrisa cínica.

—¿Señor?

—Me gustaría saber por qué, específicamente, te estás disculpando.

Veo un matiz de rubor que sube por sus mejillas. —Eh... por... —Trato de no sonreír mientras observo cómo reúne el valor para decir las palabras intentar besarle. Se me ocurre cuán absurdo es intentar hacer algo de lo que uno no puede ni siquiera hablar sin sentirse incómodo. La humillación que veo en su rostro reaviva mi vena sádica, tanto tiempo dormida. Empiezo a sentirme yo mismo de nuevo— …hacerle sentir incómodo, señor. —Las palabras adquieren sentido para mí y se me tensa la mandíbula Eso no es lo que esperaba oír. No es lo que confiaba en oír. ¿Cómo se atreve ese muchacho del infierno a preocuparse por cómo me afecten sus acciones? Le miro furioso y él se mueve nerviosamente—. Y... eh, ¿por beberme todo su whisky?

Alguien debería explicarle que uno no debería presentar disculpas en forma de pregunta. Pierden su sinceridad. Esa, no obstante, es la menor de mis preocupaciones. De pronto siento el impulso de hacerme un ovillo y lloriquear como un niño. Él no lamenta lo que hizo. Sólo lamenta que ello me hiciera sentir incómodo, dejando abierta la posibilidad de que pueda intentarlo de nuevo si recibe la impresión de que yo estaría dispuesto. Esto no va a funcionar.

Tiene que funcionar. Ya no tienes elección.

Resoplo amargamente y apoyo la cabeza sobre mi mano. Me rindo. Mátame ahora.

—Mire. —Empieza a hablar y contengo la respiración—. Lo siento... por todo… —Exhalo, aceptando esa disculpa como lo más parecido a lo que quiero oír que voy a conseguir. Él continúa—: Fue estúpido por mi parte pensar que... —Empiezo a completar sus frases mentalmente. Cada palabra que dice espolea mi esperanza de que su comportamiento de anoche fuera inducido por el alcohol. Cada frase que no termina confirma mi miedo de que, en efecto, le atraigo. No sólo no está totalmente horrorizado por haber siquiera pensado en besarme, lo único que lamenta es que yo dije que no.

¿Quién va a salvarte a ti?

—Potter, cállate. —Por favor, cállate. No vuelvas a hablar jamás. Desesperado, cambio de tema—. ¿Es necesario decir que si alguien averigua lo que ocurrió, yo perdería mi empleo? —Desde esta posición estratégica, esa perspectiva no parece tan negativa como cuando preparé estas preguntas. Perder mi trabajo ahora, de hecho, parece mi única esperanza de salvación.

Puedo ver en su cara que no se le había ocurrido. —Pero usted no hizo nada. —Aprieto los labios para evitar destrozar de una maldición al necio muchacho. Ha dado en el clavo. No hice nada, ese es todo el problema. Por supuesto, enseñarle a un quinceañero lo que es la ética profesional es, aproximadamente, tan efectivo como enseñar a una serpiente de jardín a caminar, pero lo intentaré, de todas maneras.

—Uhm, repasemos el curso de los acontecimientos, ¿te parece? Animé y permití beber a un alumno en mis habitaciones. En lugar de insistir en que regresara a su dormitorio, le consentí quedarse. Desvestí a un chico de quince años y luego casi le permití que me besara.

—Así no fue como pasó. Usted me detuvo.

—No lo suficientemente pronto —digo con impaciencia.

—¡Demasiado pronto! —La réplica que tenía en la punta de la lengua, esperando para saltar desde mi boca, se lanza aterrada hacia el fondo de mi garganta. Casi me atraganto con ella—. ¡No! Quiero decir, eso no es... —Deja caer la cabeza sobre la mesa y yo intento recordar si me humillaba tan a menudo cuando tenía quince años. Por primera vez estoy agradecido por tener casi cuarenta.

Intento de nuevo hacerle comprender. Soy un profesor, después de todo: un masoquista de profesión. —Potter, no importa lo que ocurriera en realidad. Esa es la versión de los hechos que vería la Junta del Consejo Escolar. Yo soy un adulto, tu profesor. Tú eres un chico de quince años. La culpa recae sobre mí.

—Lo siento tanto. —La sinceridad de su disculpa me pone enfermo. Su voz está cargada de remordimiento. Remordimiento por haberme puesto en peligro. Y que prueba que no ha conseguido entender ni una sola palabra de lo que he dicho. Se niega a entender que lo que él hizo sólo era de esperar. Lo que yo hice (o no hice) es inexcusable. Desisto de seguir intentándolo.

—Igual que yo. —Las palabras abandonan mi boca, insensibles.

Alza la cabeza y veo una expresión de horror que se extiende por su rostro. —Dios, usted no tiene que... quiero decir, por favor, no lo esté. Puede que tenga quince años, pero sabía lo que estaba haciendo... —Le ruego silenciosamente que se calle—. Quiero decir, fui yo quien lo hizo. Todo. Y no hice nada que no... —Me encojo de dolor, anticipando el final de esa frase. Él se detiene.

Comienzo a sentir en mi sien el latido apagado de una migraña que se avecina. Dejo caer la cabeza sobre mi mano. Él permanece compasivamente callado mientras hago malabares con mi vergüenza y mi miedo. Vergüenza por olvidarme de quién soy, permitiendo que un niño me despoje de mi fuerza de voluntad. Miedo de que lo volveré a hacer.

—Sé cómo funciona, Profesor. Repasa la escena en su cabeza una y otra vez y piensa en todos los errores que cometió... —Miro iracundo al chico, temeroso por un instante de haber estado pensando en voz alta. Y entonces reconozco las palabras. Parece bastante satisfecho de sí mismo— ... deseando haberse llevado consigo la botella, deseando haberme enviado a mi habitación, deseando...

—Potter, ponte a estudiar. —Debo admitir que me ha cogido desprevenido este repentino cambio de tercio. Trato de parecer severo, pero mi ira se diluye ante un vago sentimiento de asombro.

—Lo haré. Pero, Snape, tiene que dejar de hacer esto. O acabará como yo. —A mi pesar, sonrío y luego maldigo mentalmente al chico por ser tan repentinamente ingenioso. Y por tener razón. Por supuesto, el consejo era mío, así que no puedo otorgarle el mérito de ser listo.

—Repase. —El aire es respirable entre nosotros otra vez, e intento no suspirar de forma audible. De alguna manera, el chico se las ha arreglado para detener el torrente de autodesprecio y aprensión que había dentro de mí. Me lleno de una gratitud casi perturbadora.

Él vuelve la vista hacia el libro pero no ha borrado la sonrisa de suficiencia de su rostro.

—Y diez puntos menos para Gryffindor, Potter, por ser un niñato insolente.

—Diez puntos menos para Slytherin, Profesor, por obligarme a hacer deberes en viernes.

—Si tu libro de pociones no te interesa, tal vez podríamos discutir tus sueños.

Él gime y baja la cabeza hasta la mesa. Si al final he de condenarme, al menos puedo divertirme humillando al chico hasta entonces.