Esta noche se ha decidido por el suelo, quejándose de que la silla que he traído de la mansión es tan dura e incómoda como yo trato de ser. Le miro de forma hosca ante su comentario, pero él ve la sonrisa tras mi gesto desdeñoso. Sonríe abiertamente.

—Allí hay un escritorio perfectamente adecuado, si el mobiliario disponible no es de tu agrado. —Pone los ojos en blanco y se apoya contra la silla que acaba de insultar. Una silla que ha estado en mi familia durante siglos, probablemente debido a que es tan terriblemente incómoda que nadie es capaz de permanecer sentado en ella durante mucho rato. Hasta que Potter colonizó mi vida, la silla me parecía bien.

Una tranquila comodidad se extiende entre nosotros, tan inquietantemente natural que es casi doméstica en su naturaleza. Harry Potter se ha llegado a integrar tanto en mi vida cotidiana, que rara vez recuerdo molestarme por su presencia. En los momentos de claridad (que aparecen muy raras veces estos días), vuelvo la vista atrás, hacia el último año, y regreso sobre mis pasos, preguntándome cómo demonios he llegado hasta aquí. Y sobre todo, cómo demonios ha llegado él hasta aquí. En clase nos las apañamos para representar nuestros papeles del odiado profesor frente al querido estudiante, pero casi nunca puedo siquiera fruncirle el ceño en serio. Y en ciertos momentos, cuando mi conciencia encuentra su voz, recuerdo, con una indiferencia inquietante, cómo era mi vida antes de que él irrumpiera en ella.

Me siento en esa butaca y le observo llevar a cabo un simple hechizo de concentración que yo le enseñé, antes de caer en las profundidades de su libro de texto de Historia de la Magia. Ha mejorado. Me felicito por un trabajo bien hecho. Sus notas han mejorado de manera espectacular durante los últimos tres meses, y estoy seguro de que sus TIMOS estarán entre los más altos de su clase. Incluso ha conseguido probar que yo estaba equivocado sobre su ineptitud en cuanto a Pociones. No sin una cierta satisfacción, escucho al club de fans de Potter en las reuniones de profesores comentando entre risitas su milagrosa recuperación. Naturalmente, no tienen ni idea de las razones que hay detrás. Me atrevo a decir a que ninguno de ellos le preocupa saber cómo ha ocurrido. Sólo que haya ocurrido. Y su joven héroe ha sido restituido a su pedestal.

No sólo es en sus clases donde el cambio es aparente. Me sorprendo a mí mismo cuando me siento complacido de volver a verle conspirar jovialmente con esos dos lerdos inconscientes que él llama sus amigos. Externamente, ha vuelto a ser el mismo arrogante y alegre atontado que era. Yo le veo de forma diferente. Sólo yo reparo en las ojeras que se han instalado permanentemente bajo esos ojos, que ya no son tan brillantes como una vez fueron. Sus mejillas están hundidas y su sonrisa no está exenta de un tinte de tristeza. Aquellos que le quieren miran ciegos a través del chico que es para ver al chico que fue. Eligen no ver la oscuridad que esta experiencia ha arrojado sobre él. Sólo yo aprecio en quién se ha convertido.

Se muerde el pulgar distraídamente, mientras sus ojos siguen el texto. Cuando entrecierra los ojos y arruga la nariz, me asalta un recuerdo sorprendente de James: antes de Gryffindor, antes del Quidditch, antes de Black. Pero no. Aparte de su aspecto, ciertos hábitos nerviosos y una tendencia hacia la imprudencia, no se parece en nada a su padre. James era un Potter hasta la médula: un Gryffindor privilegiado, optimista sin remedio y ciegamente confiado, cuyo aire descuidado lindaba la arrogancia. Y, mientras que Harry tiene todos los atributos de un Gryffindor, hay algo ahí, una cierta determinación torturada y una angustiosa profundidad que son tan Slytherin que podría sentirme tentado a asemejarle conmigo.

Él es todo lo que yo hubiera querido que James fuera.

Me sorprendo a mí mismo riendo en voz alta ante el pensamiento, aunque no sin cierta irónica amargura. Es propio de aquellos que dirigen mi retorcido destino darme aquello que quise con casi un cuarto de siglo de retraso. Potter se sobresalta por mi súbito arrebato y me mira curiosamente. Intento corregirme pero, de algún modo, he sido arrastrado por la hilaridad de toda esta situación. Respirando con dificultad, estiro el costado donde me ha dado el flato de reírme.

—¿Un libro divertido? —Le echa una ojeada al título del libro que he estado sosteniendo, Belleza embotellada: Ensayos completos sobre la ética de las pociones para la alteración de la apariencia. Me mira fijamente con recelo—. Suena desternillante. ¿De qué se está riendo?

—Tan solo estaba considerando tus posibilidades de aprobar los exámenes.

Finge una expresión herida. —Muy gracioso. Quizás si dejara de reírse tontamente, podría estudiar en serio.

—Si hubieras realizado el hechizo de concentración correctamente, no te hubieras percatado. —Enarco una ceja y él sonríe.

—He terminado el capítulo. Sólo pensé en dejarle observarme un ratito más.

Clavo la mirada en él estúpidamente, y me pregunto cómo voy a negar su acusación. Su sonrisa se hace más amplia y yo me maldigo por ser incapaz de idear un comentario mordaz que borre la sonrisa de su cara.

—Me calma —digo sarcásticamente, y espero que oír su propia excusa le hará cambiar de tema. Abre la boca para decir algo, pero entonces se ríe con nerviosismo. Le lanzo una mirada interrogativa, pero él ya ha devuelto su atención a su mochila. Extrae las cartas de tarot y comienza a barajarlas. Resoplo desdeñosamente ante la ridícula idea de tener que jugar al adivino como trabajo de curso, mientras él comienza a disponer las cartas sobre el suelo, delante de él.

—Sabe, en realidad son algo así como interesantes —dice, y alza la mirada para darme una débil sonrisa antes de sacar su diario para anotar los resultados.

—Claro. Espero que no te hayas tragado de verdad esa basura. Podría tener que expulsarte de mis habitaciones por principio. —Unos dibujos bonitos puestos en cartas no son magia. Las cartas no tienen lugar en una escuela. Su lugar es una trastienda Muggle donde fraudes como Trelawney sacan dinero contándole a la gente lo que quiere oír.

Se encoge de hombros. —No creo que me muestren el futuro, exactamente. —Levanta la vista para mirarme con incertidumbre antes de mirar de nuevo las cartas extendidas ante él. Continúa—. Pero he notado... no sé... patrones. Cada carta tiene una descripción, ¿de acuerdo? Y tu tarea es aplicarla a tu vida. Así que, en realidad, las cartas simplemente te hacen pensar de una forma distinta. —Ha hablado para sus rodillas, dejando ahí el argumento, y considero si recogerlo o no. Es bastante valiente por su parte mostrarse en desacuerdo conmigo. Pero si es lo suficientemente estúpido como para intentarlo, entonces es mi deber destruirle.

—Te engañas a ti mismo al transponer esos patrones sobre tu vida y fingir que tienen sentido. Puedes encontrar cualquier cosa si la estás buscando. Las cartas parecerán exactas porque tú quieres que lo parezcan, no porque lo sean. Usarlas como forma de introspección es peligroso. Si la carta que eliges te dice que estás triste, encontrarás la tristeza en tu interior, incluso si no estaba ahí cuando empezaste a buscar.

—También te ayuda a encontrar la esperanza cuando no sabías que existía —replica con irascibilidad. Se tranquiliza a sí mismo y se encoge de hombros—. Tal vez tenga razón. Pero a veces son jodidamente exactas.

Sonrío con suficiencia. —Hum. Así que, cuéntame. ¿Qué te tienen reservadas las cartas?

—Como si fuera a contárselo —se burla, poniendo los ojos en blanco. Un leve rubor asciende hasta sus mejillas. Naturalmente, estoy intrigado. Desciendo hasta el suelo, enfrente de él, y escudriño sus cartas. Me mira con aprensión.

—No ha estudiado adivinación, ¿verdad?

—No, Potter. A diferencia de ti, yo me ocupo en materias útiles. —El alivio que detecto en su expresión sirve únicamente para interesarme aún más. Aunque solo sea para torturarle con cualquier conocimiento que crea que está recibiendo. Recojo su libro de referencia que descansa sobre el suelo antes de que pueda arrebatármelo. Cierra su diario rápidamente y lo esconde tras su espalda. Me parece que pone más fe en su jueguecito de cartas de lo que le gustaría admitir.

—Vale. Se lo diré. Sólo devuélvame el libro. —Coloco el libro a mi lado, lejos de su alcance y sonrío con picardía. Aprieta la mandíbula y me mira furioso por un momento—. Niñato.

—Si fueras más listo, habrías inventado algo en lugar de hacer una escena y suscitar mi curiosidad.

—Si dice algo horrible, pararé. Y usted tendrá que encontrarle el sentido por sí mismo. —Me ofrece una sonrisa arrogante, como si pensara que no voy a ser capaz. Le miro con el ceño fruncido—. No soy bueno en esto, ni nada de eso. Así que... Esta carta me describe en mi estado actual. O al menos lo hacía antes de que usted empezara a comportarse como un imbécil. —Ignoro su insulto y miro la carta. Diez de copas; la palabra “Saciedad” está escrita en la parte inferior. Ni siquiera me molesto en reprimir una maliciosa sonrisa.

—Vaya, vaya, Potter. Con que saciado, ¿eh?

—Snape —me avisa, y tengo que esforzarme para no reírme. Me muerdo la lengua y le dejo continuar con sus tonterías—. Creo que significa que estoy contento, emocionalmente. Estoy rodeado de personas que se preocupan por mí. El libro advierte en contra de tener demasiado de algo bueno. Y, puesto que es un diez... no durará. Una vez que has alcanzado el máximo, no hay otro sitio al que ir sino para abajo. —Su rostro se contrae en una expresión de concentración y deja vagar sus ojos sobre el resto de las cartas. Suspira—. Esta carta de aquí... La luna. Ése es mi obstáculo. Es lo que, o bien me ayuda, o bien me obstaculiza. Significa... No lo sé, realmente. Podría significar sueños, u oscuridad. O podría ser un secreto que alguien me está ocultando. En cualquier caso, está ligado a esta carta de aquí...

Deja de hablar pero su boca sigue abierta. Me mira con expresión extraña. —Mire, tiene razón. Es basura. —Estudia la carta de nuevo intensamente. Yo lo hago también, esperando encontrar lo que le ha asustado. Las imágenes se fijan en mi memoria justo antes de que mezcle las cartas en un montón con una suave risa nerviosa.

Le miro, intentando calmar un inexplicable temor que me rodea. —Potter, ¿qué es lo que cree haber visto? —Se encoge de hombros y le observo poner su expresión bajo control.

—Lo habitual: seré abatido por un meteorito justo después de que mi mejor amigo me robe a mi novia y se folle a mi perro. —Se ríe. Yo no.

 

 

----------------------------------------------------

 

 

Maldiciéndome durante todo el camino, subo a la Torre Norte en busca de mi colega. Dos días después de que esas jodidas imágenes se hayan grabado en mi mente consciente, sigo obsesionado con ellas. Probablemente no habría vuelto a pensar en ello si Potter no hubiera parecido tan afectado por lo que vio. Ha adquirido un cierto aire reservado desde el jueves. Mientras que por fuera sigue siendo el niñato insolente y pagado de sí mismo que siempre es, a veces le sorprendo llevando esa expresión que mostró justo antes de mezclar y recoger su presunto destino. He empezado a sentirme curioso y lo bastante irritado como para estar dispuesto a sacrificar mi preciosa tarde de sábado para averiguar qué clase de tonterías se le han metido a Potter en la cabeza.

Antes de entrar en la habitación ya estoy sin aliento, y mis jadeos son aún peores debido a este agobiante aire estancado. Esta mujer debería ser despedida por tratar de asfixiar a sus alumnos. Comienzo a preguntarme si está allí, pero entonces recuerdo que ella nunca desciende de su torre. El resto de los profesores y yo no solemos quejarnos.

—Severus —canta, apareciendo entre una nube de bruma, flotando como un fantasma. —¿Qué te trae por aquí? —Pienso en señalar que ella debería ser capaz de decirme lo que estoy haciendo ahí, pero reprimo el impulso. Si voy a conseguir lo que quiero tendré que jugar a ser amable. Me estremezco y maldigo a Harry Potter con casi el mismo odio intenso con el que me maldigo a mí mismo.

—Buenas tardes, Sybill. Me preguntaba si podría aprovecharme de tu experiencia. —El sarcasmo que he intentado eliminar de mi voz cubre mis palabras. Aparentemente, ella está demasiado drogada por el incienso como para notarlo.

—Vaya, por supuesto. Siempre estoy deseando ayudar a un colega. ¿Tal vez una taza de té?

Acepto la oferta gentilmente, confiando en que la teína disipe la nube de humo que amenaza con enturbiar mis sentidos. —Esperaba poder convencerte para que me explicaras una lectura de las cartas del tarot —le digo una vez que nos hemos sentado alrededor de una pequeña mesa redonda.

Me lanza una curiosa mirada y entonces conjura sus cartas. —¿Qué clase de lectura querrías que hiciera? ¿Quizás algo en la categoría romántica? —Sonríe indulgentemente y, de pronto, me doy cuenta de que las bolas de cristal podrían funcionar perfectísimamente como balas de cañón si tan solo pudiera reunir la suficiente aceleración.

Contengo la mano con la que uso la varita y digo—: ¿Puedo? —Hago un gesto hacia las cartas en sus manos y me las entrega con renuencia y una expresión descolocada. Me alegra defraudar a esta vaca entrometida. Busco entre las cartas, extrayendo aquellas que reconozco de la lectura de Potter. Me tomo un momento para concentrarme en la imagen, de forma que pueda estar seguro de que todas las cartas ocupan su posición correcta. Una vez que estoy seguro de que es correcto, giro la mesa para que las cartas queden extendidas frente a ella. Las estudia cuidadosamente y entonces alza la mirada hacia mí con una expresión peculiar.

—¿Era tuya esta lectura?

—No.

Frunce los labios y entonces pregunta—: ¿Sabes por casualidad la pregunta que hizo el Consultante?

Niego con la cabeza. A decir verdad, ni siquiera era consciente de que se necesitara hacer una pregunta.

—Bueno, entonces me temo que no puedo hacer una lectura adecuada sin conocer el tema. Sin embargo, lo que veo es a una persona que se ha abierto paso a través de un periodo de gran soledad y ha salido fortalecida de él. Recientemente se ha producido una estabilización en su vida, pero él no se fía. Espera que todo cambie repentinamente. En los cimientos de su estabilidad hay un hombre que es muy importante para él. Un hombre mayor. Un maestro que le guía tanto intelectualmente como espiritualmente. —Casi bufo de risa ante la idea de ser considerado un profesor espiritual, y luego hago caso omiso del pensamiento. Posiblemente la carta se refiere a Dumbledore. Entonces me reprendo mentalmente por aplicar la carta a alguien.

—Esta persona que ayudó al Consultante es el cimiento sobre el cual se construye el actual estado de saciedad emocional del Consultante. El Hierofante o el maestro está directamente ligado a esta carta. —Da un golpecito sobre la carta con el dedo y la estudio. Dos peces cuelgan boca abajo, entrelazados. De sus bocas brota agua y se vierte en una copa. El nombre de la carta es el dos de copas, Amor. Se me seca la boca y casi me atraganto con el corazón, que se me ha subido a la garganta.

—Esta es la carta del amor perfecto. El dos indica una unión, el amor es recíproco. La propia introspección del Consultante le ayudará a llegar donde quiere ir. Normalmente la Luna no es una carta amistosa, pero en este caso le ayuda a lograr una mejor comprensión de sus objetivos. Esto irá bastante bien. La estrella está en el futuro próximo de él o de ella. Los sueños del Consultante se harán realidad. —Sonríe.

Mi corazón se lanza de un salto desde mi garganta hasta mi estómago. Voy a vomitar. Vacío mi taza de té para hacer bajar la bilis. Dejo mi taza en el plato y Trelawney, distraídamente, le da la vuelta. Me pregunto vagamente por su acción pero estoy demasiado atrapado en mi propia pesadilla como para dedicarle otro pensamiento. Esto es un estúpido truco de salón y yo soy quien ha elegido proyectar significados sobre las cartas.

—El Consultante está buscando satisfacción física y espiritual; ese es el objetivo de él o de ella. —Intento no quedarme boquiabierto. No puedo evitar percatarme de que la comisura de su boca se mueve nerviosamente en una sonrisa contenida. Aprieto la mandíbula con fuerza para detener una casi incontenible necesidad de comenzar a gritar—. Finalmente tenemos el Loco. —Asiento en silencio. Ella continúa—: El sabio loco parte a otro viaje hacia un destino desconocido. Por supuesto esto puede ser puramente metafórico. Yo diría que tu amigo, habiendo cumplido las promesas de los dieces en la lectura y habiendo logrado que sus sueños se cumplan, encontrará un nuevo comienzo en su final. —Casi me río, pero estoy demasiado asqueado y asustado para reconocer el doble significado que hay ahí. No, mejor no pensar en el final de Potter. Metafórico o de otra manera.

Suspira contenta al final de su explicación. Intento reunir suficiente energía para asentir en reconocimiento. Respirando una profunda bocanada de aire contaminado y nauseabundamente dulce, digo con la voz ronca—: Gracias Sybill, ha sido... “la experiencia más horrorosa de mi vida”... instructivo. —Me levanto y ella me detiene.

—Un momento, Severus. —Coge mi taza de té y me paraliza el terror—. Ah. Veo un viaje a una región montañosa. —Suspiro, y agradezco a los dioses que la mujer no sea tan experta con una taza de té—. No estarás solo. —Sonríe con picardía. Levanto una ceja.

—Te aseguro que no he hecho planes para viajar. Buenos días, Sybill. —Me levanto y camino hacia la salida.

—Severus. —Me giro con impaciencia y veo que aún estudia minuciosamente la taza de té—. Un consejo. Estás luchando contra algo. No trates de resistirte. Solo conseguirás que el golpe sea más fuerte cuando pierdas. Y perderás. —Dice las palabras con una insulsa sonrisa y parpadeo, mirándola.

—Estoy seguro de que no tengo ni idea de lo que estás hablando.

—Lo sabes. —Entrecierra los ojos y, por un breve y terrorífico instante, casi creo que ella lo sabe todo. Pero entonces recuerdo que yo no he hecho nada malo y que ella es una charlatana. Le doy los buenos días a la vieja majareta y continúo mi camino hacia el aire puro, que es casi intoxicante.

Mientras vuelvo a bajar las escaleras, intento mirar la lectura de forma objetiva para determinar qué es lo que hizo que Potter se sintiera incómodo. No he ahondado mucho en el asunto, cuando me golpea un pensamiento alarmante: su diario. Tendrá que entregarlo. ¿Reconocerá ella la lectura? ¿Cómo he podido ser tan jodidamente descuidado?

Comienzo a jugar con la idea de arrancarme el corazón para prevenir que vuelva a pensar con él de nuevo.

 

 

----------------------------------------------------

 

 

He sacado la botella de whisky de su retiro.

El primer vaso enjuaga el sabor a aprensión que la lectura ha dejado tras de sí. El segundo calma el miedo que ha estado dando saltos dentro de mí al ritmo del latido de mi aterrorizado corazón. El tercer vaso entumece el dolor del arrepentimiento; arrepentimiento por haber sido tan descuidado como para exponer mi, hasta ahora, bien guardado secreto para que otra persona lo examine. El cuarto, que me bebo a lentos sorbos para degustar el dorado sabor del olvido, me permite reírme amargamente ante semejante enredo.

Casi me había olvidado de que le esperaba, cuando sale de mi chimenea. Mira a la botella y luego a mí. —¿Un mal día? —Me ofrece una mirada comprensiva y yo gruño, colocando el tapón de la botella. Menos mal que aún tengo la presencia de ánimo para devolver la botella a su lugar correcto. Después, dejo mi varita encima de la mesa y suspiro.

—No tiene que dejarlo por mí. —Sonríe abiertamente—. ¿Qué sucede?

—¿Tiene que suceder algo para que beba? —Apuro lo que queda en el vaso.

—Bueno, no, supongo que no. —Se sienta a mis pies con las piernas cruzadas y me mira con determinación—. Pero... ¿Está usted bien? Tiene aspecto... ¿ha ocurrido algo?

Tú has ocurrido. Y vete a la mierda. —¿No tienes nada que hacer?

—Sí. Tengo que averiguar qué le preocupa.

—No me preocupa nada. Y no sería de tu incumbencia si así fuera. Si no tienes nada mejor que hacer que irritarme con preguntas sin sentido, puedes regresar a tu Sala Común. —Pone cara larga y me siento indignado de que me importe. Alargo de nuevo la mano hacia la botella, antes de acordarme que la he enviado de vuelta al armario de los licores. Comienzo a coger mi varita para convocarla de nuevo, pero me recuerdo a mí mismo la razón por la que empecé a beber en primer lugar.

—¿Has entregado tu diario de Adivinación? —pregunto sin darle importancia.

Arruga el entrecejo y me obsequia con una sonrisa sesgada. —No, tengo que entregarlo el lunes. ¿Por qué?

Respiro con más facilidad y entonces intento decidir cómo le voy a convencer para que arranque esa lectura del diario sin revelar que soy un idiota entrometido. —Sentía curiosidad por averiguar cómo Trelawney había reaccionado ante la noticia de Weasley haciendo cosas innombrables con tu padrino... quiero decir, tu perro. —Sonrío con suficiencia.

—Oh. —Baja la mirada y luego vuelve a mirarme con la misma expresión extraña. Como si estuviera intentando confirmar algo... oh. Merlín, ayúdame. Está intentando decidir si el amor es recíproco o no. Pequeño imbécil imaginativo. Endurezco mi mirada. Por supuesto que no es recíproco.

—Tiré esa lectura. Realmente era basura. —Habría soltado una risita de alegría, pero yo no suelto risitas. Ni de alegría ni de ninguna otra manera. De cualquier modo, me siento aliviado.

—Bueno, yo no iría tirando toda la basura. No te quedaría nada que entregar.

Su boca se tuerce en fingida frustración. Gruñe, y entonces mira hacia abajo y comienza a arrancar pelusillas de su túnica. Yo, por mi parte, me siento infinitamente mejor. No sólo Trelawney no será capaz de establecer una conexión entre Potter y yo, sino que Potter se ha deshecho de la ridícula idea de que yo le amo. Me estremezco ante la idea.

—No le voy a ver este verano, ¿verdad?

Me lleva un momento desviar mi atención del alivio que casi me marea al tono serio de su voz. Está hablando sobre la mazmorra; recuerdo que he sido eximido de mis obligaciones como su profesor. No he pensado qué pasara durante las vacaciones de verano. —No hay ninguna razón para que yo regrese allí. No estarás entrenándote.

—Así que, ¿qué va a hacer? ¿Va a ir a alguna otra parte? —Su tono es seco y monótono. Intenta sonreír, como si la pregunta fuera por casualidad, pero hay miedo tras ella.

—No he hecho planes. Pero estoy bastante seguro de que no se me permitirá alejarme mucho de Hogwarts. No mientras permanezca en la lista de cosas pendientes de Voldemort. —O quizás me vaya a una región montañosa, reflexiono nostálgicamente. No hay Señores Oscuros en Suiza en esta época del año. Por supuesto, tampoco hay nada más. ¿Dónde he puesto ese whisky?

No estarás solo. Ya, claro. ¿Quién más me acompañaría? La lista de conocidos que no me desean la muerte se limita a mis colegas; y de esas personas, no hay ninguna con quien yo querría hacer nada para merecer la sonrisa picarona y cómplice con que Trelawney pronunció la absurda predicción. No. Aunque suene patético, mi única posibilidad romántica en diez años es un chico de quince que, afortunadamente, estará encerrado en alguna mazmorra. Solo.

El estómago me da un vuelco ante la comprensión. Seguramente ¿Dumbledore no le dejaría allí solo durante todo el verano? Me encuentro vagamente sorprendido de que el Director no me haya planteado regresar con él. Se ha establecido que el trimestre finalice dentro de dos semanas. Tomo nota mental de hablar con él sobre sus planes cuando nos reunamos mañana para discutir los progresos de Potter.

Observo que el chico ha palidecido y se está mordiendo el labio inferior. Ha juntado las rodillas con el pecho y se mira fijamente los pies. Tiene que estar pensando lo mismo que yo. —Potter, estoy seguro de que el Director ha hecho los preparativos necesarios para ti. No puedo imaginar que vaya a dejarte allí solo.

—No. No va a hacerlo. Va a enviar... a Sirius. Al menos durante las primeras semanas.

Se me revuelve el estómago por el odio y siento cómo mi rostro se curva en una mueca de asco ante ese nombre. Black. Una fría mano envuelve mi corazón y casi lo defino como celos. Pero eso es ridículo.

—Profesor... usted estará bien, ¿verdad? Quiero decir... —Su voz se apaga y me lleva un rato darme cuenta de lo que está pensando. Por supuesto. La última vez que regresó, Hagrid había sido asesinado. Ha sido un descuido por mi parte sacar el tema de Voldemort con tanta ligereza.

—Tu preocupación por mi bienestar es conmovedora, Potter. Pero si yo fuera tú, estaría más preocupado por estar encerrado con un maniático enloquecido.

La sangre se le sube a las mejillas y sus ojos brillan con enfado. Estoy contento por haber desviado su línea de pensamiento. Agita la cabeza como para disipar la ira y aplaudo su autocontrol.

—¿Por qué vosotros dos os odiáis tanto?

—Ese hombre intentó matarme. ¿Necesito otra razón para odiarle?

—¿Pero por qué? Quiero decir, él no habría hecho eso sin una razón.

Los psicópatas no necesitan una razón. Por eso son psicópatas. —Seguramente no esperarás que sea capaz de saber qué pasa por su cabeza. Harías mejor en preguntarle por qué intentó asesinarme.

Me arrepiento de haberlo dicho en el momento en que las palabras han salido de mi boca. Le preguntará. Y eso significa que Black le volverá en mi contra. Black no le contará la verdad. Black no sabe la verdad.

—Él dijo que usted les seguía, ¿verdad? Para hacer que les expulsaran. Eso es lo que dijo en la choza. —Observa mi reacción. Me encojo ante el recuerdo de aquella noche y aprieto los dientes frente a la recordada enemistad. Sí, quería que les expulsaran. Merecían que les expulsaran. Pero a los pequeños y buenos Gryffindors raramente les echan. Eso no ha cambiado.

—Bueno, muy bien. Ahí tienes tu razón. —Esa es la única razón que necesita, me digo a mí mismo, y luego ruego porque sea suficiente.

—¿Por qué quería que les expulsaran?

—Potter, son cosas que ocurrieron hace mucho tiempo. Debo pedirte que dejes de husmear en mi pasado. Es mejor dejarlo enterrado. —Me daría de patadas. Haber insinuado que hay, en efecto, algo que se puede descubrir, solo le hará trabajar más duro para averiguarlo. Éste es Harry Potter, el Sherlock Holmes del mundo mágico. Podría haberle dado igualmente una jodida invitación para que visitara mi Pensadero.

—Usted también quería que me expulsaran. —Me mira a los ojos, desafiante—. No estoy enfadado. Tan sólo quiero saber por qué.

He usado tantas veces esta explicación, que me sale sin tener que pensarla—: Porque eres un maldito insolente que se sale con la suya más veces de las que deberían permitírsele.

—Puede que tenga razón. —Su voz carece de emoción. Es indiferente. Me siento pasmado de que esté de acuerdo conmigo de verdad. Continúa, y dejo de estar satisfecho—. Pero hay algo más que eso. Usted me odió desde el momento en que me vio.

Mi dorado y tranquilo olvido se transforma en una rabia roja y ardiente. —A menos que quieras que las cosas vuelvan a ser como antes, Potter, te sugiero que te calles de una jodida vez.

—¿Qué le hizo mi padre? Quiero decir que un odio como ese no proviene de unos celos por las habilidades en el Quidditch. Usted es demasiado listo para eso.

—Fuera.

—¿Qué?

—Vete.

—Pero... ¿Por qué?

—He dicho ¡VETE! —grito. La vena en mi sien late con fuerza y siento como el calor me sube a la cara. Si no deja de mirarme boquiabierto y saca su pequeño culo por esa chimenea, le golpearé.

—Solo intento comprender.

—Maldita sea. Potter, si digo que te vayas, joder, debo pedirte que respetes la poca autoridad que me queda respecto a mi vida. ¿Has comprendido eso?

—¡Vale! —Se pone de pie y se gira hacia la chimenea. Al intentar abrir el bote de los polvos flú, se le cae. Se le escapa un grito inarticulado de frustración y cae de rodillas, recogiendo el polvo con las manos. Le miro durante un momento y entonces me río amargamente por mi miserable suerte.

No sé por qué lo intento. No trates de resistirte. Solo conseguirás que el golpe sea más fuerte cuando pierdas. Esa afirmación describe tan acertadamente toda mi historia con este niñato.

—Potter...

—Ya me voy. Sólo... deme un minuto.

Suspirando con exasperación, cojo mi varita. —Ramassio. —El polvo regresa a su contenedor y él me mira ligeramente avergonzado. Como debería ser—. De verdad, Potter. Sé que fuiste educado por Muggles ignorantes, pero esperaba que, a estas alturas, hubiera desarrollado algunos instintos mágicos básicos.

—Sí, bueno, no soy famoso por hacer las cosas de la forma más fácil, ¿no? —Suspira y se levanta—. Siento haberle hecho enfadar. —Se gira hacia el hogar y toma una pizca de polvos flú. Le maldigo por insistir en seguir manteniendo buenas relaciones conmigo. Estúpido niñato.

—Potter, siéntate. —Y perderás.

Se gira hasta quedar frente a mí y, entonces, se sienta rápidamente, como deseando hacerlo antes de que yo pueda cambiar de idea. Me mira expectante. Frunzo el ceño mientras intento eliminar los detalles que no son aptos para oídos sensibles. De pronto, desearía tener la notable habilidad de Dumbledore para sonar como si hubiera dado una respuesta sin haber ofrecido, en realidad, información de ningún tipo. Empiezo con cuidado—: Lo que ocurrió entre tu padre y yo fue una insignificante riña de juventud. Los dos éramos jóvenes e hicimos cosas de las que, estoy seguro, nos hubiéramos arrepentido si nos hubiesen dado la oportunidad. Tienes razón al suponer que el Quidditch no fue el problema fundamental entre nosotros. Y te agradezco que me otorgues el beneficio de la duda... —Llevo intención de seguir, pero me detiene.

—Pensándolo bien, Profesor, no creo que quiera saberlo. Quiero decir... él es mi papá. Y no quiero oír cosas horribles sobre mi papá. O Sirius. Tiene razón. No me concierne. Así que... Lamento haberlo sacado a colación. —Asiento y se lo agradezco silenciosamente—. Pero sabe, no es justo que me odie por cosas que ocurrieron incluso antes de que yo naciera.

—Potter, creo que ya lo he dejado claro. Mi odio hacia ti es exclusivamente tuyo.

Sonríe burlonamente. —Ja, ja. Ya sabe lo que dicen, Profesor... Hay una fina línea...

—Si terminas esa frase, te hechizo.

Se ríe. —Sabe, siempre me está usted reprendiendo por cruzar líneas.

Mi mirada llena de enfado pierde su potencia cuando un se me escapa bufido de risa. Pequeño listillo.

En algún lugar dentro de mí, se dibuja una nueva línea y mi menguante conciencia observa con recelo desde detrás de ella, en la esquina a la que ha sido relegada.