Él está ante mí, con la cara sonrosada por el sol. Gotas de agua caen desde su pelo negro hasta sus hombros desnudos y discurren por su espalda y su pecho. Me sonríe y una roja lengua recorre su labio inferior.

—Vamos, Sev —dice, y entrecierra los ojos para verme con más claridad. Niego enfáticamente con la cabeza. Él no debe verlo. Suelta una risita tona al ver mi reticencia y alarga las manos para desabrochar mi túnica. No puedo resistirme a él. Tiemblo de miedo.

—James, para. No quiero. —Detengo sus manos y observo cómo su mirada azul se nubla con desilusión. Se me paralizan los pulmones y rezo para que el motivo de mi vergüenza desaparezca. Él no debe verlo.

—¿Qué ocurre? A ti te gusta nadar. —Frunce el ceño y sus labios se contraen con frustración. Dejo caer mis manos de las suyas y vuelvo la cabeza para ocultar mi abochornado rubor. Él continúa desabrochando mi túnica y sus fríos dedos rozan mi pecho desnudo, mi estómago. Desliza la tela de mis hombros. Mi respiración amenaza con acelerarse y mi corazón palpita fuertemente. Le odio por ser tan calmado. Tan despreocupado. Tan jodidamente persistente. Normal. Puedo sentir como su cálida mirada recorre mi cuerpo. Mi piel se tensa bajo ella y se me humedecen los ojos; mi cara arde de humillación. ¿Por qué no puede él ser como yo? ¿Por qué no puedo ser normal? Me dejo caer al suelo y llevo mis rodillas contra el pecho, cubriéndome la cara con las manos. No quiero verle. Quiero que se vaya.

Se sienta a mi lado, mirándome de frente; unos dedos apartan los míos de mi cara. —Sev, ¿te encuentras bien? —Cierro los ojos con fuerza, obstinadamente, e intento esconderme tras mi pelo. Él lo aparta. Su mano me sujeta por la barbilla y mis ojos se abren a mi pesar. Le veo así, con la curiosidad iluminando sus ojos, como cada vez que está a punto de descubrir algo. Su sonrisa libera el aliento que yo estaba conteniendo.

—A mí también me pasa. No pasa ná (1).

Niego con la cabeza otra vez, mientras las lágrimas me brotan en una mezcla de alivio y vergüenza.

—No soy normal, James —susurro, cerrando los ojos una vez más. Puedo sentir su rabia, un breve destello de indignación, y puedo imaginarme su expresión: el ceño fruncido enojadamente, los ojos entrecerrados, la nariz arrugada. Odia que le contradiga.

—Calla. Tú eres normal si yo digo que lo eres. —Muevo la cabeza sin decir nada. Él nunca lo entenderá. Puedo sentir sus dedos enredándose en mi pelo. Se inclina hacia delante y contengo el aliento. Tengo miedo de abrir los ojos. Miedo de lo que va a hacer. Miedo de que no lo haga. Unos labios cálidos rozan los míos y puedo sentir su cabello húmedo contra mi mejilla. Se aparta y siento cómo mi alma se va con él. Su ausencia ha creado un vasto agujero. Gimo suavemente.

—Ya está. Ahora yo tampoco soy normal.

Abro los ojos y estudio su rostro. Las ojeras oscurecen la piel bajo esos ojos verdes que arden, hambrientos. Se muerde el labio inferior, atrapándolo con fuerza entre sus dientes, como si soltarlo fuera a hacerle desaparecer.

—Harry.

Él sonríe. —Te quiero, Severus.

 

 

 

----------------------------------------------------

 

 

 

Soy catapultado sin ceremonia alguna de vuelta a la consciencia y mis entrañas me siguen sólo unos segundos después. Emito un grito ahogado a causa del impacto y mis ojos se abren de repente. No dormiré más esta noche. Me levanto de la cama rápidamente, ansioso por escapar de esas imágenes. Me sobresalta ver una cabeza tumbada en mi suelo. Un Harry Potter sin cuerpo abre los ojos y me sonríe con culpabilidad.

—¿Qué diablos estás haciendo aquí? —chillo, agarrándome el pecho sobre mi acelerado corazón.

Se incorpora y se quita la capa. —Yo… lo siento. —Baja la mirada y se pone en pie. Me pongo la bata y me froto los ojos para quitarme el sueño. Él sigue ahí cuando paro. Maldición.

—¿Por qué tienes esa maldita capa? —Hace siglos que no la necesita. Con sus pases y su libre disposición del sistema Flú de Hogwarts. Estudio su cara mientras se contrae en una sonrisa apenada.

Suspira con resignación. —Vengo aquí a veces por la noche. Yo… Sólo cuando usted está durmiendo. Quiero decir, no le miro mientras… se viste ni nada tan pervertido. Yo únicamente… Sólo cuando está dormido. Lo siento. —Pronuncia la última parte de su confesión dirigiéndola hacia sus manos. Le miro fijamente, mudo por la impresión. Ha estado viniendo a mi habitación por la noche. Intento procesar la información, pero se pierde en algún sitio ante el descubrimiento de que no está durmiendo por las noches, como yo había creído.

Añade—: Normalmente me voy antes de que se despierte.

—¿Con qué frecuencia haces esto? —Se encoge de hombros como respuesta—. Entonces no has estado durmiendo.

—Lo siento, Profesor. ¿Está enfadado?

Se me ocurre en este momento que debería estarlo. Esto sería razón suficiente para romper mi acuerdo con Dumbledore. Potter se ha aprovechado de su acceso a mis aposentos. Ha entrado sin permiso. Debería sentirme asqueado y violado. Estoy horrorizado de que no se me haya ocurrido antes.

—¿Por qué no me dijiste que no dormías? ¿Por qué no revelaste tu presencia antes? —Por qué lo ha hecho esta noche. Esa es una pregunta mejor. Más concreta. Se me encoge el estómago al considerar la predicción de Trelawney. Poniendo las ideas en acción. Reúno fuerzas, aferrándome desesperadamente a mi autocontrol.

—Me habría obligado a dejar de venir. Me habría obligado a intentar dormir. —Por supuesto, tiene razón. Ciertamente, no le habría permitido acampar en el suelo junto a mi cama.

—Así que, ¿por qué ahora?

—Usted dijo mi nombre. Creí que sabía que yo estaba aquí. Pero estaba soñando, ¿verdad? Debería haberlo sabido. No me llamaría Harry a menos que estuviera totalmente fuera de combate. —Sonríe. Hago una mueca amarga y me siento sobre la cama con un gran suspiro. Se sienta a mi lado y me pongo tenso. Sopeso desplazarme hasta la sala de estar, y luego desestimo esa idea. No estoy seguro de poder llegar tan lejos justo ahora.

—No puedes continuar con esto.

—Estamos a final del trimestre de todas formas, ¿verdad? Estaré encerrado en esa mazmorra. Se librará de mí. —Pretendía pronunciar su declaración en un tono juguetón, pero le falla la voz, traicionándole. Me sobresalta una punzada repentina en mi pecho, que reconozco como terror. La aplasto con irritación y me digo a mí mismo que agradeceré la oportunidad de estar solo.

—Potter…

—Por favor, Profesor. No diga nada. Es… Quiero decir, puedo soportar la idea de pensar que está contento de librarse de mí. Lo comprendo. De verdad. Debe ser bastante horrible pasar todo su tiempo libre con un... ejem. Por favor, sólo… No quiero oírle decirlo. —Le observo y me pregunto cínicamente si está intentando conseguir que yo lo niegue. No lo haré.

—Lo siento. —Sonríe valientemente—. Ahora le dejaré en paz. —Poniéndose en pie, empieza a alejarse antes de volverse—. Tenga —dice, ofreciéndome su capa—, sólo para asegurarse de que no lo haré más. Me vuelvo un poco… raro por las noches y tiendo a convencerme de hacer cosas realmente estúpidas. De esta forma, no podré hacerlo. Y quizás usted crea que lo siento de veras. Supongo que estoy un poco loco, después de todo. —La capa cae sobre mis manos como si fuera agua. Tras unos momentos, la suelta y suspira como si se preparara para alguna experiencia terrible. Me siento aturdido e inexplicablemente asustado. Le observo irse, pensando que debería decir algo. Sin saber exactamente qué puedo decir. Debería sentirlo. Debería estar enfadado.

—No estás loco, Potter.

Se detiene en la puerta y se ríe. —Bueno, no soy exactamente normal, ¿cierto?

Suelto un bufido de risa al ver cómo mis propias palabras vuelven para atormentarme. Una vez más, la ironía me da en las narices. La expresión “cuidado con lo que deseas” suena en mi cabeza como un disco rayado. —No —digo firmemente; no hay razón para mentirle—. Pero la normalidad está sobrevalorada.

Me pongo en pie y luego le sigo hasta la sala de estar. Se disculpa otra vez y saca una lata de polvos Flú. Le detengo. Si cree que, sencillamente, voy a dejarle que se salga con la suya en esto, está terriblemente equivocado. No he olvidado del todo mi cargo y no puedo permitirle continuar con su comportamiento obsesivo.

—Potter, tú te quedas. Es hora de que tú y yo hablemos. —Convoco una tetera e intento no percibir la ansiedad que cubre su rostro. Esto le va a doler mucho más que a mí—. Voy a hacerte preguntas. Y vas a contestarlas sinceramente, sin dudar. Has entrado sin permiso y a propósito en mi habitación, y no te permitiré el lujo de avergonzarte. Son las cinco de la mañana y no tengo paciencia para sonrojos. Siéntate.

Lo hace obedientemente y pone la cabeza entre las manos. Coloco el té sobre la mesa entre nuestras dos sillas, y considero por un momento cuán profundamente quiero ahondar en este comportamiento, en cierta medida, retorcido. Ya estoy involucrado demasiado profundamente. Inspirando profundamente, empiezo—: ¿Por qué viniste aquí? —Ya sé lo que va a responder, pero le forzaré a soltarlo todo antes de que esto acabe. Y, con suerte, aplastaré algunas de las ideas que tiene en la cabeza.

—No podía dormir.

—¿No podías dormir o tenías una pesadilla?

—No podía dormir —repite con firmeza.

—¿Estuviste aquí anoche? —Asiente—. ¿El viernes? —Asiente otra vez—. ¿Cuándo fue la última vez que pudiste dormir? —Empiezo a preguntarme si está diciendo la verdad.

—A veces duermo cuando vengo aquí. Es… más tranquilo. Mire, no es nada grave.

—Por el contrario, entrar a escondidas en mis habitaciones es muy grave. Y tu insomnio, si es esa, de hecho, la razón de tus visitas, es también causa de preocupación. Creía que dormías. De haber sabido que tu falta de sueño persistía, habría insistido en que se hiciera algo. —Me mira, horrorizado. Yo mismo estoy horrorizado. ¿Qué habría hecho?

—Voy mejor en las clases, ¿verdad? Quiero decir, eso es todo lo que importa. Y venir aquí… bueno, ya dije que lo sentía.

—Lo hiciste. Y me creo que lo sientes; sientes haber sido descubierto. No creo, sin embargo, que pienses que lo que hiciste estuvo mal. E ir mejor en las clases no es todo lo que importa, ciertamente. El sueño es un factor fundamental para mantener la estabilidad mental.

—Usted no duerme más que unas pocas horas cada noche. Tal vez, simplemente, no necesito dormir tanto como otros. Y sé que venir aquí está mal porque viola su privacidad. Pero tiene razón. No veo nada de malo en querer… —Inspira profundamente y cierra los ojos—…estar cerca de usted. —Le observo apretar la mandíbula obstinadamente. Mantiene los ojos cerrados durante un momento, por lo cual estoy agradecido, ya que me da tiempo para recuperarme del rudo golpe que ha sido su declaración.

—Es inapropiado.

—No. Sería inapropiado si estuviera en la cama con usted. —Hay un venenoso resentimiento en su voz, pero no me da la impresión de que esté dirigido hacia mí—. Ahora mismo, no es más inapropiado que darle whisky a un alumno. —Abre los ojos para juzgar mi reacción. Tengo cuidado de no mostrar ninguna. Por dentro, estoy indeciso entre aplaudirle por esa observación tan astuta e intentar pensar qué decir a continuación. Me libera de mi obligación de reaccionar—: Y, además, si alguien se enterase, es a mí a quien echarían la culpa. Yo tengo la capa de invisibilidad. Yo tengo el polvo Flú. Yo entré a hurtadillas en las habitaciones de un profesor después de que él me enviara a pasar la noche a mi casa.

—Potter, esa no es la cuestión.

Frunce los labios con enfado. —Lo sé. —Se pasa las manos por el pelo y sorbe su té—. Lo siento. Sé que es inapropiado. Pero sólo porque a usted no le gusta.

Casi acierta, creo. Cierro los ojos para pronunciar mi siguiente declaración. —Tu deseo de estar cerca de mí es inapropiado, Potter, porque soy lo bastante mayor como para ser tu padre. —Ya está. Lo he dicho. Me trago la nausea que me ha provocado decir esas palabras.

—Eso también lo sé. Pero tenía una cierta esperanza de que no lo mencionara. —Abro los ojos y le veo sonreír. Casi sonrío igualmente. — También es inapropiado porque usted es mi profesor y porque estoy cruzando líneas que no deberían cruzarse, ¿verdad? Y entrar a escondidas aquí está mal porque usted confió en mí lo suficiente como para dejar que Dumbledore abriera su red Flú… y yo traicioné su confianza. Conozco todas las razones, Profesor. He tenido mucho tiempo para pensar en ello.

—Entonces, bueno. Estando intacto tu sentido del bien y del mal, ¿cómo demonios justificas tus actos?

—Supongo que no puedo. Mire, me voy a la cama por las noches y me digo a mí mismo que voy a dormir. Y entonces empiezo a pensar. Pensar me vuelve loco, así que intento parar, pero no puedo. Y entonces Neville empieza a roncar, y eso me vuelve aún más loco. La Sala Común es demasiado silenciosa. Lo de Hagrid… es sólo que… no puedo… Le prometí a Dumbledore que dejaría de vagar por los pasillos de noche, así que vengo aquí. Me tumbo en el suelo y le escucho respirar. Y, como no hago daño a nadie, no realmente, no me importa que sea inapropiado.

Asiento. No sé exactamente por qué. Sólo parece ser una buena reacción. Le comprendo perfectamente, pero eso no quita el hecho de que no quiero ser su cura contra el insomnio. Menuda estupidez. No es mi papel. No forma parte de mi carácter ser un sedante. Y no soy la puñetera luz en la oscuridad de su vida. Soy la oscuridad.

—Le doy grima, ¿verdad?

Asiento. Maldición. Debería haberlo negado.

—Suena bastante patético, lo sé.

—Lo que me preocupa es qué pasa si, por la razón que sea, no estoy disponible para… respirar para ti.

—Bueno, siempre tendré mi libro de Pociones. —No tengo las energías necesarias para sonreír con un sarcasmo efectivo. En lugar de eso, gruño. Debería sentirse agradecido de recibir siquiera una respuesta—. No lo sé. Pero supongo que lo averiguaré durante el verano. Y ya medio esperaba que me hubiera echado de aquí a estas alturas. No le necesito. Sólo… me gusta estar aquí.

No sé qué me molesta más: que pudiera hacer esto por algún tipo de dependencia retorcida de mi persona, o que lo haga por elección propia, porque quiere estar aquí conmigo. Ya en otras ocasiones he sido el insólito objetivo del encaprichamiento de algún alumno. Pero nunca hasta este punto. En aquellas raras ocasiones en que un alumno ha decidido que yo le gustaba, le asusté y curé efectivamente de ese impulso a él o a ella. Mi capacidad para asustar está directamente relacionada con mi papel como figura de autoridad. Como mi papel en esta situación se ha tergiversado de forma tan terrible, no sé cómo manejarla. Lo que es más, no me veo capaz de hacer que todas las partes de mi ser se pongan de acuerdo en que esta situación tiene que resolverse.

—Potter, quiero que me digas cómo crees que debería abordar este asunto. Tengo un joven cuyo afecto por mí… no te atrevas a sonrojarte… su afecto por mí ha ido tan lejos, y es tan inaceptable, que decir que se ha cruzado una línea sería quedarse muy corto. Ahora ha ido tan lejos como para entrar a escondidas en mi habitación en mitad de la noche para escucharme mientras duermo, saltándose de esta manera las pocas reglas que aún se espera que cumpla. Si le niego la entrada, que sería lo lógico, corro el riesgo de verle fracasar en el colegio o sumirse en una depresión aún más profunda. Si no pongo freno a todo esto, corro el riesgo de… “volverme igual de dependiente, de hacer algo estúpido”. ¿Dónde demonios está el final de esta frase?

—Perder su trabajo.

—Precisamente. —Algo por el estilo.

—¿Ayudaría si yo le dijera a Dumbledore que quiero dejar de venir aquí? Es decir, ¿es ese el problema? Porque si le preocupa que le echen la culpa si suspendo el curso, entonces yo… quiero decir, Dumbledore no le culparía si yo fuera el que dejase de venir.

Le miro muy enfadado. —No te hagas el valiente y sacrificado Gryffindor conmigo. No te favorece. ¿Qué quieres, Potter?

Se ríe. No le veo la gracia. Observo cómo sus facciones se endurecen testarudamente y contengo la respiración.

—¿Qué quiere usted, Profesor? Porque, al final, es su decisión. ¿De veras quiere saber lo que pienso? Creo que tiene razón. Me he comportado de forma inapropiada. Pero si hablamos de las reglas, usted también. Todo lo que usted ha hecho hasta ahora podría poner en peligro su trabajo si alguien que no fuera Dumbledore lo supiese. Si alguien nos encontrara aquí ahora mismo, le despedirían. Así que creo que, en cuanto a los problemas en que nos podamos meter, como dirían los gemelos Weasley, hagamos que merezca mucho la pena.

Me quedo con la boca abierta y no puedo pensar con la suficiente claridad como para cerrarla. Estoy atónito por la facilidad con que ha sido capaz de pronunciar ese discurso, y me pregunto brevemente si no lo ha estado redactando todas estas noches que ha pasado escuchándome respirar. En mi suelo. Ignoro esa línea de pensamiento antes de que empiece a imaginarme qué mas podría haber estado haciendo en mi suelo.

Se ríe y, finalmente, me las arreglo para quitarme de la cara la expresión de desconcierto. Dejo escapar el aliento que había olvidado que estaba conteniendo.

—Lo siento —dice con una risita dirigida hacia su taza—; debería haber visto la expresión de su cara. —Apura el resto del té y mira el interior de la taza con una expresión desilusionada—. ¿Está seguro de que no quiere reconsiderar el whisky? Porque tiene aspecto de necesitar una copa. Y yo no le diría que no a una, tampoco.

—Eres un insomne, un depresivo y un minusválido moral. No añadamos el alcoholismo a la lista. Aún eres joven. Tienes toda la vida para trabajar en ello. —Sonrío con desdén y trato de ignorar el hecho de que toda su vida no será lo suficientemente larga.

—No soy un minusválido moral.

—Mm. ¿”Hagamos que merezca mucho la pena”?

Sonríe ampliamente. De pronto, desearía no haberle prohibido nunca que se sonroje. Lo prefería cuando tenía vergüenza.

—Bueno, me dijo que no fuera sacrificado —finalmente el azoramiento colorea ligeramente sus mejillas, y estoy tan agradecido que podría besar… bueno, quizás no tan agradecido. Decididamente no—. No respondió a mi pregunta. ¿Qué quiere usted, Profesor?

Una parte muy expresiva de mi mente hace campaña por la adopción del código ético de los Weasleys. Las partes cuerdas discuten entre ellas para decidir qué aspecto de mi ser se hará oír. Mi boca espera pacientemente a que se tome una decisión.

¿Qué quiero? Quiero que él no haya nacido nunca. Quiero volver a los benditos días cuando me contentaba con odiarle como a una extensión de su padre. Quiero volver a aquel tiempo en el que me sentaba solo en mis aposentos y no miraba el reloj, esperando que él saliera de mi chimenea y rompiese el ensordecedor silencio de mi anteriormente atesorado aislamiento.

Quiero poseerle y hacerle arrepentirse de haberme deseado alguna vez.

—Profesor, tengo que volver ya. —Oh, Dios, gracias—. Si quiere pensar en ello, puedo volver más tarde. Es decir… si se me permite. —Me mira incierto y yo asiento. Deja escapar el aliento que contenía y se pone en pie. Sonríe antes de decir—: Lo siento de veras, Profesor. Aunque sea por las razones equivocadas.

Le observo mientras entra en la chimenea y desaparece. Me quedo solo, imaginando qué podría haber hecho si se hubiera quedado.

 

 

 

----------------------------------------------------

 

 

 

—Buenas tardes, Severus. Pareces cansado.

Me siento y le miro enfadado. Dumbledore me mira con ese destello en sus ojos por un momento, antes de adoptar un aire serio. Me pongo tenso. No puedo decidir si prefiero que tenga ese destello o que no. Finalmente decido que prefiero no pensar en ello.

—Severus, Harry vino a mí esta mañana con una confesión bastante inquietante.

Me invade el pánico. Se lo ha dicho. ¿Por qué lo ha hecho? Enarco una ceja y trato de parecer indiferente. —¿De veras? Nunca hubiera adivinado que el chico fuera capaz de ser honesto.

—Parecía estar preocupado de que no tuvieras corazón para decírmelo tú mismo. Por supuesto, comprenderás, Severus, que lo que Harry ha hecho es inaceptable. Tendrías buenas razones para pedir que tu Flú se cierre para él. Cuando dije que esperaba que mantuvieras tu compromiso, no esperaba que renunciaras a tu derecho a la intimidad.

Aprieto la mandíbula con furia. —No me importa —murmuro.

—¿Disculpa?

—He dicho que no me importa. No me emocionó encontrarle tirado en mi suelo esta mañana pero, tras considerarlo cuidadosamente, comprendo por qué estaba allí. Y el hecho de que él viniera a ti prueba la sinceridad de su disculpa. Y, aunque su comportamiento no es normal, si venir por Flú a mis habitaciones para oírme respirar le ayuda, entonces por qué diablos no vamos a dejarle hacerlo. Si quieres que le castigue, tal vez deberías meditar que su dependencia es enteramente culpa tuya.

Me doy cuenta de que estoy gritándole. A Albus Dumbledore. Me quedo con la boca abierta en una disculpa sin palabras, y una fría ola de temor me deja helado. Su expresión es la de un sabio abuelo a punto de explicarle algo dolorosamente simple a un niño demasiado pequeño para entenderlo. No puedo mirarle a los ojos.

—Severus, yo simplemente quería que supieras que no estás obligado a hacer nada que no desees hacer. En cuanto a que esto sea enteramente culpa mía —me estremezco y él se ríe suavemente—, creo que puede que te estés subestimando. Es posible que se sienta a gusto en tu compañía por cómo eres.

—Por favor, Albus. Le encerraste en una habitación con otra persona en un momento muy vulnerable de su vida. Es natural que desarrollara cierto apego hacia esa otra persona. No nos engañemos creyendo que la situación es nada más que la que es: un chico asustado aferrándose a la primera persona que le ofreció paz.

—O tal vez la primera persona que le comprendió. —Abro la boca para replicarle y soy silenciado por una mano huesuda—. Me he tomado la libertad de suspender vuestras sesiones de estudio. No puedo dejar que se libre del castigo. Sospecho que lo entiendes. Volverá a la mazmorra una vez que termine el trimestre. Sirius Black ha consentido en hacerle compañía durante la primera parte del verano. Sirius será requerido más tarde, por supuesto.

Aparto el tema de Black y me centro en el problema mayor. —Tengo objeciones a tenerle encerrado durante todas las vacaciones de verano. Entiendo que es necesario mantenerle a salvo, Albus, pero mantenerle con vida no tiene sentido si no se le permite vivirla.

—Estoy muy de acuerdo. De hecho, esperaba discutir esto contigo. He encontrado un sitio que podría servirnos como lugar seguro. Los preparativos aún no están completados, pero deberían estarlo a mediados de julio. Me pregunto si podría convencerte para ir con Harry. Es un enclave apartado, pero lo bastante amplio como para que deba insistir en que no se utilice la magia salvo que sea absolutamente necesario. No estás, en modo alguno, obligado a aceptar esta tarea, Severus.

Resoplo desdeñosamente. —Pero si no acepto, él se queda en la mazmorra solo. —Baja la vista y asiente gravemente—. Es lo que pensaba. Dime, Albus, este nuevo lugar secreto no estará por casualidad en una región montañosa, ¿verdad?

Su mirada se dispara hacia la mía y veo cómo su expresión se llena de sorpresa. Es una ocasión verdaderamente poco habitual, aquella en la que soy capaz de sorprender a este hombre. Me sentiría complacido, si no fuera por la repentina ola de náusea.

—¿Puedo preguntar cómo sabías eso? —Frunce el ceño.

—Es sólo algo que predijeron mis posos de té.

Sonríe y sus ojos destellan una vez más. Le prefiero serio. Ahora estoy seguro. —No era consciente de que tuvieras ninguna fe en la Adivinación.

—No la tengo —gruño. ¿Pero quién soy yo para discutir con el destino?

 

 

 

----------------------------------------------------

 

 

 

Entro en el oscuro silencio de mis habitaciones, habiendo pasado la mañana despidiendo alumnos lloriqueantes de séptimo curso, cuyo sentimentalismo nunca deja de maravillarme. Gracias por ser un bastardo, Profesor. Me ha enseñado tanto. Debería suspenderles por principio. Dejando caer al suelo un montón de regalos de agradecimiento varios, voy a mi despensa privada y saco mi botella de vino tinto ceremonial para el final de trimestre. Uso un aparato Muggle llamado abrebotellas para abrirla. Si bien mi varita sería mucho más eficiente, hay algo increíblemente satisfactorio en el acto de observar cómo el metal retorcido penetra en el corcho. El corcho sale con un “pum” y suspiro de felicidad.

Pongo la botella sobre mi escritorio para dejar que respire, y veo una carta encima de éste. Reconozco su buena letra. Sospecho que debe haber entrado vía Flú mientras yo estaba desayunando. Le había visto abandonar el Gran Salón, volviéndose hacia mí con una débil sonrisa antes de desaparecer con Dumbledore, de camino al lugar secreto, presumo. Casi siento no ir con él. Su ausencia de mis aposentos no ha pasado desapercibida, para mi desmayo. Sin él aquí, agotándome con su cháchara por las tardes, mi capacidad para dormir ha disminuido. En numerosas e inquietantes ocasiones, me he sorprendido a mí mismo esperando de verdad que él cumpliera mis expectativas y desobedeciera las órdenes de Dumbledore. Aparentemente, sin embargo, ha desarrollado una nueva afición por las reglas y ha insistido en respetar mi espacio. Sin tener en cuenta que nunca se lo he pedido. Maldito chico.

 

 

 

----------------------------------------------------

 

 

 

Rompo el sello de la carta. No estoy completamente seguro de querer saber lo que hay dentro. Algo me dice que debería tomarme una copa de algo con alcohol antes de empezar a leer. Si bien es una pena mezclar el buen vino con la aprensión, tendrá que servir. Me sirvo una copa y me llevo la botella conmigo a esa butaca. Tomo un sorbo de vino y abro la carta.

Querido Profesor Snape:

Querido. Qué tierno. Bebo un buen trago antes de continuar.

Quería agradecerle toda la ayuda que me ha prestado este pasado año. Sin ese hechizo para la concentración que me enseñó, nunca habría podido sobrevivir a las dos últimas semanas. Incluso Hermione estaba impresionada por lo concentrado que estaba en mis estudios, aunque Ron estaba un poco preocupado por mí.

Bueno, supongo que, en realidad, le escribo para decirle de nuevo que lo siento. Sigo pensando en la posición en que le puse y me siento fatal por ello. Dumbledore se enfadó de veras. Él tenía razón. Usted ya había cedido tanto, y fue egoísta por mi parte querer más. Sé que él suspendió las sesiones de estudio únicamente hasta el próximo trimestre, pero he decidido no continuar con ellas. No es que no me ayuden. Lo hacen. Pero por razones que son del todo erróneas.

He estado pensando en lo que dijo acerca de ser lo bastante mayor como para ser mi padre. Sé que le da grima gustarme. También me da grima a mí, en realidad. Supongo que esa es la razón por la que creo que es mejor dejar de ir a sus habitaciones. Cuanto más estoy con usted, más quiero estar con usted. Y, como dijo, es inapropiado. Sin mencionar que es jodidamente irritante estar enamorado de alguien con quien no tienes ni una maldita oportunidad.

Ya está. Lo he escrito. No se preocupe, voy a tener mucho tiempo este verano para intentar olvidarle. Voy a darle esta carta ahora, antes de que pierda el valor. Que pase un buen verano y, por favor, no se muera.

Harry

P.D. Si no es mucho pedir, ¿podría no torturarme con esto en clase, por favor? De hecho, si pudiera usted simplemente fingir que no escribí eso ultimo, se lo agradecería.

 

Dejo caer la carta en mi regazo y me río. Muy alto. Histéricamente. Algo me dice que Potter no tenía idea del último plan de Dumbledore con respecto a nosotros cuando reunió todo ese valor de Gryffindor para entregar su carta. Tengo que reconocerle el mérito. Ciertamente hizo un esfuerzo de mil demonios para ser noble. Estoy dividido entre una impaciencia sádica por ver la expresión de su cara cuando tenga que enfrentarse a mí y el asombro por encontrarme en esta ridícula situación. Él rompió conmigo. Me río otra vez. Sospecho que me acordaré de sentirme horrorizado más tarde. Pero, por ahora, brindo por Harry Potter. Que continúe sacrificando su dignidad para mi diversión enfermiza.

 

 

(1) N. de la T.: En el original ‘S all right, que denota una pronunciación propia del registro vulgar, por lo que hemos buscado una expresión equivalente.

 

Vuelve