Llego al nuevo y, aún desconocido, emplazamiento mediante un Traslador, e inmediatamente cierro los ojos ante un punzante resplandor. Los vuelvo a abrir con cautela para encontrarme en lo que sólo se puede considerar como la antítesis de mi sombría, fría y confortable mazmorra. Los ojos me lloran como defensa y, entornando los párpados, veo una cocina Muggle. La vasta blancura está interrumpida intermitentemente por relucientes cajas metálicas dispersas por toda ella. El sol de julio entra a raudales a través de una pared hecha enteramente de ventanas que dan a un lago. Mi boca se curva en una mueca de asco.

Albus Dumbledore me ha condenado oficialmente al infierno.

Me percato de una voz que habla en francés y me giro hacia el sonido. Más allá de un tabique, veo lo que parece un cuarto de estar, en cuyo centro hay una caja plateada con una imagen de un hombre en su interior. Recuerdo vagamente haber estudiado ese objeto ridículo en Estudios Muggles. Me acerco para echarle un vistazo y veo a Potter en el sofá (¡blanco! ¡Buen Dios!), contemplando fijamente la caja como si contuviera el secreto del universo.

—No sabía que hablaras francés —digo, y casi se sube a la lámpara.

—¡Dios! ¿No puede hacer ruido cuando camina? —Se sujeta el pecho.

—Bueno, podría, pero no sería, ni por asomo, tan efectivo para matar a la gente de un susto. —Sonrío socarronamente y aparta la mirada. La vergüenza que he estado esperando ver en su cara, mejor dicho, que he estado deseando ver desde hace tres semanas... no está ahí. Estoy sorprendido, cuando menos, de ver ira. Me fijo en una licorera con un líquido dorado, que supongo que es whisky, puesta sobre la mesa delante de él. Él sostiene con cuidado un vaso medio vacío en la mano.

—Veo que ya estás celebrando tu huída hacia la luz. —Toma un sorbo de su vaso y continúa contemplando la imagen de la caja. Pierdo la paciencia—. ¿Me estás ignorando a propósito?

Sus ojos me echan una rápida mirada, brillando con enfado. No contesta.

—Si este es el tratamiento que voy a recibir después de haber sacrificado otras vacaciones enormemente necesitadas en tu beneficio, estaré encantado de decirle al Director que estarías mejor en la jodida mazmorra.

—Yo no le pedí que sacrificara nada por mí. Dígale a Dumbledore lo que quiera. Ya le dije que no quería volver a verle. —Su tono de resentimiento me irrita y la sensación punzante en mi pecho me molesta todavía más.

—Sí, un pequeño testimonio de l’amour muy enternecedor. Desafortunadamente para ambos, ya me había comprometido a cuidar de ti antes de recibir tu carta, pensando tontamente que apreciarías el cambio después de las mazmorras. Si hubiera sabido que iba a recibir una confesión de amor tan elocuente...

—Seh, bueno, lo retiro. Todo. Escribí todo eso antes de saber que usted era... —Su voz se apaga y se obliga a tragar lo que le queda en el vaso.

Me tenso. Me doy cuenta de que Black golpea de nuevo. Sólo puedo imaginar las historias que le ha contado a Potter. Entrecierro los ojos. No me está mirando. —Antes de que supieras que yo era... ¿qué, exactamente? —Mi voz es fría y grave y no deja entrever nada de la herida abierta, de bastante tamaño que hay en mi pecho.

Deja las gafas encima de la mesita de café y se levanta. —Sólo... déjeme en paz. —Comienza a alejarse.

—No. Me vas a contar qué es lo que crees que sabes.

—No sé una maldita cosa, ¿vale? —Camina rápidamente por un pasillo y le sigo.

—De eso, señor Potter, no tengo ninguna duda. Pero si no te importa, me gustaría saber las acusaciones que tu amado padrino ha hecho contra mí. —Conozco las acusaciones. Casi puedo oír cómo son lanzadas de nuevo contra mí. Tenía la esperanza de haber superado con la edad tonterías tan elementales.

—Él no me contó nada. ¡Sólo déjeme en paz, demonios! —Entra en una habitación y freno la puerta antes de que tenga la oportunidad de cerrarla. Se tira boca abajo en la cama y me siento asombrado por ese gesto infantil. Pero, ¿por qué debería estarlo? Es un niño.

—Lo siento, Potter. Tenía la impresión equivocada de que te habías dado cuenta de que hay dos partes en cada historia. He sobreestimado tu madurez. Un error que, te aseguro, no volveré a cometer nunca jamás. —Salgo de la habitación con paso majestuoso y combato satisfactoriamente el impulso de cerrar la puerta dando un portazo. No seré reducido al mismo comportamiento infantil. Decido buscar una mazmorra en la que planeo sentarme, en la tranquila y fría soledad, y darme de patadas sin descanso por haber creído que el crío podría ser algo más que el digno hijo de su padre.

 

 

 

—¿Qué está haciendo?

Su voz me sobresalta, sacándome de la paz que he encontrado en la tarde veraniega, contemplando en el lago el reflejo de los colores del cielo mientras bebo hasta el olvido. En realidad, es mucho más probable que haya encontrado la paz en el fondo de la botella de brandy que me traje conmigo. La naturaleza nunca ha suscitado nada dentro de mí excepto, tal vez, una conciencia indiferente de su existencia y una vaga gratitud por proveerme de ingredientes para pociones. Una vez descubierto que no hay ninguna mazmorra en esta despreciable prisión, me he trasladado a la terraza en un intento de escapar de la repugnante luminosidad de la casa.

—¿Qué parece que estoy haciendo? —respondo fríamente.

—Cogiendo una curda.

—Una observación muy astuta, Potter, ¿cómo la has logrado? Oh, lo olvidaba. Eres un maestro resolviendo enigmas, ¿verdad? Si no te importa, estoy intentado olvidar que existes, y tu presencia aquí supone un gran impedimento para mi progreso.

Se sienta en la silla que hay al lado de la mía y me levanto con enfado. —Potter... —Pretendo decir algo insultante, pero mi cerebro está ocupado intentando ajustarse a mi nueva posición vertical. Me decido por—: Vete. A. La. Mierda. —Comienzo a bajar los escalones, aunque con un paso menos seguro de lo que me hubiera gustado, y entonces me dirijo hacia el lago.

—Debería habérmelo contado, ¿sabe? —me grita desde arriba. Si estuviera en mejor estado, podría tener el buen juicio de ignorarle. Pero, en mi condición actual, estoy demasiado dispuesto a destruirle.

—Y, te lo ruego, dime, ¿qué debería haberte contado? —Me giro rápidamente y alzo la mirada. Probablemente no es lo mejor que podía haber hecho. Girar.

—Que usted estaba... enamorado de mi padre. ¿Sabe lo extraño que es para mí?

Me río y meneo la cabeza. Claro, extraño para él. De pronto, comienzo a sentirme bastante mareado de mirarle desde abajo y por eso me siento, renunciando a mi poder de ser inaccesible. Uno no puede ser intimidante mientras está sentado en el césped. Es imposible. Pero también lo es ponerme de pie justo ahora. Me vuelvo para mirar hacia el lago, deseando que éste ascienda de repente y me engulla.

Le oigo descender los escalones y acercarse por detrás de mí. —Era él, ¿verdad? El que le hizo darse cuenta de que usted era gay. Estaba hablando de mi padre, ¿no? Y cuando él no le correspondió, usted intentó hacer que le expulsaran.

Me río de nuevo, esta vez con amargura. Eso se acerca bastante a la verdad. Si la verdad estuviera en China, quizás. ¿Pero quién soy yo para hacer pedazos la imagen del gran James Potter? He ayudado a mantener su secreto durante casi treinta años... unos cuantos más no dolerán. Sí. Una vez que el último Potter esté enterrado, se podrá contar la sórdida historia. Escribiré un libro de éxito, “Cuando los Grandes Magos Sucumben”, y luego me retiraré y observaré cómo me llueven los galeones. No es que los necesite. Oh, que le den por saco. Unos pocos más no pueden hacer daño.

—Profesor. —Su voz interrumpe mis cavilaciones e intento mirarle airadamente. Había olvidado que estaba ahí. Me río de nuevo. Por supuesto que está ahí. ¿Dónde estaría él sino en la pesadilla que es mi existencia? Me tumbo en el suelo y cierro los ojos.

—Guau. Está realmente borracho. —Le oigo decir. Se sienta a mi lado, provocando, de alguna forma, que el mundo entero comience a girar. Abro los ojos y observo cómo el cielo nocturno gira hasta enfocarse. Me percato de que estar tumbado, sin duda, no es la mejor idea. Pero parece que no puedo remediar la situación precisamente ahora.

—No estaba enamorado de tu padre —oigo mi voz ronca y entonces aplaudo a la parte de mí que está suficientemente consciente como para seguir el tema de la conversación. Me asombra cuan absolutamente dotado estoy.

—Pero le gustaba.

Caigo en la cuenta de que los adolescentes no hacen la misma distinción que hacemos los adultos entre gustar y amar. Por ser el testigo reacio de innumerables romances de adolescente con el paso de los años, he aprendido que, que te guste alguien, en el argot adolescente, describe la relación desde las primeras mariposas en el estómago hasta la improbable ocasión de una tercera cita, después de la cual la palabra “amor” se lanza tantas veces como los cojines en una clase de Encantamientos. Según la definición de Potter, supongo que yo estaba enamorado.

—Ojalá me lo hubiera contado —musita.

Una ola de sobriedad cae sobre mí, desde esa estrella que está manteniendo el mundo quieto, creo. —¿Se te ha ocurrido que no he discutido esto contigo por tu propio bien, joder? ¿O que puede que estuviera intentando proteger esa perfecta y rutilante imagen que tienes de tu padre? Fuiste tú quien dijo que no quería escuchar nada horrible sobre él, ¿no es así? Pero sí que estabas deseando oír que yo era un... oh, ¿cuál era el nombre cariñoso que usaba Black para mí?... Sí, bastardo rastrero, grasiento y pervertido que intentó seducir al pobre e indefenso James Potter. Sí, yo seduje a un chico que me conocía tan bien como yo me conocía a mí mismo, a un chico que se sentía impulsado casi compulsivamente a ser el líder de cualquier actividad en la que tomaba parte. Eso es, seduje a James Potter. Es mucho más fácil de creer que la alternativa, ¿verdad? Sería tan típico de un bastardo Slytherin rastrero como yo, que era conocido por estudiar las artes oscuras, hechizar al perfecto y amado héroe del Quidditch. James Potter era todo lo que era bueno y puro en el mundo. Yo era su antítesis, ¿cierto? —Río con una amargura que he contenido durante años. Cuánto ansío contar al mundo exactamente lo perfecto que era James Potter en realidad. Pero sé que no lo haré. No puedo—. A veces las personas entierran la verdad, Potter, porque la verdad hace una gran cantidad de daño innecesario.

Me arriesgo a mover los ojos desde el cielo hasta su cara. A su atónita expresión le lleva un momento comenzar a aclararse. Me siento confundido por su reacción e intento repasar todo lo que he dicho. Recuerdo que he hablado bastante. De repente se me ocurre que puede que haya dicho demasiado.

—Usted... hala... —Su boca se abre y se cierra como si se estuviera ahogando, o a lo mejor está a punto de vomitar. No... ése soy yo. Oh, joder. Busco algo que me ayude a incorporarme. Creo que es humano, pero estoy demasiado ocupado intentando calmar mi estómago para preocuparme demasiado por ello. Coloco la cabeza entre las rodillas durante un momento. Una vez que he llegado a un acuerdo con la gravedad y la rotación de la Tierra, alzo la vista de nuevo.

Está conmocionado. Aparentemente me he equivocado sobre cuánto le había contado Black. —Joder. —Maldigo en voz baja mientras el pánico se arremolina en mi, ya, inestable, estómago. Lo que daría, justo ahora, por un gira-tiempos. Cerrando los ojos, consigo decir—: ¿Cuánto sabías?

—Eh... —Parpadea y luego ríe débilmente—. Aparentemente nada. Sirius solo me contó que pensaba que le gustaba mi padre. Guau. Eh... yo... Guau.

Maldito Black. De alguna manera esto es culpa suya. Y del chico. Y de James. Joder.

Es un problema de pociones, en realidad. Hay dos ingredientes: el chico y yo. Juntos, estos dos ingredientes constituyen una poción estable. Digamos, una poción calmante. Un tranquilizante. En el momento en que el alcohol se acerca a la mezcla, uno puede contar con pasarse después horas rascando los restos del techo.

—¿Se... folló a mi padre?

Oh. Todavía estamos con esto, ¿verdad? Joder. —Yo... nosotros... —Joder, joder, joder. Poso mi cabeza sobre las rodillas para anclarla, esperando que haciendo eso mis pensamientos dejarán de chapotear el tiempo suficiente para que pueda formar una frase prudente—. Éramos críos, Potter. Tu padre... él... —Para explicar cualquier parte de esto me veré forzado narrar el equivalente a varios siglos de historia. En este estado no puedo confiar en no decir algo más que luego lamentaré. Ya he dicho bastante—. Basta decir que éramos chicos curiosos y que nos conocíamos lo suficientemente bien el uno al otro como para satisfacer nuestra curiosidad. —Por favor, por favor, que eso sea suficiente.

—De acuerdo... necesito comprender esto porque estaba totalmente traumatizado cuando Sirius me contó que le gustaba mi padre. Y ahora, usted me ha contado, básicamente, que él le sedujo... pero que los dos tenían... curiosidad. ¿Así que usted y mi padre hicieron Dios sabe el qué, y luego, de alguna manera, os acabasteis odiando el uno al otro? —Ahora está gritando. Tiene todo el derecho a hacerlo. Sólo desearía que no lo hiciera tan cerca de mi cabeza.

—Podría alterar tu memoria. —Le ofrezco, sin albergar muchas esperanzas de que vaya a aceptar. Se deja caer sobre el suelo.

—Dios. Mi vida es tan rara.

Resoplo. No tiene ni idea. Entierro la idea de lo extraña que es su existencia en realidad, antes de que tenga también la ocasión de soltar ese secreto.

Permanece callado durante un largo rato y me siento agradecido por ello. Aprovecho la ocasión para preparar más respuestas ingeniosamente vagas a todas las preguntas con las que me va a atacar. Me siento sorprendido cuando le oigo reír. Miro hacia donde está él.

—Es gracioso, ¿verdad? Quiero decir, a usted le gustaba mi padre, que era hetero. Algo así. Y entonces aparecí yo... yo le recuerdo a él... y usted... usted me gusta a mí. Es así como...

—Irónico.

—Seh. Dios, y pensaba que mi vida era extraña. Quiero decir, guau... su vida... —Se ríe de nuevo y me siento extrañamente complacido por saber que valora la ironía—. Tiene que ser raro tenerme a su alrededor todo el tiempo. Ya sabe, puesto que le recuerdo tanto a él. —Creo detectar un infantil resentimiento en su voz pero, como ya he destrozado la preciosa imagen de su padre fallecido, no se lo recrimino.

—No me recuerdas a él —le digo. Y entonces caigo en la cuenta de que le estoy mintiendo y él no se lo está tragando—. Te pareces a él —aclaro—pero tú... —me recuerdas a mí mismo. No. No quiero horrorizarle más de lo que ya lo he hecho— ...me irritas de una forma totalmente diferente.

—Ja, ja —se mofa y se incorpora—. ¿Así que eso significa que no quiere follar conmigo? —Sonríe maliciosamente.

—¡No! —suelto, y entonces se me ocurre que, de nuevo, he hablado sin pensar. Maldición. Suelta una risita mientras intento buscar una respuesta a esa pregunta—. Ingenioso —murmuro.

—No se preocupe, Profesor, no estoy lo suficientemente borracho como para intentarlo. Todavía. —Continúa antes de que tenga la oportunidad de procesar lo que quiere decir con “todavía”—. Escuche, a no ser que quiera pasarse la noche entera explicándome todos los detalles de su pasado con mi padre, necesito beber. Y usted no va a intentar detenerme.

Comienzo a preguntarme qué clase de desastre habrá que limpiar si ambos ingredientes de la poción se empapan con alcohol. Me estremezco ante el pensamiento, pero no puedo decidir si el resultado sería mucho peor que ser interrogado sobre mi turbia historia con su padre. Decido esperar lo mejor. O por lo menos, algo mejor que lo peor.

Se pone de pie, y me ofrece una mano. La cojo con renuencia tras fracasar al intentar ponerme de pie yo mismo. Hago el mayor esfuerzo de que soy capaz para subir de vuelta a la casa. Permanece a mi lado por si necesito ayuda. Mañana me acordaré de sentirme avergonzado por ello.

Vamos al cuarto de estar y toquetea una de las cajas plateadas. La música comienza a sonar suavemente. Música clásica, observo.

—Creí que le gustaría.

Asiento. No es exactamente mi primera elección de música, pero servirá como sonido de fondo. Y, como me he convertido en una parte inextricable del sofá, no creo que me corresponda quejarme. Se sienta a mi lado y se sirve una copa.

—¿Profesor?

—Uhm.

—Siento haber alucinado antes.

—Era de esperar.

Suspira y se acomoda, hundiéndose más profundamente en el sofá. Su hombro presiona contra el mío. —Tendría que haberle escuchado esta tarde. Yo sólo... creo que estaba celoso. —Se ríe y le miro. Sus mejillas están rojas y no creo que haya bebido lo suficiente todavía como para culpar de ello al alcohol—. Ya sabe, porque él le gustaba. Es estúpido, lo sé.

Gruño. No me veo capaz de explicarle por qué es “estúpido”. El alcohol de mi organismo, en combinación con la orquesta que zumba por la habitación, me ha arrullado hasta un confortable estado de entumecimiento. Puede que no vuelva a moverme nunca.

Continúa hablando y yo me contento con escucharle solamente. —Sirius gruñe en sueños —se ríe—. Creo que, incluso si no fuera insomne, me habría mantenido despierto. Pero debería alegrarse de saber que he terminado todos mis deberes de pociones. —Se bebe de un trago lo que le queda de su bebida y deja el vaso sobre la mesa—. ¿Profesor?

Hago girar mi cabeza hacia él. Me mira por un instante y me brinda una sonrisa avergonzada. —Le... Quiero decir, ¿le importaría si yo... le escuchara dormir?

Me niego a atribuir la palabra “encantadora” a esa pregunta. Como no puedo pensar en otro adjetivo más apropiado, me decido por reírme de él. Él se ríe por lo bajo con nerviosismo—. Soy un bicho raro, ¿verdad?

—Ciertamente lo eres. —Se supone que esa afirmación no debería haberme salido tan cariñosamente.

Suspira y apoya la cabeza sobre mi hombro. Aunque estoy sorprendido por el gesto, estoy más atónito por no retroceder aterrorizado. Le echo la culpa al brandy.

—Pensaba que estabas intentando superar tu adicción a mí.

—No soy... —comienza a protestar—. Lo haré. Justo después de las vacaciones.

—Has hablado como un verdadero adicto. —Sonrío con suficiencia.

—Imbécil —dice. Sonrío y entonces siento su brazo, que rodea el mío. Intento ponerme tenso pero, de alguna forma, solo consigo hundirme más en el sofá. Comienzo a preguntarme si el sofá no estará hechizado de la misma manera que esa butaca. No, a estas alturas ya hubiera sentido los dedos.

—Sé que no quiere escucharlo, Profesor, pero le he echado de menos.

Cierro la boca con fuerza, justo a tiempo para detener el “yo también te he echado de menos”. Tiene razón, no quería escucharlo. O al menos, no quería querer escucharlo.

 

 


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—Profesor.

Su voz crispada me sobresalta, sacándome del sueño, y alzo la mirada hacia su silueta al lado de mi cama. No es extraño que haya encontrado de nuevo el camino a mi dormitorio. Lo ha hecho cada noche desde que estamos aquí. Normalmente, aún suelo estar consciente y finjo estar dormido cuando se desliza con su almohada y su edredón y se estira sobre el suelo a lo largo de mi cama. Nunca ha intentado despertarme antes. Le veo caer de rodillas y me alarmo.

—¿Potter?

Lloriquea y se frota la frente con la cama. Le ordeno que se tumbe, alzándole por los hombros. Entierra la cabeza en la almohada que está a mi lado. Oigo sus gemidos amortiguados y me asombro por mi impotencia en esta situación. No puedo hacer nada por él. Decido acariciarle la espalda porque estar sentando aquí, mirando estúpidamente, no parece ser efectivo.

Mientras observo cómo sobrelleva la agonía, comienzo a preguntarme qué es lo que está haciendo Voldemort. Quizás un festival de la tortura a media noche. Pero no, lo hubiera sabido si él hubiera convocado una reunión. La marca de mi brazo ha permanecido en silencio durante meses. Puede que su paradero haya sido descubierto. Y que esté luchando con los Aurores. El pensamiento, siendo tan estúpido como es, se me queda grabado en la cabeza y el corazón me da un vuelco de miedo. Si le matan...

No. Intento rechazar el pensamiento y centrarme en el sonido tranquilizador de la respiración irregular de Potter. Porque, aunque sea irregular, al menos está respirando. Mi mano se mueve con insistencia a lo largo de su espalda, acariciando los músculos tensos y huesos afilados, como si haciendo eso fuera a mantenerle aquí. Pero, justo ahora, me siento demasiado angustiado y preocupado para molestarme en sentirme incómodo por su proximidad. Cierro los ojos y trato de calmar mi miedo. Esto no es raro, me digo a mí mismo. No le pasará nada. Soy vagamente consciente de que he comenzado a rezar a deidades sin nombre que no existen, rogándoles que, por favor, dejen vivir a Voldemort. Podría reír ante tamaño absurdo si no fuera tan sincero en ésta, mi desesperación.

Se queja en voz alta y reprimo un ridículo impulso de lanzarme sobre él para protegerle. Qué cosas se me ocurren. He pasado buena parte de los últimos cinco años intentando evitar que este estúpido chico se matara a sí mismo. Supongo que, a estas alturas, se ha convertido casi en un reflejo. Pero de este peligro, no le va a salvar nadie. No hay nada que yo pueda hacer, excepto esperar y tener fe en que esto, también, pasará.

Siento cómo su cuerpo se queda inmóvil y contengo el aliento. Después de un momento, susurro—: ¿Potter? Me incorporo sobre el codo y me dirijo de nuevo a él. No hay respuesta. Mi mano se queda quieta sobre su espalda y respiro con alivio al sentir que respira superficialmente. Ha perdido la consciencia.

Me dejo caer sobre mi almohada y obligo a que los latidos de mi corazón disminuyan hasta un ritmo aceptable. Dejo mi mano sobre su espalda para mi propia tranquilidad. Puede que aún no haya terminado. Puede que sólo haya perdido el conocimiento debido al dolor. O quizás debido a la asfixia, ya que todavía tiene el rostro enterrado en la almohada. Le giro la cabeza hacia un lado y observo cómo duerme su imagen, entre sombras.

Una vez que me siento razonablemente seguro de que superará la noche, cierro los ojos. La idea de que debería despertarle y hacerle ir a dormir a su propia cama muere tan pronto como es concebida. También dejo que se desvanezca la idea de cambiar yo de cama. Mientras está durmiendo es inofensivo. Y yo también.

Han pasado meses desde que renuncié a mis esfuerzos por reprimir la información que Dumbledore me había proporcionado. Fallé. Nunca me he arrepentido más por haber fallado en algo de lo que lo hago ahora. Reaccioné de forma exagerada a uno de los habituales ataques de ira de Voldemort. Reflexiono sobre mi deseo de protegerle. Antes, lo hacía porque era mi deber, hacia James, hacia una antigua promesa hecha en la muerte, entre la familia Potter y la mía. Me enferma comprobar que mi sentido del deber ha cambiado. Ya no estoy protegiendo a Harry Potter. Estoy protegiendo a Harry.

Me digo a mí mismo que ya no puedo continuar así. Por mi propio bien y por el suyo tengo que acabar con esta locura. Tengo que aceptar que algún día se quedará inmóvil para siempre. Y no hay maldita cosa que yo pueda hacer para evitarlo. Tengo procurar no volverme íntimo con él.

Más intimo con él.

Maldición

Gimotea ligeramente y me armo de valor, determinado a no preocuparme. Me doy cuenta de que mi mano todavía sigue sobre su espalda cuando comienza a temblar. Aprieto la mandíbula y aparto la mano. Ruedo hasta quedar de espaldas y no me siento aliviado en absoluto cuando suspira y el temblor disminuye. No me concierne. Y su brazo cayendo sobre mi pecho, su cabeza apoyándose en mi hombro, su respiración acariciándome el cuello suavemente... nada de esto me supone la más ligera diferencia. Y no estoy agradecido de que no esté bajo el edredón.

Por los dioses, soy patético.

Me quito su brazo de encima y me alejo todo lo que puedo de él, agradeciendo silenciosamente que la cama sea bastante grande. Cierro los ojos y, tras una hora o así en la que me dedico a maldecir a todos aquellos que creo que pueden tener que ver con que yo me encuentre en esta situación, me quedo dormido.

 

 

 

El sol de la mañana, entrando a raudales a través de las cortinas, me saca del sueño lentamente. Suspiro y abro los ojos a tiempo de ver unos ojos verdes que se cierran rápidamente. Durante un momento, finge que duerme, pero su boca se curva en una pequeña sonrisa. Abre los ojos con cautela y entonces se ríe.

—Buenos días.

—¿Cuánto tiempo llevas mirándome fijamente?

—¿No mucho? —dice con una débil sonrisita. Decido que, probablemente, no quiero una respuesta sincera, de todas formas.

—Gracias —susurra.

—¿Por qué?—susurro yo en respuesta y entonces me pregunto por qué demonios estoy susurrando.

—Por dejarme dormir aquí.

—Bueno, no me dejaste muchas opciones, ¿no? Dime qué sucedió.

Aparta su mirada y se mueve nerviosamente. Sus piernas rozan las mías y esto me recuerda poderosamente que estamos, de hecho, juntos en la cama y que él, en algún momento, se ha deslizado debajo de la manta. Intento que mi respiración para tranquilizarme no sea demasiado obvia.

—No lo sé. De veras. No estaba dormido cuando comenzó a dolerme... Pero...

—¿Pero?

—Bueno, después... soñé, eh... no sé si significa algo, Profesor... pero soñé que Voldemort estaba… Dios, esto es realmente raro...

Pierdo la paciencia. —Potter, tan solo cuéntamelo. No me importa lo raro que sea. —Soy muy consciente de que mi capacidad para ser mordaz se ve enormemente reducida por el hecho que voy en pijama y estoy en la cama con él. Quiero decirle que terminaremos esta conversación en otro lugar, pero comienza a hablar de nuevo.

—Honestamente, señor... no creo que fuera una visión. Quiero decir, no lo fue. Soñé que Voldemort estaba... um... besando a un Dementor. —Se ríe y se me congela el corazón—. Quiero decir que eso es bastante raro, ¿eh? En primer lugar... puaj. Y segundo, perdería su alma, ¿verdad?

—Aunque no creo que fuera una visión —comienzo cuidadosamente, frunciendo la boca con asco—, si Voldemort ha unido fuerzas con los Dementores... —estamos todos jodidos—. Eso podría ser un contratiempo considerable. En cuanto al alma de Voldemort... —De pronto tengo un montón de preguntas para Dumbledore. Reprimo un estremecimiento y guardo esos pensamientos—. Deberíamos levantarnos, no sea que el Director decida pasarse por aquí a visitarnos. Odiaría ver cómo el mago más grande de nuestro tiempo muere bruscamente de una conmoción.

Asiente pero no se mueve. Mi mirada queda atrapada por la suya y se me corta la respiración. Intento recordar que había decidido no dejar que él me afectara. Desafortunadamente, no tengo elección en la materia.

—Profesor —susurra.

—¿Qué? —digo con voz ronca, casi temeroso.

—Um... —se sonroja y cierra los ojos fuertemente—. ¿Puede... se levantará usted primero? Yo... por favor.

—¿Por qué? Oh. —De acuerdo. Ruedo para salir de la cama demasiado deprisa y maldigo el rubor que asciende hasta mis mejillas. Me pongo mi bata y le oigo salir disparado del otro lado de la cama y dejar la habitación. Una vez más, me siento agradecido por haberme graduado de la adolescencia.

 

 

 


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Desciendo las escaleras para ser recibido por el olor de las tostadas. Llevo un montón de paquetes bajo el brazo que se me ha encargado entregarle por su cumpleaños. Los dejo sobre la mesa y me siento. Él ya ha preparado el té, como el buen amito de su casa en el que se ha convertido. Resoplo ante mi propio pensamiento. Claramente, me encuentro extremadamente necesitado de teína.

—¿Qué es todo eso? —pregunta, trayendo un plato de tostadas.

—Supongo que son regalos de aquellos que insisten en celebrar tu ininterrumpida existencia.

Sonríe ampliamente y se sienta frente a mí, mientras coge el paquete más grande y rasga el papel. —No esperaba recibir nada... estando encerrado.

—Creo que a lo mejor el Director ha tenido algo que ver con ello.

Deja de romper el papel y me mira frunciendo el ceño. —¿Cuándo es su cumpleaños?

—Cada jodido año —respondo. Eleva los ojos al cielo—. El cuatro de enero, si tienes que saberlo. Fue hace mucho. Y tengo por norma aturdir a toda persona que insista en recordármelo.

—Así que todavía estábamos en la mazmorra.

—Hm. Sí. Feliz cumpleaños, Profesor. Soy gay. —Se atraganta con un trago de té y tose—. Un regalo bastante inesperado, debo decir. —Sorbo mi té.

—Todavía no lo ha desenvuelto —dice en voz baja, y es mi turno de atragantarme. Se ríe entre dientes ante su propio ingenio y continúa rasgando el papel—. Es de Ron —explica—como si me importara—y saca una caja roja de metal del lío de papel de regalo. Lo agita y hace ruido. —Parece... una hucha... o algo. Necesito mi varita para abrirlo. —Me mira y se encoge de hombros—. Supongo que tendré que esperar hasta que regrese.

Deja esa cosa aparte y me ocupo extendiendo mermelada sobre una tostada. Saca otro del montón y se ríe. —Éste tiene que ser de Hermione. — Echo una mirada hacia arriba y veo un libro envuelto. Resoplo y contengo un comentario mordaz. Es su cumpleaños. Insultaré a sus amigos en otro momento.

Arranca el papel y observo con un vago interés. Él lee la cubierta y gime.

—¿Qué es?

—Un libro.

—Obviamente. —Enarco una ceja. Sonríe y me lo ofrece.

Leo el título: Entre hombres: Selección de poetas gays del Siglo XX. —Interesante elección —sonrío burlonamente—. No imaginaba que leyeras poesía. —Hace una mueca y niega con la cabeza—. ¿Entonces, debo suponer que se lo has contado a tus amigos?

Entrecierra los ojos. —No. Usted lo hizo.

Es cierto. Mi traición. Así que soy un bastardo.

Dejo el libro a un lado y hago una anotación mental para echarle un vistazo más tarde. Él pasa a otro paquete y siento la inmediata necesidad de... estar en cualquier otro sitio. Me excuso y me voy rápidamente al cuarto de baño. Lo único que odio más que recibir regalos es soportar las muestras de gratitud cuando yo doy un regalo. Me enferma.

Decido ducharme para disimular mi apresurada partida. Abro el agua y me despojo de la ropa, antes de meterme bajo los chorros hirvientes, que atacan mi piel con una fuerza sorprendente. Suspiro de gusto. Una vez que he pasado aquí el tiempo suficiente como para sentirme seguro de que Potter ha superado su reacción inicial ante mi regalo, que es más un gesto, en realidad, cierro el agua. Aún no he puesto un pie fuera de la ducha cuando escucho que llaman a la puerta. —Un momento —digo y comienzo a secarme. Vuelve a llamar insistentemente. Suspiro y me envuelvo la toalla alrededor de la cintura. Capto un atisbo de mi persona en el espejo y miro con odio mi reflejo. Estoy ridículo. Uno no puede echar miradas fulminantes mientras está mojado y medio desnudo. Abro la puerta y saco la cabeza.

—¿Qué?

—Yo solo quería... eh...

—Es tu capa, Potter. No hay motivo para que me lo agradezcas. —Deja caer la capa sobre el suelo y pone la lata de polvos flú que le he dado a su lado. Me mira y me sorprendo por la expresión de enfado en su rostro.

—No se lo estoy agradeciendo —dice firmemente, y entonces frunce los labios—. Es usted un bastardo, ¿lo sabía? —Me sorprende empujándome al interior del baño y yo...

Bueno, ¡estoy desnudo! Agarro con firmeza la toalla que me cubre, como si mi vida dependiera de ello. Bien pudiera ser. —¿Te importa? —consigo decir ahogadamente, a pesar de mi horror. Observo sus ojos, que recorren todo mi cuerpo, y me siento atónito por su audacia. Menea la cabeza suavemente y mueve los ojos.

—Lo siento... No. No lo siento. —Afortunadamente, me da la espalda y mis ojos se lanzan con una mirada de nostalgia hacia la túnica que cuelga del toallero delante de él—. Usted... —farfulla—¡Dios! ¿Acaso se leyó mi carta?

—Potter, ¿podemos discutir esto dentro de cinco minutos? —¡CUANDO NO ESTÉ DESNUDO!

—No. Ya he esperado durante media hora y... bueno, usted está algo así como indefenso de esta forma... así que... —Echa un vistazo sobre su hombro rápidamente. Intento fulminarle con la mirada, pero mi naturaleza intimidante viene con el conjunto y para conseguir mi túnica tendría que... ¡Joder! Intento pasar a su lado y él me agarra el brazo fuertemente y se vuelve hacia mí. Estoy atrapado entre él y el lavabo. De pronto se me ocurre que simplemente tenía que haber salido del baño y haberme ido a mi habitación. Miro hacia la puerta con pesar.

—Sólo escuche.

Respiro hondo e intento imaginarme completamente vestido, erigiéndome imponente sobre una clase de asustados alumnos de primero. Es una imagen tranquilizadora.

—Yo... —comienza, mirándome a los ojos. Veo el rubor ascender hasta sus mejillas—. Usted... en realidad, debería vestirse —dice entrecortadamente.

Brillante idea. Sin embargo, ha olvidado soltarme y no se ha movido para dejarme pasar. Pienso en señalárselo, pero me quedo embelesado por la lengua que roza sus labios entreabiertos, y luego congelado por el terror cuando gime y presiona la cabeza contra mi pecho. Mi pecho desnudo.

—Yo... no puedo. —Su aliento cae sobre mi piel—. Necesito saber lo que está pensando. Porque usted me confunde un huevo. —Sus palabras asaltan mi torso, enviando ondas expansivas por todo mi cuerpo. Me estremezco. Él continúa—. Le conté... cómo me siento y por qué no puedo... no debería... —Su voz se apaga.

Me aclaro la garganta y uso mi mano libre para apartarle de mí. Intento no notar el tacto de su pecho, sorprendentemente firme, bajo la palma de mi mano. —Potter, yo te expliqué en mi carta que, si alguna vez necesitabas venir a mis aposentos, la posibilidad estaba abierta. No estás obligado a volver. Simplemente te he ofrecido la oportunidad. La retiraré con mucho gusto si así lo deseas. —De pronto desearía haber escuchado a mi conciencia y no haberle dado nunca esa oportunidad. Intento recordar cómo justifiqué entonces mi gesto. Mi cerebro, no obstante, está decidido a permanecer en el presente.

—¿Me quiere allí? —Inclina la cabeza hacia atrás para mirarme a los ojos de nuevo. Me obligo a sostenerle la mirada.

—Si tú quieres estar allí, eres bienvenido. —Mantener la voz firme e inalterada se lleva hasta la última gota de energía que me queda. Intento, una vez más, pasar a su lado y él me detiene con una delicada mano, acercándose.

—Contésteme —dice con un suspiro, extendiendo sus manos sobre mi pecho.

—Potter, déjame pasar. —Un terror desesperado llena mi voz, pero estoy demasiado, bueno, desesperadamente aterrado como para que me importe. Quiero mis ropas. Quiero mi mirada amenazante. Maldición.

Sus manos se deslizan hasta mis hombros y una se mueve sobre mi piel para cubrir mi nuca. Aparto la cabeza de él y aprieto la sujeción de la toalla, que en estos momentos amenaza con cortarme la circulación de la parte inferior de mi cuerpo. Lo que, decididamente, sería una buena cosa.

Siento sus labios rozar contra mi cuello y todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo gritan de deseo. Mi aliento escapa a través de mi tensa garganta en un grave gemido.

—Potter... —digo con voz ronca.

—Harry. —El nombre acaricia mi mandíbula y me trago un patético quejido.

—Por favor. —Recurro a la súplica, esperando que, al hacerlo, él se apiade de mí.

—¿No me quiere allí? —pregunta de nuevo, y su pregunta bien pudiera haber sido “¿quiere follarme?”, a juzgar por el tono de su voz. Bajo mi toalla, tiene lugar una reacción penosamente obvia. Su mano sube para girar mi cara hacia la suya y yo, estúpidamente, le miro a los ojos. El hambre pura y desenfrenada que veo me aturde momentáneamente. Se pasa la lengua por los labios con expectación, y me quedo sin aliento.

—Harry... yo... nosotros...

Se pone de puntillas y aprieta sus labios contra los míos, cogiendo mi cara desesperadamente como si yo tuviera el poder para apartarme. Siento como abre su boca y una vacilante lengua roza mis labios, que se separan traicioneramente. Gime en mi boca y rodea mis hombros con sus brazos.

Voy a parar esto, me digo a mí mismo. Sólo un beso... un exquisitamente dulce y prohibido bocado y pararé. Me arrepentiré. Le haré comprender. Me haré comprender a mí mismo.

Mi lengua penetra entre sus labios y toca su lengua ligeramente. El contacto libera la respiración que no sabía que estaba conteniendo. Mi resolución escapa con ella. Mis manos se deslizan a su alrededor para acercarle más. Puedo sentir su excitación a través de sus vaqueros y mi mente apaga cualquier última protesta consciente que pudiera haber tenido. Gimotea suavemente en mi boca y aprieta sus caderas contra mi finamente cubierta erección. Su boca se mueve con la mía, hambrienta, chupando y mordiendo y lamiendo, oh... comienzo a ser vagamente consciente de que lo único que mantiene ahora la toalla en su sitio es su cuerpo, y si él continúa... oh, por los dioses... moviéndose de esa forma...

Le aparto rápidamente y muevo la mano para salvar la toalla. Me mira fijamente, con sus ojos brillando salvajemente, la boca enrojecida e hinchada, y húmeda... joder.

—Oh... guau. —Jadea. El estómago me da un vuelco conforme el sentido de la vergüenza regresa para vengarse. Le empujo a un lado y alcanzo mis ropas. Se mueve tras de mí y me rodea con sus manos para acariciarme el pecho. Me besa la nuca y susurra—: Sé lo que estás a punto de hacer... y esta vez no te voy a dejar que lo hagas.